Capítulo 42
MARIO
Sabía que Piñeiro no tenía intención de soltar a Bianca y mucho menos a él, pero era el único modo de ganar tiempo. Mientras mantuviera a Piñeiro al teléfono, las posibilidades de salir con vida de esa situación aumentaban.
—Los albaneses llevan años asentados en la Costa Blanca —comenzó a decir Mario—, acaparando el mercado de la cocaína, aunque los dos sabemos que no les basta con eso. Quieren tu territorio y están decididos a conseguirlo, cueste lo que cueste.
—Dime algo que no sepa.
—La información que les entregó la mujer de Arturo Pujadas va a allanarles mucho ese camino.
Al escuchar eso, el tono de Piñeiro cambió.
—¿Qué sabes tú de eso?
—Mucho y puedo ayudarte a evitarlo.
—¿Cómo?
—Sé que los albaneses la engañaron, prometiéndole un dinero que jamás vio y que le costó la vida. Lo que ellos no saben es que Sofía no era tan estúpida como creían y que hizo una copia de seguridad de los datos que les entregó antes de morir.
—¿Y vas a decirme que tú tienes esa copia ?
—No solo la tengo, he visto lo que contiene.
Lugares donde se almacena la cocaína, empresas pantalla, cuentas en el extranjero…
Información muy valiosa para los albaneses, ya que les va a permitir no solo conocer tus puntos débiles, sino atacarlos.
Si te la entrego ahora, podrías estar a tiempo de evitar que se adueñen de tu negocio.
—¿Y quién me dice que esa información no la tiene ya la policía?
—Si fuera así, ya lo sabrías.
—¿Me tomas por estúpido?
—Hay otro motivo por el que te interesan esos datos, algo que dudo mucho que Sofía le entregara a los albaneses: la prueba de que su marido te estaba robando.
—¿De qué demonios hablas?
—Arturo Pujadas estaba desviando parte de tu dinero y guardándolo donde no pudieras encontrarlo.
—¡Eso es mentira! El colombiano torturó a ese cabrón durante horas y no le dijo nada de que me estuviera robando.
—Los datos que la mujer guardó en la copia no mienten. Usó tu dinero para adquirir criptomonedas por valor de cincuenta millones de euros. Las claves para acceder a ellas y recuperar tu dinero están en el segundo pendrive .
Aquello sí que era un farol en toda regla.
Dentro de la pulsera no había ninguna clave de criptomonedas, pero sabía que lograría engañarlo.
En un negocio tan amplio como el que manejaba Piñeiro era imposible controlar todo el dinero, por eso contrataba a gente que se ocupaba de ello.
La posibilidad de que Arturo Pujadas le hubiera robado dinero sin que nadie se diera cuenta era real y decidió aprovecharlo para crear una duda que el jefe del clan Portela no iba a ignorar.
—Activa el altavoz —ordenó Piñeiro—. Quiero que el colombiano escuche lo que voy a decir.
—De acuerdo. Ya está —dijo tras pulsar el icono correspondiente en el teclado y alargando el teléfono hacia él, que no se movió del sitio.
—Colombiano, ¿le preguntaste al cabrón de Arturo Pujadas si me ocultaba dinero ?
Su reacción fue arquear las cejas.
—La verdad, no, patrón. Le pregunté si sabía que los albaneses se habían puesto en contacto con su mujer para que les vendiera la información y si estaba metido en eso.
Me dijo que no sabía nada, que ella se la había jugado igual que a nosotros.
En ningún momento dijo que nos estuviera robando plata.
Lo que sí hizo fue decirnos cómo podíamos ubicar a su mujer, aunque este hijoeputa logró despistarnos con el carro cuando salió de la casa —dijo mirando a Mario, que interpretó que se refería a la huida en Cuenca.
—De todas formas, si es cierto lo que dice, quiero recuperar ese dinero —aseguró Piñeiro—. Haremos un trato. Si es verdad que tiene el pendrive , quiero que liberes a la mujer. Eso sí, antes comprueba que la información es correcta. ¿Tienes algún dispositivo en el que comprobarlo?
—No.
—¡Yo tengo un iPad en el coche, jefe! —gritó el que estaba a su espalda con un marcado acento gallego.
—Pues usadlo y, si no nos ha engañado y es cierto que el cabrón de Arturo Pujadas nos robó dinero, puedes soltar a la mujer.
—¿Y con él qué hago?
Los segundos que transcurrieron hasta escuchar la respuesta se hicieron eternos.
—Cincuenta millones de euros me parece un buen trato a cambio de dos vidas. En cuanto los hayas recuperado, que se vayan los dos. Total, todo ten remedio menos a morte. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Pues la verdad, no, patrón.
—Yo sí, jefe —dijo el gallego.
Mario no se volvió para mirarle, pero imaginó qué tipo de gesto le había hecho al colombiano por cómo este sonrió con frialdad.
—Adiós, Mario.
La llamada se cortó de golpe.
—Hágale, deme el teléfono.
Mario se lo entregó, tras lo cual lo guardó en su bolsillo .
—Así que eres colombiano —comentó Mario—. Imagino que llevas poco tiempo trabajando para Piñeiro, porque nunca hasta ahora había contratado sicarios colombianos.
—Los tiempos cambian. Y el patrón necesitaba a alguien con los güevos bien puestos para hacer limpieza en el negocio.
—No voy a decirte dónde está el pendrive hasta que sueltes a Bianca.
El otro se limitó a encogerse de hombros antes de decir:
—Mire, hay dos formas de hacer las cosas: con paciencia o sin ella. Y, por desgracia para usted, yo no tengo tiempo para la primera —afirmó antes de amartillar el revólver y apretar el gatillo.