La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 41
75%

Capítulo 41

MARIO

Llegó al faro cuando el sol empezaba a perder altura en el horizonte.

Se detuvo en el aparcamiento situado junto al portón de acceso al recinto vallado.

Únicamente había una autocaravana aparcada en el lugar, a la que subía en ese momento un matrimonio mayor, con aspecto de ser turistas extranjeros.

Lo confirmó al ver que la matrícula era holandesa.

Una vez se alejaron, Mario bajó del vehículo y miró a su alrededor. No se veía a nadie más y el portón de acceso al interior del recinto del faro estaba cerrado. No le extrañó. Ya casi no existían faros en España que estuvieran habitados por un farero, apenas una docena.

Llevaba unos cinco minutos esperando en el lugar cuando recibió un nuevo SMS:

«Retrocede con el coche por la misma carretera hasta el aparcamiento de Monte del Cabo».

Supuso que los secuestradores estaban controlando sus movimientos de algún modo, así que se subió al vehículo y regresó por la misma carretera hasta el aparcamiento situado a medio kilómetro. Esta vez no encontró ningún vehículo en el lugar, así que estacionó en una de las plazas centrales .

«Ahora camina hacia la costa y sigue por el Sendero de la Regalina en dirección norte, para bordear el faro» , exigieron los secuestradores en el siguiente mensaje.

Eso confirmó sus sospechas de que le vigilaban y le hizo temer que le tuvieran dando vueltas por la zona para asegurarse de que estaba solo. Esperaba que no fuera un truco para mantenerle entretenido mientras Bianca se encontraba a muchos kilómetros de allí.

Soltó un bufido de desaprobación y caminó en dirección a la costa siguiendo el sendero hasta una barandilla de madera que servía de barrera para que la gente no cayera por el acantilado.

Al pie de ella vio un cartel de pizarra y una leyenda que llamó su atención: «El infierno se oculta en lo cotidiano. No hay mejor camuflaje».

Eso hizo que pensara en su tía Mercedes y el infierno que habían vivido su hermana y él mientras el resto del pueblo ignoraba lo que ocurría dentro de aquella casa. Ni siquiera ahora que estaba muerta, podía evitar que le dolieran esos recuerdos.

Durante unos segundos se quedó observando el mar y la costa que se extendía ante sus ojos hasta perderse en el horizonte. Le pareció una imagen preciosa, a pesar de que el motivo que le había llevado allí fuera todo lo contrario.

Continuó por el sendero pegado a la costa en dirección norte, hacia el faro, siguiendo las instrucciones que le habían dado y atento a cualquier movimiento que se produjera a su alrededor. No parecía que hubiera nadie más en el lugar.

Al llegar a la altura del faro, lo bordeó y continuó pegado a la costa sin salirse del camino, dejando a su izquierda un mirador, mientras esperaba nuevas instrucciones.

No tardó en recibirlas.

El siguiente mensaje le indicó que siguiera las indicaciones del sendero hasta que este le llevara de regreso al pueblo de Busto. Así lo hizo, a la vez que observaba en la visión de satélite de su teléfono el terreno que le rodeaba y su ubicación actual.

Después de unos doscientos metros, el camino giró a la derecha para mantenerse paralelo a la línea de costa.

Dejó a su izquierda una pequeña bahía con unas formaciones de roca muy llamativas, una de ellas con forma de arco del triunfo que captó su atención, y una playa alargada de canto fino flanqueada por paredes verticales.

No tardó en perder la costa de vista para continuar por un camino de tierra que parecía ir directo al pueblo.

Estaba pasando por una zona flanqueada a ambos lados por una fila de árboles, cuando alguien apareció entre ellos delante de él, a unos diez metros, y le cortó el paso.

Lo reconoció de inmediato. Corpulento, barba espesa y sudadera oscura con una capucha que le cubría la cabeza.

En la mano derecha empuñaba un revólver con el que le apuntó al pecho.

Estaba seguro de que era el tipo que le había seguido hasta Luarca tras su salida de la cárcel y al que había tenido que despistar huyendo en barco hasta Cudillero.

Pocos segundos después, una segunda persona se situó unos metros a su espalda empuñando una escopeta de cañones recortados y llevando unos prismáticos colgando del cuello. Era más joven, de complexión delgada y destacaba porque tenía un dilatador en cada oreja.

La reacción de Mario fue levantar las manos.

—No voy armado.

—Igual no le serviría de mucho —dijo el de barba con una voz ronca que resonó con fuerza en el aire—. Tire el teléfono ahí, a mis pies.

—¿Dónde está Bianca? —preguntó tras obedecer la orden.

—Cerquita. Pero no se haga ilusiones, porque nunca va a llegar a verla.

Su acento era colombiano y la fría sonrisa que perfilaba en sus labios le dejó claro que hablaba en serio.

—Estoy aquí para negociar por su vida.

—Está equivocado. Usted está aquí porque el patrón lo quiere muerto.

Mario comprendió que estaba en una emboscada de la que resultaba imposible salir. Desarmado y en medio de un fuego cruzado, en cuanto diera dos pasos para huir moriría tiroteado. Su única opción era ganar tiempo y negociar.

—Si eso fuera cierto, ya estaría muerto —dijo.

—No hay afán. Antes el patrón quiere despedirse de usted .

El tipo bajó el revólver y metió la mano izquierda en el bolsillo del pantalón para sacar un teléfono móvil antiguo, de tapa y con teclado. Pulsó varias teclas y se lo llevó a la oreja. Solo tuvo que esperar unos segundos para obtener respuesta.

—Patrón, tengo a la rata —afirmó. Tras unos segundos escuchando, añadió—: Sí, señor. Ya se lo paso.

Caminó hasta Mario y alargó la mano para entregarle el teléfono, mientras mantenía el revólver junto a la cadera, apuntándole. En cuanto lo cogió, retrocedió un par de pasos.

—¿Diga? —preguntó Mario, a pesar de que supo qué voz iba a escuchar al otro lado.

—Hola, Alex. ¿O debería llamarte Mario?

Reconoció al instante la voz del hombre que había sido su jefe durante los últimos doce años.

—El nombre no importa mucho ahora mismo.

—Eso es cierto —dijo Piñeiro—. No te imaginas cómo me has decepcionado. Jamás se me pasó por la cabeza que tú fueras el topo.

Mario no tenía intención de justificarse. Estaba convencido de que las organizaciones criminales como el clan Portela era una de las mayores lacras de la sociedad, culpables de miles de muertes en España todos los años.

—¿No vas a decir nada? —preguntó Piñeiro.

—¿Serviría de algo?

—Por supuesto que no. El daño que le has causado a mi organización es mucho mayor de lo que imaginas.

Ojalá pudiera desollarte con mis propias manos.

De hecho, es lo que pensaba hacer cuando regresaras de tu primer permiso carcelario.

El problema es que no lo hiciste. —Mario se limitó a escuchar—.

Cuando aquel preso se acercó a mí para decirme que te conocía de otra vida y con otro nombre, me costó creerle, por eso le pedí al colombiano que te siguiera.

Necesitaba confirmar que eras un puto madero, pero lograste despistarle.

—Yo no soy policía.

—Claro que sí. Tu tía se lo confesó al colombiano mientras la torturaba.

—Me presenté a las pruebas, pero no entré .

—A otro perro con ese hueso. No insultes mi inteligencia negándolo.

Mario decidió que no merecía la pena.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó.

—Verte sufrir como la rata que eres. La pena es que no puedo matarte con mis propias manos, por eso el colombiano se encargará de hacerlo en mi lugar.

—El tipo de barba que tenía frente a él sonrió con frialdad, como si estuviera escuchando a su jefe.

En su mirada se veía que estaba deseando hacerlo—.

Primero va a rajar a esa novia tuya delante de ti y luego te va a cortar en pedazos, poco a poco, para que tu agonía dure cuantas más horas mejor.

Te aseguro que al final le pedirás que te pegue un tiro para acabar con tu sufrimiento.

Piñeiro soltó una carcajada que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Mario. Estaba claro que no iba a salir de esa con vida, por eso decidió jugarse una última carta.

—Tengo algo que puede hacerte cambiar de opinión.

—Lo dudo mucho.

—Siempre has sido un hombre de negocios y me imagino que lo sigues siendo.

—¿Crees que, porque fuiste uno de mis hombres de máxima confianza, me conoces? —le reprochó con tono agresivo.

—Sé cuánto te importa tu negocio y ahora mismo no pasa por su mejor momento. Aunque sigas manejándolo desde la cárcel, no puedes enfrentarte a tus enemigos con la misma eficacia que si estuvieras en la calle. Algo que los albaneses están sabiendo aprovechar.

Pasaron unos segundos antes de que escuchara la réplica.

—¿Qué sabes tú de los albaneses?

—Sé que te tienen cogido por las pelotas y yo puedo ayudarte a revertir esa situación.

—¿Eso crees?

—A cambio quiero que liberes ahora mismo a Bianca.

—¿A tu novia?

—No es mi novia, es una amiga, y quiero que tu perro la suelte. Cuando lo haga, seguiremos hablando.

—¿Por qué tengo la sensación de que es un farol ?

—No lo es.

—Entonces dime lo que sabes y tal vez me piense lo de soltarla.

El cebo estaba lanzado. Ahora solo necesitaba que Piñeiro mordiera el anzuelo.