La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

MARIO

Pasaban dos minutos de las ocho y media de la tarde cuando Mario por fin recibió un nuevo mensaje desde un número oculto:

«Ten a mano tu coche y en quince recibirás las instrucciones».

—Son personas distintas —afirmó Verónica.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Zabala.

—En el primer mensaje tratan a Mario de usted, en los dos siguientes de tú. Los secuestradores son al menos dos.

—Yo lo único que sé es que tengo que ir a por el coche que dejé en el garaje del hotel —protestó Mario.

—Es mejor que te lleves uno de nuestros dos coches —dijo Zabala—. Son vehículos camuflados y tienen instalado un localizador GPS. Así podremos seguirte.

—Y también deberíamos ponerle un localizador a él —sugirió ella—. ¿Te ocupas, Zabala?

—Ahora mismo.

Los quince minutos pasaron con una lentitud exasperante para Mario, tanto que cada poco encendía la pantalla del teléfono, esperando ver la notificación aparecer en ella. Esta llegó dos minutos más tarde de lo acordado .

«Dirígete al faro del cabo Busto. Tienes quince minutos. Vigilamos los accesos. Si vemos un coche de la Guardia Civil o la Policía a menos de tres kilómetros, ella morirá».

—¿Qué lugar es ese? —preguntó Verónica.

—Es un faro que está a diez minutos en coche. Lo conozco de cuando era chaval.

Uno de sus amigos tenía coche y les había llevado varias veces a la playa del Bozo, situada cerca del faro y conocida por una enorme cueva horadada en la roca por el mar.

También habían dado una vuelta por los acantilados cercanos al faro.

Si algo recordaba del lugar es que tenía una belleza que le sobrecogió.

Zabala abrió la aplicación de mapas en el portátil que habían usado horas antes para ver el contenido de la pulsera y estudió la zona durante un par de minutos, utilizando las imágenes por satélite.

—Lo bueno es que solo hay una carretera para llegar al faro y hay que pasar obligatoriamente por el pueblo de Busto —dijo haciendo el recorrido por la pantalla con el dedo índice.

—Precisamente por eso lo han hecho, para detectar con facilidad si no voy solo —le replicó Mario—. El mensaje lo deja bastante claro: si ven un coche de la Guardia Civil, matarán a Bianca.

—Y si vas solo, sin apoyo, os matarán a los dos —intervino Verónica.

—No puedo arriesgar su vida. Tengo que ir solo y asumir lo que pueda pasarme.

—Lo siento, no puedo permitirlo.

—Llevo un localizador en el coche y otro en el bolsillo. Podréis seguir mis pasos.

—Aun así…

—No hay tiempo para discusiones —afirmó Mario alzando la voz más de lo necesario—. Tengo el tiempo justo para llegar al faro.

—No me gusta —dijo ella negando con la cabeza—. Si nos mantenemos a más de tres kilómetros, no podríamos llegar a tiempo para protegeros .

—No tenemos por qué estar lejos —aseguró Zabala con una leve sonrisa—. Hay una forma de llegar a esa zona sin que nos vean.