Capítulo 37
MARIO
Llegaron al lugar pocos minutos después y aparcaron detrás del coche de Zabala, que les recibió con gesto de preocupación.
—No tengo ni idea de dónde se ha metido. Se empeñó en ir sola al hotel y ya no volvió.
—¿Por qué no la acompañaste? —lo reprendió Mario, notando cómo la rabia crecía en él.
—Te lo acabo de decir. Quiso ir sola.
—Pues fue un error. Ahora la tienen ellos.
—¿Qué quieres decir?
—La han secuestrado —intervino Verónica—. Mario ha recibido un mensaje de alguien que tiene a Bianca.
—¿Quién?
—¡La gente del clan Portela, joder! —exclamó Mario, incapaz de controlarse—. Han dicho que le rajarán el cuello.
—No entiendo cómo han hecho para llevársela —reflexionó en voz alta Zabala—. Esta calle es peatonal y…
—Eso no importa ya. —En el fondo sabía que la responsabilidad era suya, por no acompañarla sabiendo que podían ir a por ella—. ¿Seguro que no está en el hotel?
—El recepcionista dice que no la vio entrar .
—Necesito comprobarlo por mí mismo.
—Nosotros vamos a revisar las calles cercanas —aseguró Verónica—. Y pediré refuerzos.
Mario aceleró el paso hasta el hotel y, una vez dentro, preguntó al recepcionista, que insistió en que Bianca no había estado allí. Y para demostrarlo le mostró la llave de la habitación, colgada en el lugar correspondiente del panel.
—De todas formas, me gustaría subir.
El empleado le entregó la llave y, con ella en la mano, subió las escaleras a la carrera. Tal y como esperaba, no la encontró dentro de la habitación.
El mensaje daba a entender que seguía viva, así que trató de calmarse. Lo querían a él y Bianca solo era el cebo. El problema era que eso no le garantizaba que no les mataran a los dos una vez se entregara. Por eso necesitaba algo más con lo que negociar por su vida.
Buscó la maleta de ella, que permanecía cerrada dentro del armario, y la puso sobre la cama antes de abrirla.
Se suponía que la pulsera seguía dentro, así que revolvió entre su ropa buscándola.
A pesar de que sacó todas las prendas no dio con ella, así que probó en el único bolsillo interior que tenía.
Dentro estaba la pulsera de cuerda trenzada que Sofía había dejado olvidada en la casa de Torrevieja.
Con ella en la mano, bajó a la recepción del hotel. Justo cuando llegó abajo, recibió un segundo mensaje por SMS:
«Esta tarde recibirás instrucciones. No metas a la policía en esto o ella lo pagará muy caro».
—¿Esta tarde? —murmuró.
Faltaban varias horas todavía, lo que significaba que para entonces los secuestradores podían estar ya muy lejos de allí, casi en la otra punta del país, y llevarse a Bianca a un lugar donde fuera imposible encontrarla.
No podía permitir que eso ocurriera.
Devolvió la llave al recepcionista y salió en busca de los dos policías Los encontró caminando de vuelta al hotel.
—No hay ni rastro de ella —dijo Verónica al llegar a su altura— y nadie ha visto cómo se la llevaban .
—He recibido un nuevo mensaje de los secuestradores. —Mario le mostró la pantalla de su teléfono—. No podemos esperar a esta tarde. Hay que buscarla.
—Seguro que ya han salido de Luarca. Puedo dar un aviso para que se monten controles, pero entre la autovía, la carretera nacional y carreteras comarcales sería como buscar una aguja en un pajar.
—No voy a quedarme con los brazos cruzados —le replicó apretando los dientes y mostrando la pulsera que llevaba en la mano—. Necesito averiguar los datos que contiene. Podría servir para negociar por la vida de Bianca.
—En ese caso, lo mejor es regresar al cuartel de la Guardia Civil y mirar allí su contenido —sugirió Verónica—. Esperemos que dentro haya algo de valor para los secuestradores o quien les da las órdenes.