Capítulo 36
MARIO
La inspectora esperó a que Bianca y Zabala salieran de la sala antes de preguntar:
—¿Te apetece un café?
—No me vendría mal, la verdad —respondió Mario—. No he desayunado nada y las tripas ya me están crujiendo.
—Ahora vengo. ¿Lo quieres solo o con leche?
—Con leche, por favor.
La observó salir de la sala y regresó al cabo de un par de minutos con una bandeja con dos cafés en vaso de cristal, dos botellas de agua y una caja de pastas.
—Solo he encontrado estas galletas. Espero que sirvan para quitarte el hambre.
—Tranquila, me valen.
Ella dejó la bandeja sobre la mesa y se sentó de nuevo frente a él.
—No me imagino lo que es vivir doce años entre delincuentes.
Mario no respondió en un primer momento. Cogió uno de los cafés, le echó un sobre de azúcar y luego revolvió con la cucharilla .
—Lo más complicado es no convertirte en uno de ellos —comenzó a explicar—.
Es decir, ser capaz de separar la persona que finges ser de la que eres realmente.
En eso me ayudó mucho el inspector Pedraza.
Mantenía un contacto continuo con él a través de una cuenta de correo electrónico y le pedía consejo ante cualquier situación en la que no sabía cómo actuar.
A pesar de que me instruyó durante varios meses, yo solo tenía veinte años y mi conocimiento de la vida no iba más allá del entorno de este pueblo.
—Sigo sin entender cómo te metiste en algo así.
—Por dinero —dijo antes de tomar un sorbo de café—.
No te voy a mentir. Necesitaba sacar a mi hermana de aquí.
Pensé que ingresar en la Policía Nacional era el modo más rápido de lograrlo.
Un sueldo fijo para toda la vida, con el que podría pagarle la carrera y ayudarla económicamente en todo lo que necesitara.
Luego, cuando el inspector me ofreció cobrar el doble a cambio de trabajar como agente encubierto, no me lo pensé dos veces.
Ella lo miró con atención durante unos segundos, antes de decir:
—Estoy segura de que no lo hiciste solo por dinero. Uno no se hace policía porque sea el camino más fácil. ¿Había alguien en la familia que lo fuera?
—No, aunque puede que la muerte de mi padre tuviera algo que ver en esa decisión.
La Guardia Civil dijo que se había tratado de una muerte accidental, pero crecí convencido de que alguien lo había asesinado.
Imagino que una parte de mí quería ser policía para ayudar a resolver crímenes como el suyo.
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—La verdad es que no lo sé. Benito Piñeiro conoce mi verdadera identidad y sus hombres lograron localizarme en Madrid, justo antes de venir aquí.
—No tenía ni idea.
—Tendré que esconderme en algún lugar donde no puedan encontrarme. No sé —dijo encogiéndose de hombros—, todavía no he tenido tiempo para pensarlo.
—Me gustaría poder ayudarte. Quizá pueda ayudarte a recuperar tu estatus de policía.
Mario negó con la cabeza de forma enérgica .
—Eso jamás.
—¿Por qué?
—Muy sencillo. Hay mucha gente que me quiere ver muerto y ser policía de nuevo no servirá para protegerme. Mi vida no valdrá nada en cuanto sepan quién soy. Lo mejor es desaparecer y que no puedan encontrarme.
Verónica se llevó las manos a su cabello para ajustar la goma que lo sujetaba.
—Lo que no entiendo es cómo te viste implicado en el asunto de Sofía y su marido.
—Por ayudar a Bianca. Me contactó porque Sofía quería escapar de su marido y necesitaba que alguien las llevara hasta ese pueblo de Cuenca.
Yo… —Mario tuvo cuidado de elegir bien las palabras para no desvelar lo que Bianca hacía realmente—.
La conocí en Londres, cuando fui a buscar a mi hermana, y me ayudó mucho.
No habría dado con su paradero ni la habría liberado del secuestrador sin su ayuda. Sentí que estaba en deuda con ella.
—Dime una cosa, Mario. ¿En realidad sois pareja?
Se tomó unos segundos antes de responder.
—Verás, inspectora…
—Por favor, llámame Verónica —lo interrumpió ella con una sonrisa.
—Pues verás, Verónica, lo cierto es que no somos pareja. Dijimos serlo para no levantar sospechas cuando nos interrogó la Guardia Civil en Torrevieja.
—Entiendo.
Verónica cogió su café, que hasta ese momento no había cogido de la bandeja, y le pegó un pequeño sorbo. Luego, mientras lo sostenía entre las manos, lo miró a los ojos.
—¿De verdad crees que Sofía estaba huyendo de su marido porque la maltrataba?
—¿Tú no? —le replicó él.
—Tengo una teoría. Creo que Arturo Pujadas y su mujer estaban de acuerdo en vender esa información a los albaneses y que el clan Portela lo descubrió.
Tampoco sería de extrañar porque este tipo de organizaciones suelen tener infiltrados en el clan enemigo o gente que les pasa información a cambio de dinero.
Cuando fueron a por Arturo ya era tarde, así que lo torturaron para averiguar dónde estaba su mujer y luego lo asesinaron rajándole el cuello. Es lo que se hace con los traidores.
—Podría ser, pero creo que te equivocas —la contradijo Mario, a lo que ella reacciono mirándole con interés—. Cuando Bianca fue a buscarla a su casa, el marido apareció y las amenazó con un martillo. Pudieron huir gracias a que ella le roció la cara con un espray de gas pimienta.
—¿En serio? Vaya, parece que tu amiga es una mujer con recursos.
—Ha aprendido a defenderse sola. Lo importante es que Arturo no habría actuado así de estar de acuerdo con su mujer.
—Si es cierto lo que dices, significa que Sofía actuó por su cuenta, a espaldas de su marido.
—Es probable que quisiera escapar de su marido y aprovechó la oferta de alguien del clan para huir con dinero suficiente con el que asegurar su futuro. Luego utilizó a Bianca para que la sacáramos de Madrid y al llegar a Torrevieja se comunicó con el contacto del clan para realizar la entrega.
—Podría ser —murmuró Verónica antes de tomar un nuevo sorbo de su café.
Mario aprovechó para llevarse a la boca una de las galletas. Después de comérsela, preguntó:
—¿Qué pensáis hacer ahora?
—De momento, ver el contenido de esa pulsera.
Mi objetivo era detener al responsable de los crímenes, pero, llegados a este punto, deberán ser la UDYCO o la UCO quienes se encarguen de asumir la investigación.
Se trata de un asunto de crimen organizado y no un asesino en serie como pensábamos, así que se escapa al cometido de mi unidad.
—Perdona, has dicho crímenes y asesino en serie. ¿Cuántas muertes se han producido?
—Seis, incluida la de tu tía Mercedes. Todas durante los últimos meses y con la misma firma: les rajaron el cuello y les sacaron la lengua. Ahora ya sabemos con seguridad que los crímenes están relacionados con el clan Portela .
—¿Los cinco restantes eran personas pertenecientes a la organización?
—Relacionadas más bien con los negocios del clan Portela.
—Verónica tomó un último sorbo y dejó el vaso a un lado, antes de continuar—.
El primero en morir fue un director de banco de Málaga, implicado en temas de blanqueo de dinero.
Una semana después un empresario de Madrid, dueño de una empresa de transporte, apareció muerto en su casa.
Tras esas dos muertes, se produjeron dos más: un abogado de Gijón y tu tía Mercedes.
Aunque la muerte que provocó que mi unidad se hiciera cargo de la investigación fue la del comisario jefe de la Policía Local de Pontevedra.
Alguien demasiado importante como para que las autoridades la ignoraran.
Arturo Pujadas ha sido el último —concluyó.
Mario se quedó pensativo y no tardó en atar cabos.
—Creo que sé el motivo de esos asesinatos —aseguró.
—Te escucho.
—Benito Piñeiro, el jefe del clan Portela, sabía que tenía un topo en la organización, así que, nada más entrar en la cárcel, dio orden a la gente que tenía en la calle de que averiguaran quién era.
Conforme pasaba el tiempo sin que tuvieran éxito, comenzó a obsesionarse, hasta el punto de que durante los últimos meses que pasé en prisión con él ya no confiaba en nadie, ni siquiera en mí.
Creo que ese es el motivo por el que comenzaron las ejecuciones.
Seguro que era gente de la que desconfiaba y pensaba que le estaban traicionando.
—Quizá el contenido de la pulsera que ha ido a buscar tu amiga nos lo aclare.
—Eso espero.
Justo en ese momento, Verónica recibió una llamada en su teléfono móvil.
—Dime, Zabala… —Tras unos segundos escuchando, preguntó con la voz tensa—: ¿Cómo que no está? ¿La has llamado a su teléfono?
Mario se dio cuenta de que hablaban de Bianca, por eso no dudó en preguntar:
—¿Qué ocurre ?
—¿Puedes llamar por teléfono a Bianca? —le pidió Verónica—. Zabala dice que ha desaparecido.
El pulso de Mario se aceleró al escuchar eso.
Sacó su teléfono y marcó su contacto, mientras ella continuaba hablando con Zabala.
No obtuvo ningún tono, solo una locución que le informaba de que el teléfono al que llamaba estaba apagado o fuera de cobertura.
Probó de nuevo y obtuvo el mismo resultado.
—Lo tiene apagado —dijo después de un tercer intento—. ¿Qué es lo que pasa?
—Espéranos ahí, Zabala —dijo Verónica poniéndose en pie—. Llegaremos en unos minutos.
—Por favor, dime que está ocurriendo —insistió Mario.
—Bianca ha desaparecido. Fue al hotel a por la pulsera mientras Zabala la esperaba en el coche y, como tardaba en regresar, ha ido a preguntarle al recepcionista. Dice que no la vio entrar.
—¿Y dónde está?
—No lo sabe.
—¡Maldita sea!
—Vamos a reunirnos con él para averiguar lo ocurrido. ¿Crees que Bianca ha podido huir?
—No tiene ningún motivo para hacerlo y tampoco tiene sentido —respondió mientras abandonaban la sala con paso apresurado—. Solo espero que no le haya pasado algo por mi culpa.
—No nos pongamos en lo peor. Vamos a por mi coche. Zabala la llevó al hotel en el suyo.
Estaban a punto de subirse al coche camuflado que usaba Verónica, cuando Mario recibió un mensaje por SMS en su teléfono móvil.
Al leerlo, sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor:
«Tengo a su amiga. Le mandaré instrucciones. Si no viene solo, le cortaré el cuello y le dejaré una corbata de recuerdo».