La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

BIANCA

Mientras se subía al coche con Zabala, no dejó de darle vueltas a lo que la inspectora había contado minutos antes.

Si algo tenía claro es que Sofía no había mentido al decir que su marido era un maltratador.

Bianca no tenía ninguna duda de eso. Lo había visto en sus ojos cuando irrumpió en el apartamento martillo en mano para impedir que huyeran juntas.

Conocía esa mirada. Era la de alguien dispuesto a arrebatar la vida a otra persona para castigarla por su traición.

Si ella no le hubiera rociado la cara con el gas pimienta, jamás habría salido de allí con vida.

Sin embargo, no podía ignorar ciertos hechos.

La mañana de su asesinato, Sofía estaba nerviosa y pensativa, probablemente porque esperaba recibir un mensaje con las indicaciones para entregar el pendrive.

Si la acompañó a desayunar y luego al supermercado fue porque ella insistió, no porque Sofía quisiera hacerlo, por eso apenas abrió la boca.

También recordó que Sofía le había comentado, al día siguiente de llegar a Torrevieja, que pensaba irse a vivir fuera de España.

Un comentario al que no dio demasiada importancia, ya que lo interpretó como el pensamiento de una mujer que quería escapar lo más lejos posible de su marido, a un lugar donde él no pudiera encontrarla nunca.

Ahora se dio cuenta de que era algo que tenía decidido hacer, seguramente con el dinero que iba a cobrar del clan Kosta.

Su conclusión fue que Sofía solo era una mujer asustada que estaba dispuesta a lo que fuera para tener la oportunidad de vivir una nueva vida.

—¿Así que ayudas a proteger a las mujeres que sufren maltrato? —preguntó Zabala, mientras conducía en dirección al hotel.

—Sí. Les doy apoyo psicológico y las acompaño en todo el proceso de separación de sus parejas hasta que pueden comenzar una nueva vida.

—¿Y acuden muchas mujeres a tu consulta pidiendo ayuda?

—Menos de las que me gustaría, la verdad. Muy pocas se atreven a dar el paso de abandonar a sus maridos, aunque lo cierto es que las entiendo. Ni las leyes ni las autoridades las protegen como deberían y cuando lo intentan ya es tarde.

—Mi hermana no pidió ayuda —murmuró.

Bianca lo miró y vio que se había puesto tenso.

—¿Qué le ocurrió?

—Estuvo años sufriendo maltrato por parte de su marido, sin que yo lo supiera. El trabajo me tenía apartado de ella y tampoco tuvo la valentía de decírmelo. Si lo hubiera hecho, las cosas habrían sido diferentes.

—¿Murió? —se atrevió a preguntar.

—No, fue al revés. Ella lo asesinó —dijo Zabala con una rabia que parecía enmascarar un profundo dolor—.

Estaba harta de las palizas, los desprecios y de las continuas humillaciones.

Un día le echó veneno en la comida y observó sin inmutarse cómo moría delante de ella entre vómitos.

Saldrá de prisión en unos años, aunque hace tiempo que dejó de ser la hermana que yo conocía.

—Lo lamento.

—Tal vez todo habría sido diferente si hubiera encontrado a una persona como tú, alguien dispuesto a ayudarla a comenzar una nueva vida.

Bianca contuvo la respiración. La forma que tuvo de mirarla al decirlo hizo que se preguntara si aquel hombre sabía algo de su actividad al margen de la ley.

—Tampoco es fácil empezar de cero —acertó a decir.

Pasó un tiempo antes de que Zabala dijera:

—De todas formas, antes prefiero ver a mi hermana en prisión que enterrada en un cementerio. De la cárcel se sale, de una tumba, no. Y ese cabrón está mejor bajo tierra. —Al decir eso, se encogió de hombros—. Al menos ya no podrá hacer daño a ninguna otra mujer.

—Un maltratador es una persona con una profunda psicopatía que puede salir a la luz cuando no tiene el control sobre la persona a la que domina.

En cuanto a la víctima, muchas veces se encierra en sí misma y no es capaz de contarle a nadie lo que le ocurre, sobre todo a la gente más cercana, porque en el fondo piensa que lo que le está pasando es culpa suya.

—¿Y cuál crees tú que es la solución para impedir que las mujeres sigan sufriendo maltrato?

—Educación, concienciación y, sobre todo, medidas más contundentes para que el maltratador no pueda acercarse a la víctima.

—Algo que, a día de hoy, no parece viable.

—Lamentablemente, no.

Bianca estuvo a punto de decirle que lo más efectivo era que la víctima cambiara de identidad, pero podía echar por tierra todo lo que había construido, por eso se limitó a guardar silencio.

Por suerte, en ese momento Zabala giró en una pequeña rotonda y detuvo el vehículo al inicio de la calle peatonal que llevaba al hotel.

Lo hizo subido a la acera, frente a una iglesia.

—Volveré enseguida —dijo ella abriendo la puerta.

—Espera, te acompaño.

—No es necesario, el hotel está a la vuelta de la esquina. Tardaré un minuto.

Sin darle tiempo a la réplica, se alejó con paso apresurado sin mirar atrás. Quería regresar junto a Mario lo antes posible.

Esperemos que la pulsera contenga alguna información que le ayude , pensó mientras caminaba.

Al llegar a la altura de una heladería artesana, cogió la calle de la izquierda.

El hotel estaba situado a unos treinta metros, así que se dirigió hacia allí, hasta que algo la obligó a detenerse unos metros antes de llegar.

Apoyado en la pared del edificio, junto a la puerta, había un hombre corpulento, de barba espesa y gafas de sol, que salió a su encuentro y le cortó el paso.

Vestía una sudadera oscura y cubría su cabeza con la capucha.

—Es usted Bianca, ¿cierto?

—¿Quién lo pregunta? —desconfió. No le gustó nada la mirada de aquel hombre cuyo acento le sonó a latinoamericano.

—Necesito que nos acompañe, pues.

En ese momento se dio cuenta de que un segundo hombre se situaba a su espalda. Al girarse para mirarlo vio que era más delgado y joven, con un pendiente dilatador en cada oreja.

—¿Qué queréis? —preguntó volviendo a mirar al que tenía enfrente.

Este levantó un lado de la sudadera lo suficiente para mostrarle la empuñadura del revólver que llevaba en la cadera. Luego llevó la mano al bolsillo trasero de su pantalón y extrajo una navaja automática cuyo filo se hizo visible cuando pulsó un botón en el mango.

—Usted va a venir con nosotros y, si se le ocurre gritar, le rajo el cuello aquí mismo, en plena calle. Y créame que no sería la primera vez que lo hago. Nosotros solo queremos hacerle unas preguntas y después la dejamos ir. Todo muy sencillo. Pero si se pone a joder, si intenta resistirse…

El modo en que dejó la frase en el aire le dio a entender que no tenía demasiadas opciones.

Aunque gritara, lo más probable era que Zabala no se enterara.

Estaba en la otra calle y metido en el coche.

Tampoco había nadie en la calle a quien pedir ayuda y, aunque lo hiciera, solo pondría en peligro a esa persona.

—Podemos hablar aquí mismo —dijo en un intento por ganar tiempo. Si tardaba lo suficiente, Zabala iría a ver si le ocurría algo.

—No, señora. Esa no es una opción.

El hombre que estaba detrás de ella se situó a su lado para agarrarla de un brazo, por encima del codo, mientras el de barba se colocaba al otro costado .

—Hágale, camine, si no quiere que le raje ese cuello tan bonito —ordenó el de barba.

Pasaron de largo frente a la entrada del hotel, que dejaron a su derecha, y luego tomaron la primera calle a la izquierda, rodeando la iglesia por la parte de atrás. Allí les esperaba un coche con el motor en marcha, subido a la acera.

Solo en el último momento Bianca comprendió que seguirles el juego era una mala idea, por eso intentó soltarse y pedir ayuda. Lo hizo demasiado tarde. Una mano le tapó la boca y unos brazos la agarraron con fuerza para que no pudiera escapar.

Antes de que se diera cuenta, la metieron en el coche, que se puso en marcha en cuanto le cubrieron la cabeza con una capucha de tela que la dejó a oscuras. Luego la tumbaron en el suelo, entre los asientos, y le sujetaron ambas muñecas al frente con una brida.

Fue en ese momento cuando Bianca recordó lo que le había dicho el secuestrador al amenazarla: «Le rajo el cuello… No sería la primera vez que lo hago».

Comprendió quién era el secuestrador y que no iba a salir de aquella con vida.