Capítulo 34
BIANCA
Su primera reacción al escuchar la amenaza fue contener la respiración. Hasta ese momento la inspectora le había parecido una mujer empática con Mario y dispuesta a creerle, pero aquel giro la pilló tan desprevenida que no supo qué decir.
Fue él quien salió en su defensa.
—¿Por qué motivo queréis detenerla?
—Por encubrimiento y por obstaculizar una investigación —aseguró la inspectora con una frialdad que le dio a entender que no bromeaba.
—¡Esto tiene que ser una broma! —le replicó Mario.
—No lo es. —Antes de continuar, recuperó su tablet y desbloqueó la pantalla—. La declaración que hiciste en Torrevieja hace agua por todas partes. Cualquiera puede verlo.
—Ya he dicho varias veces que no suelo implicarme tanto con mis pacientes —se defendió Bianca.
—¿Y por qué con ella sí? ¿Qué tenía Sofía de especial?
Intuyó en los ojos de la inspectora que conocía la respuesta. Aun así, trató de protegerse y no hablar de su actividad secreta.
—Tenía miedo de que su marido la asesinara.
—¿Y por qué no acudió a la policía ?
—¿Sabe cuántas mujeres mueren asesinadas cada año a manos de sus parejas?
—Más de las que nadie quisiera.
—El problema es que en muchas ocasiones nadie puede impedirlo —prosiguió Bianca, decidida a defender su argumento—.
En este país las leyes protegen más al delincuente que a las víctimas y las medidas que toman las autoridades son insuficientes para protegerlas.
Lo sé porque trabajé durante años en una asociación de ayuda a víctimas del maltrato y Sofía no es la primera mujer a la que he visto tirada en el suelo con una sábana por encima.
—Necesitó tomarse unos segundos antes de continuar para no emocionarse y que se le cortara el habla—.
Al final descubrí que la mejor ayuda que podía ofrecer a esas mujeres era apoyarlas psicológicamente y que comprendieran que debían salir de esa relación antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Eso fue lo que hiciste con Sofía?
—Así es, aunque en su caso las cosas se precipitaron bastante.
—Ya lo veo. Mi única duda es si ella te utilizó o si eras su cómplice.
El comentario la dejó descolocada.
—No lo entiendo. ¿Cómplice de qué?
Verónica no respondió en un primer momento. Deslizó el dedo por la pantalla hasta que abrió un documento de texto.
—Ya os he dicho que la Brigada Criminal no es una unidad cualquiera.
Tenemos acceso a cualquier información relacionada con nuestras investigaciones —comenzó a explicarles—.
He conseguido el posicionamiento de vuestros teléfonos y, con la ayuda de las cámaras de tráfico, hemos establecido vuestros movimientos durante los últimos días sin ningún margen de error.
¿Vas a seguir insistiendo en que Sofía se presentó en Torrevieja porque quería hablar contigo?
No supo qué responder. Estaba claro que la inspectora había estado jugando con ella, lanzándole preguntas cuya respuesta conocía de antemano, hasta que había logrado acorralarla. Mentir ya no era una opción.
—Bianca no ha hecho nada malo —aseguró Mario.
—Eso deberé decidirlo yo .
Bianca la miró a los ojos y asintió con la cabeza, decidida a contarle la verdad de lo ocurrido.
—Yo ayudé a Sofía a huir de su marido y lo hice porque estaba convencida de que la maltrataba. La creí cuando me lo contó y tuve claro que tenía que ayudarla del modo que fuera posible. Hablé con un amigo que tiene una casa lejos de Madrid y la llevamos allí con nosotros.
—A Zarza de Tajo, en la provincia de Cuenca —dijo la inspectora.
Eso confirmó que no había mentido al decir que conocía sus movimientos.
—Así es. La idea era pasar unos días allí para pensar el modo de protegerla de su marido.
—¿Y qué ocurrió?
—Al día siguiente vimos un coche por las inmediaciones y creímos que era Arturo, así que huimos hacia Torrevieja.
—Sofía tenía un reloj y un teléfono de la marca Apple —explicó Mario—.
Pensamos que la había localizado gracias a alguno de esos dispositivos.
Además, el coche que vimos era de la misma marca y color que uno que Arturo le había regalado a su hermano antes de comprarse uno nuevo.
Al menos, eso fue lo que Sofía nos dijo.
—Cuando llegamos a Torrevieja, Mario tuvo que venir hasta aquí —prosiguió Bianca—, así que nos quedamos las dos solas. Un día después, mientras comprábamos comida, Sofía desapareció y no volví a verla hasta que la policía la encontró muerta.
—¿Y pensaste que había quedado con su marido?
—Sí. Me imaginé que al final se había arrepentido de huir y que lo había llamado para verse en Torrevieja y arreglar las cosas con él. No tenía ni idea de que Arturo estaba muerto desde el día en que huimos de Madrid.
—Así que no sabes con quién quedó la mañana de su asesinato.
—No tengo ni idea.
—Supongo que la mató alguien del clan Portela, como le sucedió a su marido —dijo Mario .
—Te equivocas. La historia es mucho más enrevesada de lo que parece.
—No entiendo.
—La tarjeta SIM prepago del teléfono de Sofía fue comprada a nombre de Bianca Garrido en Torrevieja el día antes de su muerte.
—Compré el teléfono y la tarjeta para que pudiéramos estar comunicadas —intervino ella.
—Está claro que lo utilizó para otra cosa.
—¿Para qué? —intervino Mario.
—Hemos tenido acceso a sus mensajes y llamadas, y, a la vista de lo que habéis declarado ambos, puedo deciros que os utilizó. No podemos saber si su marido la maltrataba, ya que en ninguno de ellos habla de él, pero lo que sí está claro es que no pensaba irse con una mano delante y otra detrás.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Bianca.
—Sofía sabía en qué negocios estaba metido su marido con el clan Portela y que había gente dispuesta a pagar mucho dinero por esa información. ¿Te suena el clan Kosta? —preguntó mirando a Mario.
—He oído hablar de él, pero no entiendo la relación entre ellos y el clan Portela.
—Se trata de una organización criminal de origen albanés que se instaló en la Costa Blanca hace diez años. Está especializada en el tráfico de cocaína y busca expandirse a otras zonas del país.
El inspector Zabala, que hasta ese momento había permanecido en silencio, comentó:
—He participado en varias operaciones contra el clan Kosta en los últimos años y os aseguro que sus miembros son violentos y de gatillo fácil. Esa gente no se anda con bromas.
—Buscan expandirse y adueñarse del territorio de sus rivales —continuó la inspectora—.
Por ese motivo uno de sus miembros se puso en contacto con Sofía y le ofreció una importante suma de dinero a cambio de información sobre los negocios del clan Portela.
Es lo que se desprende de las conversaciones que mantuvo con él la tarde antes de su muerte.
Gracias a esos mensajes que encontramos en su teléfono, también sabemos que la mañana de su asesinato había quedado con alguien del clan Kosta para entregarle un pendrive con toda la información que había conseguido.
Creemos que los albaneses le quitaron la vida en el momento de la entrega.
Tras unos segundos de silencio, Mario comentó:
—Nos utilizó para huir de su marido y tenía previsto vender la información a los albaneses. ¿Eso nos estás diciendo?
—Así es. Desconocemos el contenido del pendrive , pero está claro que puede hacer mucho daño al clan Portela o los albaneses no habrían estado dispuestos a pagar trescientos mil euros por esa información.
En ese preciso instante, Bianca se dio cuenta de algo en lo que no había vuelto a pensar desde que habían salido de Torrevieja el día anterior. Un detalle que podía cambiarlo todo.
—¿Sería posible que Sofía tuviera una copia de esa información? —meditó en voz alta.
—La pulsera —murmuró Mario antes de que la inspectora respondiera.
—¿Qué pulsera? —preguntó la inspectora.
—La que Sofía llevaba consigo y que se dejó olvidada en el baño de la casa que alquilamos en Torrevieja —respondió ella—. Tiene escondida una conexión USB en la hebilla.
—¿Has mirado si tiene algún dato almacenado?
—No.
—¿Y dónde la tienes?
—Pues… —Dudó unos segundos—. Tiene que seguir en mi maleta, en el hotel.
—Sería bueno que fueras a por ella y lo comprobáramos. —La inspectora miró a su compañero—. Zabala, ¿te importa acompañarla?
—Claro que no.
Bianca miró a Mario, que asintió con la cabeza, conforme con su decisión, por lo que se incorporó de la silla y siguió al agente en dirección a la salida.
Si tenía suerte y la pulsera contenía la información de la que hablaba la inspectora, tal vez eso serviría para salir bien parados de aquel asunto.