Capítulo 33
MARIO
En contra de lo esperado, la inspectora se mantuvo impasible.
—¿Intentas jugar conmigo? —preguntó
—Para nada, es la verdad. Soy policía o al menos lo era.
—¿Y por qué no hay constancia de ello en ninguna base de datos?
—Porque nunca llegué a ingresar en la academia de Ávila.
Ella resopló.
—Creo que me estás tomando el pelo y eso es algo que me cabrea bastante.
Llegados a ese punto, ya no tenía sentido dar marcha atrás.
—Durante doce años he actuado como agente encubierto —comenzó a explicarle Mario—. Estuve infiltrado en una de las organizaciones criminales más peligrosas del país y mi trabajo sirvió para meter en la cárcel a muchos de sus miembros.
—¿Qué organización?
—No puedo decirlo. Solo por contaros esto mi vida corre peligro. Esa organización tiene en nómina a políticos, jueces y miembros de los cuerpos de seguridad, Policía Nacional incluida. —La inspectora sonrió de un modo que no supo interpretar—. ¿No me crees ?
Pasaron unos segundos hasta que ella preguntó:
—¿Piensas que la Policía Nacional está corrompida?
—Y la Guardia Civil y las policías autónomas y locales.
Siempre hay gente dispuesta a sacarse un dinero extra por hacer la vista gorda o por informar antes de que se produzcan determinadas redadas.
Es un porcentaje pequeño, es cierto, algunas ovejas negras que empañan el trabajo que hacen muchos agentes que dedican su vida a meter entre rejas a los delincuentes.
El problema es que a todos ellos les gustaría verme muerto.
La inspectora asintió con la cabeza, como si entendiera la gravedad de lo que les estaba contando, y apartó a un lado la tablet para apoyar los codos en la mesa.
—Cuando nos conocimos me preguntaste por qué estaba investigando la muerte de tu tía, si la jurisdicción de un asesinato en Luarca corresponde a la Guardia Civil.
—Así es.
—La respuesta es que nosotros no somos policías normales.
—¿Perdón?
—Pertenecemos a una unidad independiente. —Al decir eso, sacó del bolsillo una cartera negra que abrió para enseñarle su identificación y una placa dorada cuyo escudo no supo identificar—. Somos de la Brigada Criminal.
—Es la primera vez que lo oigo.
—Lo escucharás más a partir de ahora. Somos una unidad de reciente creación, formada por un selecto grupo de agentes pertenecientes a la Policía Nacional y la Guardia Civil, y con jurisdicción para actuar en todo el territorio español. Algo así como el FBI en los Estados Unidos.
—¿Es en serio?
—Bastante. Este es el primer caso que investigamos.
—¿La muerte de mi tía es su primer caso?
—Hay mucho más detrás de la muerte de tu tía, aunque antes de seguir hablando necesito conocer tu historia y confirmar quién eres. Te aseguro que lo que me cuentes no saldrá de aquí.
Mario la miró a los ojos y, por algún motivo, supo que podía confiar en ella.
—Me presenté a los exámenes de ingreso en la Policía Nacional cuando tenía veinte años. Lo hice para poder pagarle la carrera a mi hermana y sacarla de Luarca. Sin embargo, nunca llegué a ingresar en la Academia.
—¿No pasaste las pruebas?
—Al contrario, las pasé todas, pero al llegar a la entrevista personal, un inspector jefe me ofreció ser agente encubierto.
Dijo que era perfecto para una misión que le habían encomendado y que cobraría mucho más, lo que serviría para que mi hermana y yo no tuviéramos que depender nunca de nuestra tía.
El problema era que nadie podía saber que yo era policía, por eso tuve que cambiar de identidad.
Dejé de ser Mario Ortiz para convertirme en otra persona, con una documentación nueva y un pasado que nadie podía rastrear.
—Por eso hay una laguna de doce años en tu vida —apuntó Verónica.
—Así es. Nunca tuve contacto con otros policías, a excepción del inspector jefe que me reclutó y un agente del GEO que me instruyó en secreto.
Al decir eso, miró directamente al agente sentado al lado de ella, que, tras unos segundos acariciándose la barba, abrió los ojos de forma desmesurada.
—¡Joder, yo te conozco!
—Así es. Me enseñaste tiro, lucha cuerpo a cuerpo y muchas otras cosas. Incluso a resistir interrogatorios.
—Ahora me acuerdo de ti. Tenías el pelo más largo y barba.
—Para que nadie de mi pasado pudiera reconocerme.
—Recuerdo que te lo tomaste muy en serio. Nunca te rendías y repetías el entrenamiento las veces que hiciera falta, hasta desfallecer. He entrenado a muchos agentes que querían entrar en el GEO y nunca vi a nadie con tu coraje y resistencia.
—No me podía permitir fallar.
—¿Qué pasó después del entrenamiento? —preguntó la inspectora.
—Me infiltré en el clan Portela, el mismo que acaba de mencionar. —Ella dejó que continuara—. Empecé abajo y fui ascendiendo hasta situarme tan cerca de la cúpula que tuve acceso a muchísima información .
—¿Llegaste a lugarteniente?
—No, en realidad me convertí en el jefe de seguridad de Benito Piñeiro, el hombre que dirige el clan.
Todo lo que obtuve sirvió para meter en prisión a muchos miembros de la organización, incluido él.
El problema fue que, una vez en prisión, fue capaz de seguir dirigiendo la organización, así que entré en la misma prisión bajo una falsa acusación.
De ese modo podía descubrir cómo lo hacía y quién le seguía apoyando.
—¿Cuánto estuviste en la cárcel?
—Dos años.
—¡Vaya! Eso sí que es dedicación.
Mario ni siquiera sonrió por el halago.
—El plan era que el inspector jefe me sacara de prisión, pero perdí el contacto con él.
—Lo asesinaron —intervino Zabala—. Ahora lo recuerdo. Le dispararon hace unos seis meses y murió después de estar varias semanas en coma.
—¿Quién era? —preguntó la inspectora mirando a su compañero.
—El inspector jefe Pedraza. Un buen tipo y un gran policía que luchaba contra el crimen organizado. A día de hoy, sigue sin saberse quién le disparó.
—Con él muerto, mi única salida era recuperar mi antigua identidad y desaparecer —prosiguió Mario—.
Aproveché el primer permiso carcelario que tuve para venir a Luarca y recoger la documentación que Pedraza había escondido en la tumba de mis padres, por si la necesitaba, pero los hombres de Piñeiro me siguieron.
Logré despistarlos navegando hasta Cudillero y de allí fui a Santander para coger un vuelo a Londres, donde esperaba reunirme con mi hermana.
—Después de que os fuerais a Luarca, contacté con un inspector de Scotland Yard —aseguró la inspectora—. Me confirmó que la secuestró un psicópata durante varias semanas y que fue su hermano quien la liberó.
—Bianca me ayudó a encontrarla —dijo mirándola de reojo.
—Sí, claro —murmuró con aire pensativo la policía—. Bianca Garrido, la pieza que no termina de encajar en este puzle .
—¿Qué quiere decir? —se defendió ella.
—Está claro que ocultas algo. La historia de que Sofía te llamó para reunirse contigo en Torrevieja no cuadra. Ninguna psicóloga se toma tan en serio su trabajo. Lo sé porque he tratado con más de una a lo largo de los años. Por eso voy a darte la oportunidad de sincerarte conmigo.
—¿Y si no lo hace? —intervino Mario.
—Pienso detenerla.