Capítulo 32
BIANCA
Quince minutos más tarde estaban en el cuartel de la Guardia Civil, sentados a un lado de una amplia mesa, mientras la inspectora y su compañero tomaban asiento frente a ellos. Ella llevaba una tablet en las manos y él se limitó a cruzar los brazos delante del pecho, con expresión neutra.
De camino, Mario y ella no habían abierto la boca. A él se le veía pensativo, incluso preocupado, como si algo fuera mal. Sintió deseos de preguntarle qué sucedía, pero supuso que no tardaría en averiguarlo.
—Empecemos por ti, Mario —tomó la palabra la inspectora—. ¿Conocías a Arturo Pujadas?
—No.
—¿No tenías ningún tipo de relación con él?
—Acabo de decir que no.
La inspectora posó los ojos en ella.
—¿Y tú?
—Yo tampoco lo conocía, al menos en persona —respondió Bianca—. Su mujer era paciente mía.
—Tengo aquí la declaración que hiciste en Torrevieja —dijo deslizando el dedo índice por la pantalla—. Dice que eras su psicóloga y que te pidió ayuda porque quería escapar de su marido. ¿Es correcto?
—No del todo. Quería separarse de él y contactó conmigo porque necesitaba mi consejo.
—Mientras estabais de vacaciones en Torrevieja juntos —dijo señalando con el dedo a Mario.
—Así es.
—Aunque dejé Torrevieja para venir hasta aquí con mi hermana —intervino Mario—. Cuando regresé a Torrevieja Sofía ya estaba muerta.
—Lo sé, no os estoy acusando de su muerte —aseguró la inspectora antes de centrarse de nuevo en ella—. Volvamos al marido. ¿Por qué quería su mujer separarse de él?
—Porque la maltrataba —respondió Bianca—. Era un maltratador de manual.
—¿Por eso creíste que la había asesinado él?
Estaba claro que la inspectora se había aprendido de memoria su declaración.
—Sí. Muchas mujeres se arrepienten de abandonar a sus maridos y dan marcha atrás convencidas de que pueden arreglar las cosas. Algunas, más de las que nos gustaría, terminan pagándolo con su vida.
—¿Qué te contó Sofía de los negocios de su marido?
—Nada.
—¿Estás segura?
—Bastante. Ya se lo dije al teniente que me interrogó en Torrevieja.
—¿Y tú, Mario?
—¿Cómo?
—¿Qué sabías de las actividades de Arturo Pujadas?
—Nada. Acabo de decir que ni siquiera lo conocía.
—Mario no tuvo nada que ver con su muerte, si es lo que está pensando —intervino Bianca en su defensa—. Estaba conmigo cuando lo asesinaron.
La inspectora ignoró su comentario y mantuvo la mirada clavada en él.
—¿Qué relación tienes con el clan Portela ?
Bianca contuvo la respiración al escuchar ese nombre y miró a Mario de reojo. Por suerte, él ni siquiera pestañeó antes de dar una respuesta.
—No me suena de nada.
—Vamos, no te hagas el tonto conmigo. Los dos sabemos que a tu tía Mercedes y a Arturo Pujadas los mató la misma persona. La firma del asesino es clara.
—Sigo sin saber de qué me habla.
La inspectora miró a su compañero, que cruzó la mirada con ella, y luego se dirigió de nuevo a Mario.
—Puede que en la base de datos de la policía tu nombre no arroje ningún resultado en cuanto a que hayas cometido algún delito, pero estoy deseando ver qué obtenemos después de tomarte las huellas dactilares e introducirlas en el sistema.
Bianca tuvo claro que si hacían eso descubrirían el pasado como delincuente de Mario, por eso decidió intervenir.
—Creo que es mejor que llamemos a un abogado.
—No —dijo tajante Mario.
—Pero…
Él alzó la mano para interrumpirla y la miró negando con la cabeza.
—Es hora de confesar. —Acto seguido, la mirada de Mario se volvió hacia la inspectora—. La verdad es que soy uno de vosotros. Soy policía.