La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

BIANCA

Entre que no podía respirar bien por la tela que le cubría por completo la cabeza y que el coche no dejaba de moverse de un lado a otro, Bianca no tardó en empezar a notar que se mareaba.

Estaba tirada en el suelo, entre los asientos, con los pies de uno de los secuestradores sobre ella para que no se incorporara. Sabía que los secuestradores eran tres, al menos dentro del coche, lo único que le dio tiempo a ver antes de que la metieran dentro y le cubrieran la cabeza.

En ningún momento hablaron entre ellos, como si tuvieran muy claro su destino.

Por cómo se movía el coche, intuyó que estaban callejeando por el pueblo, para luego circular por una carretera sin apenas curvas.

Minutos después, supuso que se habían incorporado a la autovía, por cómo aumentó el sonido del aire al rozar con la carrocería por la velocidad, así como de las ruedas deslizándose sobre el pavimento.

Aun así, la sensación de ahogo fue en aumento, por eso protestó:

—Me estoy ahogando. No puedo respirar bien.

—¡Cállese! —escuchó a la vez que un pie le presionaba con fuerza el costado—. Si no se queda callada, abro la puerta y la tiro afuera. ¿Me entendió?

Era la voz del que la había asaltado en la calle, el de barba. Su acento le pareció colombiano y tenía una voz ronca que resonó dentro del vehículo con una fuerza que le encogió el corazón.

De pronto el coche redujo la velocidad y se movió de lado a lado, trazando varias curvas. Eso hizo que la sensación de mareo aumentara.

—Me estoy… mareando —murmuró al notar su estómago cada vez más revuelto.

—Ya falta poco —dijo una segunda voz con acento gallego.

—Cállese —ordenó el primero.

De nuevo disminuyó la velocidad y comenzó a callejear, o al menos eso interpretó por lo que captaban sus sentidos. Un tiempo después, no demasiado largo, se detuvo.

Escuchó las puertas abrirse y dejó de notar la presión del pie sobre su cuerpo. Segundos después, alguien la agarró y la sacó del coche. Fue entonces cuando notó que su estómago ya no era capaz de aguantar más.

—Tengo que… vomitar —dijo con dificultad.

—Llévela y le quita la capucha cuando ya esté adentro —ordenó el colombiano.

Alguien la agarró del brazo y tiró de ella para obligarla a caminar.

No podía ver absolutamente nada por culpa de la tela que cubría su cabeza, lo que hizo que perdiera la orientación y su estómago no aguantara más.

Se detuvo en seco y flexionó el cuerpo hacia delante al notar la primera arcada.

Por suerte, el tipo que la acompañaba se dio cuenta a tiempo y le quitó la capucha justo antes de que vomitara, impidiendo que lo hiciera dentro de la tela.

Mientras vertía el contenido de su estómago en el suelo, escuchó la voz ronca del que estaba al mando.

—¿Pero usted qué hace, gallego? ¿No le dije que le quitara la capucha cuando estuviera adentro?

—¿Es que no ves que iba a vomitar? —se justificó el que estaba a su lado.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Pues que luego huele fatal, hombre. Además, podría ahogarse en su propio vómito.

—Usted es un güevón —bramó—. Métala dentro.

—Ya voy, carayo .

El tipo tuvo al menos la decencia de esperar hasta que las arcadas se detuvieron y terminó de vomitar. Después tiró de ella de nuevo.

—Venga, vamos.

Con la cabeza dándole vueltas y el sabor amargo del vómito en la boca, Bianca se dejó llevar.

Al menos tuvo tiempo de alzar la mirada para ver el edificio al que se dirigían.

Parecía una nave abandonada, por cómo tenía hundido un lado del tejado, con una puerta de madera de doble hoja en el centro que el tipo abrió con facilidad empujando con la mano.

Antes de entrar miró a su alrededor y vio que estaban en mitad de la nada, rodeados de campo y sin ningún otro edificio cerca.

Una vez dentro, vio que había una única estancia, sin divisiones.

A un lado, en la parte donde el techo estaba hundido, había un montón de tejas de arcilla y restos de madera en el suelo.

Al lado contrario la pared estaba desconchada y llena de humedades, con varias anillas de hierro oxidadas ancladas a ella.

El secuestrador la condujo hasta allí y usó una nueva brida para unir la que llevaba puesta en las muñecas a uno de los aros situados a un metro del suelo.

—Sé buena y no te muevas de aquí.

Por primera vez, Bianca pudo centrar la mirada en él y vio que era el joven con dilatadores en las orejas que había participado en su secuestro. Su expresión no era tan agresiva como la de su jefe, por eso se atrevió a preguntar:

—¿Cuánto tiempo voy a estar aquí?

—No puedo decírtelo.

—¿Vais a pedir un rescate por mí?

Antes de que pudiera responder, el de barba entró en la nave con cara de cabreo.

—¿No le dije que no podía hablar con ella? Cúbrale la cabeza.

—Si lo hago y vomita se ahogará. Además, ya nos ha visto.

—Pues póngale cinta en la boca para que no vaya a gritar .

—Te lo acabo de decir. ¿Qué pasa si vomita? —le replicó el gallego—. Dale unos minutos, por lo menos, hasta que se recupere.

—¿Para qué quiere que se recupere?

El modo en que lo dijo hizo que a Bianca se le erizara la piel.

Su mirada era fría y carente de empatía, como si tuviera claro que su vida no tenía valor ninguno para él.

Eso hizo que, en un acto reflejo de supervivencia, comenzara a gritar pidiendo ayuda e intentara soltarse de las bridas que la mantenían prisionera.

Por mucho que tiró de ellas, lo único que consiguió fue lacerarse las muñecas.

—Está claro que ganas de vomitar no tiene. Así que hágale, tápele la boca —ordenó el jefe.

Los dos salieron de la nave y el gallego regresó un minuto después con un rollo de cinta americana en la mano.

—Por favor, tienes que soltarme —le rogó Bianca—. Yo no he hecho nada.

No respondió. Le pegó un trozo de cinta sobre la boca y luego hizo lo mismo con sus manos, esta vez dando varias vueltas de cinta para que no pudiera utilizarlas para quitarse el trozo de la boca.

Luego abandonó la nave y la dejó sola, mientras Bianca se decía a sí misma que lucharía hasta el último aliento por salvar su vida.