La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

MARIO

El pasado es aquello de lo que no puedes huir, porque siempre viaja contigo.

Mario no sabía a quién pertenecía la frase, pero sin duda explicaba a la perfección cómo se sentía en ese momento.

Delante de él, a un par de pasos y mirándole con una soberbia que le heló la sangre, estaba el Piojo.

El preso que le había reconocido en la cárcel y que trató de chantajearle pocos días antes de su permiso carcelario.

Aquel del que ya no regresó y durante el cual tuvo que despistar a los hombres del clan Portela.

—Tienes muy buen aspecto —dijo el recluso.

—¿Qué haces aquí?

—Me soltaron hace poco y decidí regresar a casa.

Mario intentó mantenerse tranquilo.

—¿A casa? Tú no eres de Luarca.

—Pero me trae muy buenos recuerdos. Aquí viví varios años e hice algún negocio en el pasado que me salió rentable —dijo con un tono irónico que no le pasó desapercibido.

—Pensé que te quedaba un año en prisión.

—Conseguí un buen abogado, que me sacó gracias a una ley que se aprobó hace poco y que ha permitido a los violadores como yo salir antes de tiempo de la cárcel.

¿No es gracioso? —dijo soltando una carcajada a continuación—.

Una ley me encerró y ahora otra ha conseguido que salga de prisión.

Por cierto, eso me recuerda que no volviste a la cárcel de Mansilla después de aquel permiso de fin de semana.

—Yo también encontré a un buen abogado que me ayudó.

—Seguro que sí —murmuró dejando asomar unos dientes amarillentos por el tabaco—. El problema es que tú y yo teníamos un trato. Y lo rompiste.

—Tú también lo hiciste. Le dijiste a Piñeiro de qué me conocías antes de que saliera de prisión.

—No sé de qué me hablas.

Mario vio en su mirada que mentía.

—Sí que lo sabes.

—Pues no —reiteró—. Aunque sí sé que hay gente que te busca y a la que le encantaría saber que has vuelto a Luarca.

—No he vuelto.

—Sí, claro —dijo rascándose la barba de varios días—. De todas formas, estoy dispuesto a cerrar la boca si me pagas bien. ¿Qué te parecen mil euros a cambio de mi silencio?

—Me pillas con la cartera vacía —le replicó Mario, sosteniéndole la mirada.

—Seguro que en este pueblo hay bancos con cajero.

—¿En serio me estás extorsionando?

—Sería solo un adelanto. Estoy seguro de que Piñeiro me pagaría mucho más por saber que estás aquí. Solo necesito saber qué precio estás dispuesto a ponerle a tu vida.

Mario procuró mantener sus pulsaciones al mínimo. No iba a darle el gusto de demostrarle hasta qué punto le asustaba que el clan Portela supiera que había vuelto a Luarca. Y más estando Bianca a su lado.

Lo que tampoco iba a hacer era confiar en el Piojo. Ya lo había hecho una vez y le había faltado tiempo para traicionarle. En esta ocasión no iba a ser diferente, por eso se limitó a encogerse de hombros.

—Mi precio es el mismo por el que estaría dispuesto a pegarte un tiro si vuelves a cruzarte en mi camino: cero .

Y sin más, le dio la espalda para alejarse en dirección al hotel.

Apenas había recorrido veinte metros cuando miró atrás. El Piojo no le estaba siguiendo, pero no le quitaba el ojo de encima, mientras sonreía con frialdad.

Estaba claro que la única salida que le quedaba a Mario era huir y hacerlo antes de que alguien del clan Portela se presentara en Luarca para ajustar cuentas con él.

Tenía que recoger a Bianca en el hotel y huir con ella lo más lejos posible.