La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

MARIO

Luarca amaneció con un cielo encapotado y gris que amenazaba lluvia, y una temperatura diez grados por debajo de la que habían dejado en Madrid. No le importó. El frío le iba a venir bien para despejarse.

Habían llegado al hotel a las dos de la madrugada, donde el recepcionista les comunicó que su habitación estaba lista y que no disponía de ninguna otra libre, al menos ninguna que pudiera entregarles en ese momento.

Por suerte, la habitación tenía dos camas juntas, que Mario decidió separar, a pesar de que Bianca le dijo que no hacía falta.

Apenas fue capaz de dormir en toda la noche.

Estuvo dando vueltas en la cama, inquieto por la conversación que iba a mantener al día siguiente con la inspectora, pero, sobre todo porque le preocupaba la seguridad de Bianca tras lo sucedido en Torrevieja.

Si el clan Portela iba también detrás de ella, ocultarse durante un par de semanas no iba a ser suficiente.

Cerca de las ocho de la mañana ya no aguantó más en la cama y decidió levantarse.

Se metió en el baño, se dio una ducha y luego se vistió con la ropa que tenía dentro de la mochila que había llevado a Torrevieja.

Tendría que comprar ropa nueva en cuanto pudiera porque solo llevaba unos pantalones vaqueros de repuesto, tres camisetas y varias mudas.

Al salir del baño, Bianca seguía dormida, así que decidió dar una vuelta por el pueblo y despejar la mente. Ella lo llamaría cuando estuviera lista para desayunar juntos.

Una vez en la calle, comenzó a caminar en dirección contraria al puerto.

Pasó junto al puente del Beso, que evitó cruzar para no tener la tentación de acercarse a la casa de su tía, y continuó pegado a la ría hasta que atravesó el puente que conducía a la plaza Alfonso X el Sabio.

Una vez allí se dirigió al antiguo quiosco de música que había al fondo, con el nombre de Luarca en letras grandes.

Durante un instante se quedó mirándolo, envuelto por un recuerdo de su niñez que creía olvidado.

Iba de la mano de su padre para comprar un globo de helio que una mujer vendía en el lugar.

Él no tendría más de cinco años, pero recordaba aquel momento como si lo estuviera viviendo de nuevo.

¡Qué injusta había sido la vida con sus padres!

Ese pensamiento hizo que comenzara a caminar en dirección al cementerio. Lo hizo callejeando por esa parte del pueblo y evitando regresar al puerto. Tardó algo más de diez minutos en llegar a la tumba de sus padres.

Su madre había muerto cuando él solo tenía dos años, al dar a luz a su hermana. No tenía recuerdos de ella, más allá de las fotos que habían adornado la casa hasta que se fueron a vivir con su tía.

En cuanto a su padre, su muerte seguía siendo un misterio.

Según la Guardia Civil, había fallecido de un disparo accidental mientras limpiaba la escopeta de caza.

Es cierto que su padre tenía una escopeta de cartuchos en casa, pero, según averiguó Mario años más tarde, hacía mucho tiempo que no la usaba.

De joven solía cazar con sus amigos por los montes cercanos a Luarca, algo que dejó de hacer después de conocer a su madre, por lo que no tenía ningún sentido que hubiera muerto limpiándola y mucho menos estando cargada.

Su tía se encargó de añadir más confusión a su muerte asegurando que su padre podía haberse quitado la vida porque no había superado la muerte de su madre .

¡Cuánto había llegado a odiar a esa mujer!

Mientras observaba la tumba de sus padres, no pudo evitar pensar en lo injusta que había sido la vida con ellos.

Todo lo que habían construido juntos se había esfumado tras la muerte de su padre.

La casa, así como la tutela de sus hijos, pasó a manos de su tía Mercedes, única hermana y familiar vivo de su padre.

Hasta donde Mario pudo averiguar, su tía consiguió que un juez le permitiera vender la casa, alegando que, al no tener trabajo y vivir con una pequeña pensión por minusvalía que le daba el Estado, no podía afrontar el pago de los impuestos que generaba la vivienda de su hermano y tampoco asumir la manutención y los gastos que suponían criar a dos niños.

Nunca supieron qué había hecho con el dinero, incluido el que sus padres tenían en una cuenta bancaria. Y tampoco quisieron averiguarlo. La única preocupación de Mario y su hermana al alcanzar la mayoría de edad fue largarse de Luarca para no volver a ver más a su tía.

Si el precio para arrancarla de sus vidas era perder la herencia de sus padres, lo aceptaron con resignación. Después de todo, la libertad era algo a lo que no podía ponerse precio.

Mario se quedó unos minutos frente a la tumba de sus padres, manteniendo un diálogo silencioso en el que les deseó que siguieran juntos allí donde estuvieran y les prometió que siempre los tendría en su recuerdo.

Después regresó al pueblo bajando en dirección al puerto, mientras las nubes grises se alejaban en el horizonte, permitiendo que el sol asomara entre ellas.

Al llegar al paseo marítimo, la temperatura ya había subido unos grados y el sol incluso calentaba con cierta intensidad, por lo que cruzó la calle en busca de algo de sombra.

Se encontraba pasando junto a la terraza de uno de los bares cuando una voz llamó su atención.

—Parece que el hijo pródigo ha vuelto a casa.

El tono irónico hizo que Mario fijara la mirada en la persona que estaba sentada con un café en una mano y un cigarrillo en la otra.

Su cabello era grisáceo y tenía unas profundas arrugas en el rostro que dejaban claro lo cerca que estaba de los sesenta años.

En la oreja izquierda llevaba un pendiente de aro dorado .

Lo reconoció al instante.

Al ver que era incapaz de articular palabra, el hombre se puso en pie y se acercó a él para decirle con voz grave:

—¿Es que no vas a saludar a tu antiguo compañero de prisión?