Capítulo 28
MARIO
Lo último que esperaba en ese momento era recibir una llamada telefónica de la policía que le había interrogado en Luarca.
—Soy Verónica Cuevas —se presentó en cuanto respondió.
—Dígame, inspectora.
—Necesito hablar contigo en persona.
—Me temo que es imposible. Ya no estoy en Luarca, estoy en Madrid.
—Lo sé, pero tenemos que vernos. Puedo mandar un coche patrulla a buscarte.
Le sorprendió la urgencia que se desprendía de sus palabras.
—¿Es que va a detenerme?
—¿Sería necesario hacerlo para que podamos hablar?
—Podemos hacerlo ahora. ¿De qué quiere hablar conmigo?
—De lo ocurrido ayer en Torrevieja.
Tardó unos segundos en reaccionar.
—Creo que no la entiendo —dijo con un tono de sorpresa que no fue fingido.
—Podrás imaginarte mi sorpresa cuando he tenido conocimiento de que tu nombre aparece en una investigación de la Guardia Civil por el asesinato de una mujer en Torrevieja .
—No tengo nada que ver con ese crimen. Ni siquiera estaba en Torrevieja en el momento en que se produjo.
—Lo sé, pero el marido de esa mujer murió asesinado en Madrid hace cuatro días de un modo muy parecido a tu tía. Lo torturaron y le hicieron una corbata colombiana.
—¿Ahora quiere acusarme de asesinato? Porque estaba con una amiga ese día. Ella puede atestiguarlo.
—No tengo intención de acusarte de nada, pero, en mi trabajo, una no cree en las coincidencias. Creo que te conviene que hablemos.
Mario era consciente de que no podía fiarse de nadie.
—No tengo nada más que contar que no le haya dicho ya.
—Los dos sabemos que eso no es cierto. Alguien va detrás de ti y yo puedo protegerte.
—Sé cuidarme bien solo.
—No lo dudo, pero en el caso de tu novia ya no estoy tan segura.
—¿Mi novia?
—En el informe que he recibido del teniente Cañada, de la Policía Judicial, consta que estabas de vacaciones en Torrevieja con tu pareja y que ella fue testigo directo del asesinato de la mujer de Arturo Pujadas.
—No exactamente. Conocía a la víctima, pero no presenció el crimen.
—Aun así, imagino que querrás protegerla.
—Por supuesto.
—Pues me gustaría hablar con los dos. Si es aquí en Luarca, mejor.
Mario miró a Bianca, que le observaba de reojo, expectante.
—Es un viaje largo. Llegaríamos de noche.
—No tengo prisa. Puedo esperar a mañana.
Mario no confiaba en la inspectora, pero en ese momento tenía que pensar en la seguridad de Bianca.
—Está bien, nos veremos por la mañana en el cuartel de Luarca. ¿A qué hora quiere que vayamos?
—Llámame antes a este teléfono. Estoy pendiente de una reunión por videollamada, pero todavía no sé la hora .
—De acuerdo.
—Os reservaré una habitación en el mismo hotel en el que estuviste con tu hermana, así no tendréis que preocuparos por el alojamiento.
Mario se despidió de ella y, en cuanto finalizó la llamada, miró a Bianca.
—Tenemos que ir a Luarca.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
—La inspectora que está investigando el asesinato de mi tía quiere hablar de nuevo conmigo. Se ha enterado de la muerte del marido de Sofía y ha visto que hay similitudes entre ambas muertes.
—¿Y qué vas a hacer?
—Hablaremos con ella mañana.
—Habías dicho que lo mejor era desaparecer unos días.
—Lo sé, pero quizá pueda protegerte mejor que yo.
—Eso lo dudo —aseguró Bianca.
Mario se sintió halagado por el comentario, pero tenía claro que debía encontrar el modo de ponerla a salvo y quizá hablar con la inspectora era la mejor forma de conseguirlo.
—Confía en mí, es mejor que vayamos a Luarca. Además, ahora mismo nos interesa alejarnos lo máximo posible de Madrid.
Bianca tardó unos segundos en aceptar.
—Está bien. ¿A qué distancia estamos?
—Unas cinco horas, sin parar. Llegaremos de madrugada.
—Entonces sería mejor que busques un alojamiento.
—La inspectora se encarga de eso. Nos va a reservar una habitación en el mismo hotel en el que estuve con mi hermana.
—¿Por qué una?
—Porque en Torrevieja dijimos que somos pareja.
—Es cierto —murmuró ella.
—No te preocupes. Cuando lleguemos pediré otra habitación para mí.
—Tal vez no sea necesario. Puede que nos den una habitación con dos camas.
—Aun así, imagino que querrás dormir sola.
Bianca dejó escapar una ligera risa, antes de decir :
—Solo si roncas.
—Pues la verdad es que no lo sé.
—Solo será una noche. Nos arreglaremos.
Mario prefería dormir en habitaciones separadas para no sentirse incómodo, pero decidió no insistir más en el tema. Una vez en el hotel pediría otra habitación y listo.
Lo importante era que los dos descansaran lo suficiente para tener la mente lúcida antes de hablar con la inspectora al día siguiente.