La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

BIANCA

En cuanto colgó el teléfono, Bianca llamó a su secretaria. El corazón le iba a mil por hora, incluso le temblaban las manos. Aun así, tuvo claro que debía ayudar a Mario.

La conversación con Sandra fue breve. Le explicó que necesitaba su coche durante unos días para salir de Madrid, ya que el suyo estaba averiado. Ella no le pidió más explicaciones y tampoco le puso ningún inconveniente, algo que la sorprendió.

—En veinte minutos estaré ahí.

—Avísame antes de llegar y te abriré el garaje desde dentro —le replicó Bianca.

Tras finalizar la llamada, preparó su maleta.

En realidad, solo tenía que cambiar la ropa sucia por otra limpia, aunque no sabía cuánto tiempo estaría fuera de casa, así que llenó la maleta y un bolso de viaje con aquello que pudiera necesitar.

Luego se dio una ducha y se vistió con ropa cómoda.

Su secretaria la llamó pocos minutos después.

—Estoy llegando a tu casa.

—Bajo ahora mismo al garaje para abrirte.

Así lo hizo llevando la maleta consigo y el bolso de viaje. Para cuando el coche de Sandra, un Opel Corsa de color rojo, se situó delante del portón, Bianca ya estaba preparada para pulsar el interruptor. La joven secretaria entró y siguió sus indicaciones para detenerse junto a su plaza.

—Perdona por la urgencia, Sandra —le dijo en cuanto bajó del vehículo.

—No te preocupes, mañana no madrugo. Esta semana me habías dado vacaciones.

—Y la próxima, en principio, también.

En lugar de sonreír, la secretaria arrugó la frente.

—¿Ocurre algo, Bianca? Nunca he querido saber nada de tus idas y venidas de la consulta, pero entiende que esto me preocupe.

—Todo va bien. Tengo que salir de Madrid unos días y mi coche tiene una avería.

—¿Qué le ocurre?

—No lo sé. Hay una luz roja que se enciende de vez en cuando en el panel y no me da tiempo de llevarlo al taller para que me digan lo que es. No me gustaría que me deje tirada por el camino.

—¿Y qué es eso tan urgente que te obliga a salir de la ciudad?

—No es nada urgente, solo que… —Durante unos segundos Bianca se quedó callada, intentando buscar una disculpa que fuera convincente—. Es por un tema familiar.

Por el modo que tuvo de mirarla, intuyó que no la creía.

—Escucha, Bianca —empezó a decir Sandra con voz suave—. Llevo tiempo trabajando contigo y sé de tu dedicación, sobre todo a la hora de ayudar a mujeres que lo están pasando mal. Pero no puedo ignorar que algunas de ellas nunca pagaron las consultas y dejaron de venir de repente.

—Eso tiene una explicación. Verás…

—No por favor, déjame terminar —dijo alzando la mano—.

Admiro lo que haces por ellas y cómo te implicas por sus problemas, por eso nunca he querido inmiscuirme.

Si no me cuentas lo que haces es porque tienes tus motivos y yo lo respeto.

Solo quiero decirte que estoy contigo y que puedes confiar en mí.

—Es más complicado de lo que parece.

—Me lo imagino, pero no tienes por qué llevar esta carga tú sola. Te lo repito, cualquier cosa que necesites, no dudes en pedírmela. ¿De acuerdo?

—Gracias —dijo Bianca acercándose a ella para darle un abrazo que la reconfortó más de lo que esperaba—. Tendrás que anular mis citas de la semana que viene —añadió cuando se separaron.

—No te preocupes por eso, yo me ocupo —aseguró Sandra—. ¿Me llamarás si necesitas algo?

—Sí, tranquila. ¿Tienes forma de volver a casa?

—Pediré un Uber. Y por el coche no te preocupes, usaré el de mi marido si lo necesito, aunque no creo. Estoy de vacaciones, ¿recuerdas? —dijo sonriendo.

—Gracias por todo.

Unos minutos después, Bianca salía del garaje en busca de Mario.

Había quedado con él cerca de la estación de Chamartín, donde esperaba en el interior de un bar a que pasara a recogerlo.

Durante el trayecto estuvo atenta a cualquier vehículo que pudiera seguirla.

En un par de ocasiones le pareció que era así, pero tras callejear un poco, abandonando las vías principales, comprobó que nadie seguía sus pasos.

Por eso, cuando recogió a Mario, lo hizo con una sonrisa de satisfacción dibujada en los labios.

—Todo ha salido bien.

—¿No te ha seguido nadie? —preguntó él tras subirse al asiento del acompañante.

—No, me he asegurado. ¿Dónde vamos ahora?

—Lo primero es salir de Madrid.

—¿En qué dirección?

—No lo sé, la verdad. Pensaba buscar un lugar donde pasar la noche y luego decidir.

—Para salir de Madrid desde aquí creo que lo más rápido es ir en dirección a Las Rozas y coger la autovía A-6 que va hacia el norte —sugirió Bianca—. Conozco un hotel muy tranquilo cerca de Segovia.

—Me parece bien.

Mientras ella arrancaba, Mario miró repetidas veces la parte de atrás del vehículo .

—Tranquilo, ya te digo que no me han seguido.

Él volvió a mirar al frente y sacudió la cabeza.

—No sé si habré hecho bien metiéndote en esto.

—Yo soy la primera que te metió a ti en un lío. Si no me hubieras ayudado con Sofía, no estarías en esta situación.

—Yo creo que sí. Fui demasiado iluso pensando que recuperando mi verdadera identidad dejarían de buscarme. Tenía que haber supuesto que tarde o temprano alguien del clan Portela daría conmigo.

—Aun así, lo siento. Yo…

Antes de que pudiera terminar la frase, Mario recibió una llamada en su teléfono.

La conversación que mantuvo a continuación le dio a entender a Bianca que las cosas, en lugar de mejorar, iban camino de empeorar.