Capítulo 26
MARIO
La parada del metro estaba a unos quinientos metros de su apartamento, así que recorrió la larga calle con paso tranquilo, confundiéndose con el resto de los peatones.
Era increíble la cantidad de gente que había en Madrid, algo que no iba mucho con su carácter. Le gustaba la tranquilidad y el silencio, quizá porque había nacido en un pueblo pesquero en una época en la que el turismo rural todavía no despuntaba. Añoraba vivir en un lugar así de tranquilo.
En Asturias existían multitud de pueblos, la mayoría de ellos apenas conocidos, tanto en la costa como en la montaña.
Lugares donde uno podía llevar una vida tranquila y pasar desapercibido para el resto del mundo.
Eso le hizo plantearse la posibilidad de elegir uno de ellos como destino en el que ocultarse una temporada.
Se encontraba a menos de doscientos metros del portal cuando vio un restaurante con un llamativo letrero de neón que ponía «las mejores hamburguesas gourmet de Madrid».
El modo en que rugieron sus tripas le recordó que llevaba muchas horas sin meter nada sólido en el estómago, así que cruzó por el paso de cebra más cercano y poco después entró en el local .
A esa hora, las dos de la tarde, el restaurante estaba a tope, así que se temió que no habría mesa.
Por suerte, el encargado que le recibió en el mostrador de entrada le indicó que le quedaba una mesa pequeña, situada en una esquina del local, cerca del ventanal que daba a la calle.
Mario se quitó la mochila que había llevado consigo a Torrevieja y la dejó junto a la mesa antes de sentarse.
—Bienvenido —le saludó una joven camarera de sonrisa reluciente, a la vez que le entregaba la carta. Vestía un conjunto de chaqueta y falda corta muy seductor. Calculó que tendría poco más de veinte años—. ¿Es la primera vez que vienes por aquí?
—Sí.
—Tenemos las mejores carnes de Madrid y la hamburguesa ganadora del premio a la mejor hamburguesa del año pasado.
—Pues tráeme una de esas y una botella de agua fría —dijo sin molestarse en leer la carta.
—Estoy segura de que te va a encantar.
Mientras se alejaba contoneando las caderas, Mario fijó la vista en el exterior del local. Decenas de coches recorrían en ese momento la calle en ambos sentidos.
Tengo que salir de esta jungla de asfalto , se dijo a sí mismo, cada vez más convencido de buscar un lugar más tranquilo en el que vivir.
Decidió hacerlo en ese momento. Sacó su teléfono y realizó una búsqueda de viviendas en alquiler en Asturias.
Eligió la primera página que le salió y luego seleccionó el mapa de Asturias, que le mostró la provincia dividida por áreas.
Descartó de mano las dos ciudades principales (Oviedo y Gijón) y el área de Llanes, demasiado saturada de turistas.
Durante varios minutos estuvo mirando distintas viviendas situadas en zonas interiores de la provincia, ideales para llevar una vida tranquila. Los precios eran mucho menores de lo que pagaba actualmente en Madrid, siempre y cuando no se acercara a las zonas de costa, donde ya se disparaban.
Valoró distintas opciones, hasta que un pitido proveniente del exterior hizo que centrara la mirada en un vehículo que acababa de detenerse en doble fila muy cerca del local.
El que estaba situado detrás, lo adelantó y pitó de nuevo al pasar a su lado a modo de protesta.
Un hombre descendió del vehículo detenido por la puerta del acompañante y se acercó a la ventanilla del coche que estaba aparcado a su misma altura, pegado a la acera.
En un primer momento Mario no lo reconoció, pero, cuando el hombre se quitó las gafas de sol que llevaba puestas, un escalofrío le recorrió la espalda.
A pesar de que habían pasado dos meses, lo reconoció de inmediato.
Metro ochenta, barba espesa y pelo castaño.
Era el mismo hombre que le había seguido desde León hasta Luarca, al que pudo despistar gracias al barco que alquiló para viajar por mar hasta Cudillero.
No le costó mucho suponer lo que hacía allí, sobre todo cuando señaló al otro lado de la calle, en dirección a su portal.
¡Mierda, saben dónde vivo! , pensó mientras su pulso se aceleraba.
Durante un minuto Mario observó la conversación que mantenía con los dos hombres que estaban en el interior del coche aparcado junto a la acera, hasta que decidió que debía encontrar la manera de huir sin que le vieran.
Se puso en pie justo cuando la camarera se acercaba con una bandeja con la hamburguesa y un cesto de patatas.
—¿No te gusta la mesa?
—En realidad, tengo que irme. Me ha surgido algo urgente. Necesito que me cobres.
—Puedo ponértela para llevar.
En ese momento, lo que menos pensaba era en comer.
—No es necesario.
—Tardaré un minuto. Ahora vuelvo —dijo ella dándole la espalda para regresar a la cocina.
Mario dirigió su mirada al exterior, donde el hombre de barba regresaba al otro vehículo detenido en doble fila, que se puso en marcha una vez subió al lado del acompañante. Era un Audi Q5 de color blanco, idéntico al que les había perseguido en su huida de la finca de Cuenca.
El otro vehículo permaneció aparcado junto a la acera, lo que le dejó claro que regresar a su apartamento no era una opción.
Al menos tenía suerte de que no lo hubieran visto entrar en el restaurante, aunque no debía tentar a la suerte, por eso echó un vistazo al local en busca de otra salida.
En un principio no pareció que hubiera más, así que esperó a que regresara la camarera.
Lo hizo un par de minutos después llevando en la mano una bolsa de papel con el logo del local, que le entregó.
Acto seguido, la siguió hasta el mostrador para pagar.
—¿Hay otra salida del local? —preguntó Mario mientras pasaba la tarjeta de crédito por el datáfono.
Ella le miró extrañada.
—¿Por qué lo preguntas?
—Es que verás —comenzó a decir señalando con el dedo al ventanal que daba a la calle y dibujando en sus labios una sonrisa nerviosa—.
Acabo de ver a mi exnovia en la acera hablando con una amiga, justo delante de la puerta del restaurante, y no me gustaría encontrarme con ella de bruces.
Sé que parece la típica excusa sacada de una película romántica, pero te aseguro que lo que menos me apetece en este momento es otra discusión con ella.
—¿Una relación tóxica?
—Muy tóxica.
—No todas las mujeres somos así, ¿sabes? —dijo la camarera sonriéndole de forma seductora.
—Me encantaría comprobarlo, pero me temo que ahora no es el mejor momento.
—Salgo a las nueve, por si quieres pasarte por aquí después.
Mario se quedó bloqueado durante unos segundos. No estaba acostumbrado a que una mujer fuera tan directa.
—Es probable que lo haga —murmuró alargando la sonrisa.
—Vamos, te ayudaré a salir. Hay una puerta en la cocina que da a la calle de atrás. Podrás irte sin que te vea tu exnovia.
—Te lo agradezco.
La joven lo guio a través de la cocina, hasta una puerta situada al fondo que abrió para que pudiera salir.
—¿A las nueve entonces?
—Intentaré ser puntual —respondió Mario, guiñándole un ojo.
En cuanto pisó la calle, se alejó del local con paso apresurado en busca de la parada de metro más cercana, a la vez que sacaba su teléfono.
—Hola, Bianca —la saludó en cuanto respondió a su llamada—. ¿Estás en casa?
—Sí. —Ella debió notar la agitación en su voz porque preguntó—: ¿Ocurre algo?
—Tenemos que irnos de Madrid lo antes posible. Hay dos hombres del clan Portela vigilando mi apartamento.
—¿Estás seguro?
—Bastante.
—De acuerdo. ¿Qué quieres que haga?
—Espérame en casa. Yo voy hacia allí.
—¿No sería mejor que yo te recogiera con mi coche en algún punto de Madrid? Podrían estar vigilando mi casa por si apareces.
—No lo creo. Si fuera así, habrían ido a por mí en cuanto me bajé del coche al llegar a tu casa.
—No tardó ni dos segundos en rectificar—.
Aunque eso no garantiza que no lo estén haciendo ahora —añadió al recordar que el tipo de la barba se había marchado en el otro coche, quizá para dirigirse al apartamento de Bianca.
—Dime dónde estás y voy a recogerte ya.
—No es una buena idea, me preocupa que puedan seguirte. Si son los mismos que nos persiguieron en Cuenca, es probable que conozcan tu coche.
—Puedo pedirle el coche a mi secretaria. Le diré que me lo traiga y que lo meta por el garaje. La puerta de entrada está en la calle de atrás. Aunque estén vigilando el acceso al apartamento, no me verán salir.
—¿Estás segura?
—Sí, tranquilo.
—De todas formas, ten cuidado y si no lo ves claro, avísame. No te arriesgues.
—Lo haré.
Acordaron un lugar donde verse, tras lo cual Mario colgó el teléfono y lo guardó, con la esperanza de que todo saliera bien. Estaba claro que lo más seguro para los dos era marcharse de Madrid.
La cuestión era adónde dirigirse.