Capítulo 25
MARIO
Bianca estaba tan nerviosa por lo ocurrido que Mario se ofreció a conducir, algo a lo que ella accedió sin protestar.
No tardó en comprobar el motivo. Apenas se había alejado unos kilómetros de Torrevieja cuando se quedó dormida, señal de que el estrés acumulado y las pocas horas que había dormido la noche anterior le estaban pasando factura.
Mario tampoco quiso despertarla. Prefirió dejarla descansar y analizar en silencio lo ocurrido los últimos días.
Por más que lo intentó, las piezas no terminaban de encajar.
Se suponía que Sofía quería escapar de un marido maltratador, al menos eso le había contado a Bianca.
Sin embargo, ahora los dos estaban muertos y las sospechas apuntaban a una organización que él conocía muy bien: el clan Portela.
La banda criminal en la que había estado infiltrado los últimos doce años.
Ese fue el motivo por el que tuvo tanta prisa por regresar a Madrid. La presencia en Torrevieja de cualquier persona que trabajara para el clan podía poner en peligro su vida, sobre todo si le reconocía.
Mario sabía muchas cosas del clan Portela.
De hecho, gracias a su investigación muchos miembros y colaboradores terminaron en la cárcel, entre ellos el más importante de todos: Benito Piñeiro, jefe del clan.
Por desgracia, la organización era demasiado amplia para que llegara a saberlo todo sobre ella.
Eran tantas las ramificaciones del negocio y las personas que trabajaban para ella que no era extraño que desconociera que Arturo Pujadas fuera una de ellas.
Su investigación se había centrado en la cúpula de la organización, en los principales lugartenientes y en los empleados públicos y miembros de las fuerzas de seguridad que trabajaban para la organización o se dejaban sobornar.
Y, a pesar de todo, Piñeiro había sido capaz de continuar dirigiendo su negocio desde la prisión, lo que demostraba que el engranaje estaba montado para seguir funcionando y generando dinero a pesar de esa circunstancia.
Si Piñeiro estaba detrás de la orden de asesinar tanto a Arturo Pujadas como a su mujer era algo difícil de asegurar, aunque podía adivinar cuál era el motivo.
El modo en que había muerto él era bastante esclarecedor.
Que lo hubieran torturado indicaba que, o bien querían sacarle información o lo estaban castigando de un modo cruel por algo.
Quizá por meter la mano en la caja y quedarse con dinero, algo que en una organización criminal suponía una sentencia de muerte.
Sin embargo, no eran los métodos que solía utilizar el clan Portela, siempre menos llamativos para no crear alarma social.
Era algo que sabía de primera mano porque lo había presenciado en un par de ocasiones.
Un tiro en la nuca era mensaje suficiente para que se supiera que la víctima había traicionado a la organización.
La tortura y, sobre todo, hacerle una corbata colombiana al muerto eran métodos que no se utilizaban, al menos durante el tiempo que había estado infiltrado.
La única explicación que encontró fue que Piñeiro, dada la pérdida de elementos operativos en su organización, hubiera pedido ayuda a sus amigos colombianos. Nunca lo había hecho, pero parecía que las circunstancias le habían obligado a ello.
De todas formas, lo que más preocupaba a Mario era el asesinato de Sofía y cómo eso podía implicar a Bianca.
Haciendo un repaso de lo ocurrido los últimos días, las conclusiones que sacó fueron muy diferentes a las que se había planteado hasta ese momento. Para empezar, Arturo no era quien les había seguido hasta la casa de Cuenca y perseguido cuando se dirigían a Torrevieja.
Lo más probable era que se hubiera tratado de hombres del clan Portela. De algún modo habían averiguado dónde se encontraba Sofía, seguramente utilizando el posicionamiento de sus dispositivos. Lo que le costaba más entender era cómo habían conseguido localizarla en Torrevieja.
Eso le llevó a una cuestión que le creó dudas sobre las verdaderas intenciones de Sofía. Se había reunido con su asesino en Torrevieja y segundos antes de que la asesinara le entregó algo, un pequeño objeto, según el teniente de la Policía Judicial.
¿Y si sabía que alguien iría a por su marido y decidió llevarse con ella algo de valor? Algo que le permitiera negociar por su vida llegado el caso. Quizá ella misma había llamado a alguien del clan después de la huida a Torrevieja, convencida de que era la mejor forma de salvar la vida.
Un error del que debió ser consciente demasiado tarde.
El problema era que nada aseguraba que todo terminara ahí. Sofía había metido en aquel lío a Bianca y puede que también quisieran cerrarle la boca para siempre.
—¡Joder! —exclamó sin poder contener la rabia que sentía en ese momento.
Quedarse en Madrid, en su apartamento, ya no era una opción. Bianca iba a tener que esconderse durante una temporada en algún sitio donde no la pudieran encontrar, algo que dudó que fuera a aceptar.
Estaban ya cerca de llegar a su destino cuando ella despertó.
—Perdona, siento haberme quedado dormida —dijo conteniendo un bostezo.
—No pasa nada. Se veía que lo necesitabas —comentó Mario sin perder la atención de la carretera.
—¿Cuánto hace que hemos salido de Torrevieja?
—Falta una hora para llegar a Madrid.
—¿Solo? Tenías que haberme despertado para que te relevara al volante .
—Estoy bien, no te preocupes. Después de varios días conduciendo tantas horas, este viaje es como un paseo para mí.
De reojo percibió cómo Bianca se frotaba los ojos y luego le miraba durante unos segundos, como si no se atreviera a decirle algo.
—Siento haberte metido en este lío —aseguró finalmente—, aunque me alegro de que aceptaras ayudarme.
A Mario se le pasó por la cabeza recriminarle que no hubiera contado con él desde un principio, pero había otra cosa que le preocupaba más.
—Esto está lejos de acabarse —murmuró.
—¿Qué quieres decir?
—Que el lío en el que estás metida es mucho mayor de lo que yo suponía. He tenido tiempo para analizar todo lo sucedido con detenimiento y me temo que vas a tener que desaparecer una temporada.
—¿Cómo que desaparecer?
—Ocultarte. Es posible que estés en peligro.
—No lo entiendo.
—Deberías irte una temporada a un lugar tranquilo, lejos de Madrid.
—No puedo hacer eso. Tengo una consulta que me espera y unos pacientes a los que atender. No puedo irme sin más.
—Claro que puedes, eres tu propia jefa.
—No es tan fácil como piensas.
—Esto no es un juego, Bianca —aseguró desviando la mirada hacia ella durante un par de segundos, antes de ponerla de nuevo en la carretera—. Quienes asesinaron a Sofía y a su marido no son unos delincuentes cualesquiera. Son gente muy peligrosa. Lo sé porque los conozco muy bien.
—¿Qué quieres decir?
—El clan Portela es la organización criminal en la que estuve infiltrado durante doce años.
—¡¿En serio?! —exclamó ella.
—No estoy seguro de por qué han matado a Arturo, pero, si gestionaba el dinero de los negocios de la organización, lo más probable es que se estuviera quedando con una parte, hasta que lo descubrieron.
En cuanto a Sofía, tal vez sabía más de lo que decía sobre los negocios en los que andaba metido su marido.
Puede incluso que supiera que iban a por él y decidió escapar para que no la mataran a ella también.
Lo que te contó sobre el maltrato que sufría es posible que fuera mentira, una farsa para que la ayudaras a huir.
—Eso es imposible. Yo estaba delante cuando Arturo apareció en el apartamento para impedir que huyera. Llevaba un martillo en la mano con el que pensaba matarla y a mí también. Sofía quería huir porque vivía aterrorizada.
—Creo que esa mujer te utilizó.
—Te aseguro que estás equivocado.
—De cualquier modo, cabe la posibilidad de que no se conformen con su muerte y vayan también a por ti.
—¿Por qué motivo?
—Pueden pensar que estabas implicada en los negocios de su marido y por eso la ayudaste.
O que ella pudo contarte algo que no les interesa que sepas.
De cualquier modo, no creo que quieras quedarte para averiguarlo, por eso mi consejo es que te largues una temporada de Madrid, al menos hasta que las aguas se calmen.
—¿Cuánto tiempo sería eso?
—Unas cuantas semanas.
Esta vez Bianca no protestó. Se quedó pensativa un tiempo, como si calibrara sus opciones.
—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó finalmente.
Mario esperó unos segundos antes de responder.
—Tengo que alejarme de ti o te pondría todavía más en peligro de lo que ya estás.
Al mirarla vio que no le había gustado la respuesta.
—¿Por qué dices eso?
—Porque el clan Portela lleva dos meses buscándome, desde que salí de prisión con un permiso carcelario y no volví. Saben que yo soy el topo que desmanteló la cúpula de la organización y cualquier persona que se encuentre a mi lado está en peligro.
—Pero… ¿cómo lo saben?
Decidió que tenía que contárselo.
—Me siguieron hasta Luarca. Creo que eran dos, aunque solo vi bien a uno de ellos, un tipo fornido, con barba espesa y que cubría la cabeza con la capucha de la sudadera negra que llevaba puesta. Al parecer, estuvieron preguntando por mí en el pueblo y terminaron en casa de mi tía.
A Bianca no le costó atar cabos.
—¿Quieres decir que ellos asesinaron a tu tía?
—Sí. A ella también le rajaron el cuello para hacerle una corbata colombiana, igual que al marido de Sofía.
—¿Y la policía lo sabe?
—Acabo de descubrirlo y decírselo solo me pondría más en peligro de lo que estoy ahora.
Bianca se quedó pensativa un minuto largo, hasta que comentó:
—No deberías haber vuelto del Reino Unido para ayudarme.
—No podía quedarme allí para siempre. Además, tampoco me imaginaba que habían averiguado mi verdadera identidad.
—¿Y si mataron a Sofía por eso?
Mario sacudió la cabeza antes de responder.
—No lo creo. Más bien ha sido casualidad. Fueron a por Sofía sin saber que yo estaba con ella. Si lo hubieran sabido, ya estaría muerto.
Bianca le miró horrorizada.
—Y todo por mi culpa.
—Por favor, deja ya de repetir una y otra vez que todo esto es culpa tuya —la reprendió—. El único culpable soy yo por confiarme. Pensé que recuperar mi verdadera identidad era suficiente para vivir a salvo y está claro que me equivoqué.
—¿Qué piensas hacer?
—Buscar un sitio en el que esconderme y que no me encuentren.
—¿Dónde?
—Todavía no lo he decidido.
—¿Y por qué no lo hacemos juntos? —sugirió ella.
—Lo último que quiero es ponerte en peligro.
—Acabas de decir que ya lo estoy.
—Sí, pero lo estarás más todavía si permaneces a mi lado. No me parece una buena idea .
—¿Lo dices porque ya no te caigo bien?
Mario la miró frunciendo el ceño.
—¿Por qué dices eso?
—Sé que a veces soy un incordio y que no tengo un carácter fácil. Sin embargo, nunca me he sentido tan segura con nadie como contigo.
El comentario sorprendió a Mario, que en un primer momento no supo qué decir.
Dudaba que Bianca estuviera dispuesta a hacer desaparecer la barrera que había levantado entre los dos.
Es más, tuvo la sensación de que era el miedo lo que la hacía hablar así y no el deseo de que la relación entre ambos mejorara.
—No es necesario que tomes una decisión ahora —añadió ella, como si fuera consciente de sus dudas—. Cerca de mi casa hay un restaurante. ¿Qué te parece si lo hablamos al llegar mientras comemos algo? Tenemos una conversación pendiente.
Mario miró la hora en el salpicadero del coche.
—Es la una del mediodía. Tengo que ir a mi apartamento a ducharme y cambiarme de ropa.
—No me importa esperar.
No guardaba un buen recuerdo de la última vez que habían estado juntos en un restaurante.
—También debería recoger mi pasaporte, preparar una maleta con las cosas que necesitaré llevarme y llamar a mi hermana para saber si llegó bien a casa.
—Luego puedes ir a mi apartamento y lo hablamos allí. ¿Te parece mejor?
—De acuerdo. Te dejaré en casa y cogeré el metro para ir a mi apartamento.
—Puedes llevarte este coche, si lo prefieres.
—Es difícil aparcar allí. Además, me apetece caminar.
—Como quieras.
A Mario le pareció la mejor opción. De ese modo tendría tiempo para pensar y tomar una decisión con respecto a dejar que Bianca le acompañara o separar sus caminos.
Probablemente para siempre.