Capítulo 24
BIANCA
La sorpresa fue tan grande y desconcertante que Bianca no pudo evitar que se le escapara una exclamación.
—¡Eso no puede ser!
—Lo es —remarcó el teniente Cañada—. Los compañeros de la policía que acudieron anoche a su domicilio lo encontraron muerto.
Un vecino les dijo que había escuchado gritos unos días antes, por eso decidieron forzar la puerta para entrar.
Estaba atado a una silla en mitad del salón y cubierto de sangre.
El forense calcula que lo asesinaron a lo largo del día anterior a que su mujer se presentara en Torrevieja, supuestamente huyendo de él.
Bianca comenzó a palidecer, a la vez que notaba cómo comenzaba a faltarle el aire.
Si eso era cierto, significaba que Arturo había fallecido el día de la huida.
—¡Dios mío! —exclamó llevándose las manos a los labios. Si la policía averiguaba que ella había estado en el piso ese día, pasaría a ser sospechosa del crimen.
—¿Insinúa que lo mató su mujer? —intervino Mario.
—No, al menos de forma directa —respondió el teniente.
Eso hizo que Bianca respirara aliviada .
—¿Qué quiere decir?
—Arturo Pujadas presentaba signos visibles de tortura y luego le rajaron el cuello, haciendo lo que se conoce como una corbata colombiana. Es una técnica que usan los cárteles para castigar a los traidores.
Mario se removió en el asiento antes de preguntar:
—¿Seguro que se trata del marido de Sofía?
—Así lo ha confirmado la Policía Nacional, que es quien está a cargo ahora de la investigación de ese asesinato.
Bianca miró a Mario, que parecía tan perplejo como ella. Hasta ese momento, los dos habían estado convencidos de que Arturo conducía el coche que les persiguió en su huida del chalé de Cuenca, antes de dirigirse a Torrevieja.
Si Arturo ya llevaba un día muerto, entonces la pregunta que debían hacerse ahora era quién les había perseguido. Una pregunta para la que al menos ella no tenía respuesta.
—¿Qué ocurre? —preguntó el teniente, mirándola con detenimiento. Estaba claro que su reacción ante la noticia la estaba delatando.
—Es que… —Bianca tragó saliva y se tomó unos segundos para ordenar sus ideas y no decir nada inconveniente—. Estaba convencida de que Sofía había llamado a Arturo para verle aquí, en Torrevieja, y arreglar las cosas con él.
—Pues se ve que no fue su marido con el que quedó.
—¿Entonces con quién?
—Es lo que tratamos de averiguar. De momento estamos intentando desbloquear el teléfono de Sofía para acceder a sus mensajes y llamadas, aunque llevará un tiempo acceder a esa información. Lo que me lleva a otra cuestión importante. ¿Qué relación había realmente entre Sofía y usted?
Llegados a ese punto, tuvo claro que la escueta versión de los hechos que había dado hasta el momento no iba a ayudar a alejar las sospechas sobre ella, así que decidió adornar el relato de forma que fuera lo más creíble posible.
—Soy psicóloga —arrancó a decir— y durante años trabajé para una asociación de víctimas del maltrato, por eso estoy especializada en dar apoyo a las mujeres que lo sufren.
Sofía acudió a mí, al igual que han hecho otras mujeres, porque necesitaba ayuda psicológica.
Estaba decidida a separarse, pero, como siempre ocurre en estos casos, tenía miedo de cómo reaccionaría su marido.
Por eso, cuando me llamó hace dos días, le dije que viniera a Torrevieja.
No es algo que haga con todos mis pacientes.
En casos así, mi consejo siempre es que acudan a la asociación más cercana en busca de ayuda, pero la noté tan asustada que pensé que hablar con ella en persona podría tranquilizarla y ayudarla a tomar la mejor decisión.
Por eso le dije que viniera a Torrevieja.
—Bianca se toma muy en serio los problemas de sus pacientes —la apoyó Mario—, sobre todo en casos como este. Creo que todos estamos cansados de ver en las noticias cómo, un año tras otro, decenas de mujeres mueren a manos de sus parejas. Alguien tiene que evitarlo.
—Para eso estamos nosotros.
—Lamentablemente, no siempre lo consiguen —dijo Bianca—, por eso trato de ayudarlas en todo lo que esté en mi mano.
El teniente asintió con la cabeza, como si le convenciera el argumento. Luego revisó algunas notas de su libreta y levantó la mirada hacia ella.
—Está claro que Arturo Pujadas no tuvo nada que ver con la muerte de su esposa. Al menos, no fue el autor material. ¿Le contó Sofía en qué trabajaba su marido?
La pregunta pilló desprevenida a Bianca.
—Solo me dijo que trabajaba desde casa.
—¿No le habló de las actividades que realizaba?
—No —respondió a la vez que se encogía de hombros—. Cuando me hablaba de él era para contarme las discusiones que tenían, el modo en que la amenazaba o cómo la machacaba psicológicamente.
—¿No le dijo nada de sus negocios?
—No.
—Algo le contaría.
—¿Por qué es tan importante eso? —intervino Mario.
El teniente se echó hacia atrás para apoyar la espalda por completo en el respaldo de la silla.
—¿Les suena a alguno de los dos el clan Portela ?
—No —respondió ella.
—Para nada —la secundó Mario.
—Es una de las organizaciones criminales más importantes que actúan en el norte de España. Sabemos que Arturo Pujadas trabajaba para el clan blanqueando dinero y ocultando grandes sumas en paraísos fiscales.
Bianca se quedó pensativa, sin llegar a entender cómo encajaba eso en el asesinato de Sofía. Fue Mario quien se adelantó antes de que pudiera preguntarlo.
—¿Cree que ella vino a Torrevieja huyendo de los asesinos de su marido?
Antes de responder, el teniente se inclinó de nuevo hacia delante para apoyar los codos en la mesa.
—Es probable. Seguramente la siguieron hasta aquí o la localizaron de algún modo. Tuvo suerte de no estar usted con ella en ese momento —añadió mirando a Bianca.
Eso hizo que de nuevo le costara respirar. El teniente tenía razón. Si Sofía no se hubiera escabullido en el supermercado, lo más probable era que ella también hubiera terminado tumbada en la calle con una sábana cubriendo su cuerpo.
Al menos eso era algo que tenía que agradecerle a Sofía, aunque no conseguía entender por qué lo había hecho. ¿Por qué escapar de ella a escondidas para terminar en el paseo de la playa? Era como si hubiera quedado en verse allí con alguien. ¿Pero quién?
—De todas formas, la mataron a plena luz del día —comentó Mario—. Alguien habrá visto quién la mató.
—Todo ocurrió bastante rápido. Los pocos testigos que se dieron cuenta de lo que pasaba la vieron cuando ya estaba caída en el suelo en un charco de sangre y las únicas imágenes que tenemos son de una cámara de vigilancia situada en una tienda cercana al lugar del crimen.
En ellas solo se ve a Sofía hablando con un hombre que está de espaldas a la cámara.
En principio parece una conversación amistosa, aunque el paso de un grupo numeroso de turistas impide que se vea lo que ocurre a continuación.
Una vez se despeja la visión, la víctima ya está tirada en el suelo y no hay rastro del hombre .
—¿Cómo murió Sofía?
—Le atravesaron el corazón con un arma afilada, una navaja con toda probabilidad. El forense cree que perdió la vida en el acto. De hecho, los primeros sanitarios que llegaron al lugar no pudieron hacer nada por ella, más que confirmar el fallecimiento y cubrir su cuerpo.
Bianca recordó el momento en que la vio tendida en el suelo cubierta por la manta térmica y se le encogió el corazón. Había visto esa escena más veces de lo que le habría gustado.
—Hay un detalle que sí se aprecia en la cámara un segundo antes de que los turistas bloqueen la visión —prosiguió el oficial— y es que Sofía le entrega algo a ese hombre. Un objeto demasiado pequeño para que se aprecie. ¿Alguna idea de lo que puede ser?
—No —respondió Bianca al ver que la pregunta iba dirigida a ella.
—Es probable que ese sea el motivo por el que la asesinaron.
—No tengo ni idea, la verdad —reiteró—. Yo solo quería ayudarla con los problemas que tenía con su marido. No sé quién pudo asesinarla ni por qué.
—¿Hasta cuándo tienen previsto quedarse en Torrevieja?
—Pensábamos irnos hoy —se adelantó Mario a responder por ella.
—Me parece bien. No sabemos quién está detrás de la muerte de Sofía y si todavía sigue por la ciudad, así que no les conviene quedarse por aquí. ¿Dónde viven?
—En Madrid.
—Imagino que juntos.
—Sí.
Bianca no le contradijo.
—Pues quédense allí y estén localizables por teléfono en todo momento, por si tengo que ponerme en contacto con ustedes.
—No hay problema.
El teniente anotó sus teléfonos y la dirección del apartamento de Bianca. A continuación, les despidió agradeciéndoles su colaboración.
No fue hasta estar fuera del edificio que Bianca preguntó :
—¿Qué vamos a hacer, Mario?
—Recoger tus cosas y regresar a Madrid lo antes posible. Si en algo tiene razón ese teniente es que el asesino de Sofía puede seguir en Torrevieja.
—¿Quién crees que pudo hacerlo?
—No tengo ni idea. Ahora lo más urgente es que nos larguemos de aquí
Bianca notó cierto nerviosismo en su mirada, pero no dijo nada. Lo cierto es que ella también estaba bastante preocupada por lo sucedido y lo que más seguridad le daba era regresar a su apartamento en Madrid.
En cuanto llegaron a la casa de alquiler, Bianca subió a su habitación para meter en la maleta la poca ropa que había sacado de ella.
Luego recogió el neceser que tenía en el baño e hizo lo mismo.
En ese momento recordó que le había dejado a Sofía un pijama y un cepillo para el pelo que ella no usaba, así que fue a su habitación.
Encontró el pijama sobre una silla, junto a parte de la ropa que le había comprado el día anterior.
Luego entró en el baño para buscar el cepillo.
Lo encontró sobre el lavabo, aunque le llamó la atención que al lado estuviera la pulsera azul y gris que Sofía llevaba puesta los días anteriores.
Estaba cerrada y seca, por lo que supuso que se la habría quitado esa mañana antes de ducharse y se había olvidado de ella.
En un principio se la guardó en el bolsillo y bajó al piso de abajo para comprobar si Sofía había olvidado alguna otra cosa.
—¿Nos vamos? —preguntó Mario cuando entró en el salón.
—Un minuto, quiero asegurarme de que no queda nada en la casa antes de cerrar la maleta. Por cierto, Sofía se dejó olvidada la pulsera.
—¿Qué pulsera?
—Esta —dijo sacándola para mostrársela.
—Es bonita. Deberías quedártela.
—Me parece un poco grande para mí.
Bianca apretó la hebilla de plástico que hacía de cierre con intención de probársela, aunque algo llamó su atención: en una de las partes de la hebilla sobresalía un conector USB.
—¿Qué es esto? —murmuró .
—Parece un pendrive —comentó Mario.
—Qué raro. Dijo que se la había regalado su abuela hace muchos años.
—Lo dudo porque parece bastante nueva.
Bianca la miró durante unos segundos, sin entender por qué llevaría alguien como Sofía una pulsera así.
—Tal vez tenga algo en el pendrive , como fotos o datos personales.
—¿Tienes un ordenador al que conectarlo?
—Aquí no. Tal vez sería mejor llevársela a la Guardia Civil —sugirió ella.
—Mejor nos vamos y lo miras cuando estemos en Madrid. Si tiene algo de interés podemos llamar por teléfono al teniente Cañada y decírselo. Ahora mismo lo que menos me apetece es que nos interroguen otra vez.
—Tienes razón.
Bianca regresó a la planta de arriba y metió lo que faltaba en la maleta, incluida la pulsera. Luego se reunió de nuevo con Mario en la planta baja.
—Lista para volver a casa.
—Vámonos.