La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

MARIO

Llegaron al cuartel de la Guardia Civil media hora más tarde, con la coartada bien ensayada y el convencimiento de que todo iba a salir bien.

El sargento Yuste los acompañó hasta una sala de interrogatorios donde les dejó a solas con un hombre de unos treinta años, de pelo rubio y mirada agradable.

Vestía de civil y lo primero que hizo fue alargar la mano hacia Mario para presentarse.

—Soy el teniente Cañada, de la Policía Judicial de Alicante, y llegué anoche para hacerme cargo de la investigación.

—Después de que Mario le estrechara la mano, hizo lo mismo con Bianca—.

Apenas he tenido tiempo para ponerme al día, pero me apetecía hablar con los dos para entender las circunstancias de lo ocurrido. Siéntense, por favor.

Mientras se sentaban frente a él, Mario estudió al hombre, de gesto agradable y cercano, con una sonrisa a todas luces ensayada. Eso hizo que desconfiara cuando se dirigió a él en primer lugar.

—Tengo entendido que no estaba usted ayer en Torrevieja en el momento en que se produjo el crimen.

—No.

—¿Puede decirme dónde se encontraba?

—En Santander, con mi hermana. Vino hace un par de días desde Londres para verme y regresé a Torrevieja anoche, después de dejarla en el aeropuerto.

—Pensé que los dos habían venido juntos de vacaciones —dijo señalando a ambos con el dedo.

—Sí, pero la visita por sorpresa de su hermana y la llamada de Sofía trastocó nuestros planes —intervino Bianca—. Decidí quedarme aquí con Sofía mientras Mario iba a Santander un par de días.

—Es decir, que no sabe nada del crimen ni de las circunstancias en las que se produjo —comentó, volviendo a centrar la mirada en él.

—Solo sé lo que Bianca me ha contado. —Mario agarró su mano, un gesto calculado para que el investigador no dudara de su relación, al que ella reaccionó mirándole con una sonrisa abierta.

—¿Qué tal se encuentra hoy? —preguntó el teniente dirigiéndose a Bianca—. Me dijeron que ayer estaba bastante afectada por la muerte de su amiga.

—Mi paciente. Y sí, sigo afectada.

—En ese caso, no quiero entretenerla más de lo necesario, pero hay varias cosas que necesito recapitular para entenderlas bien. La víctima, Sofía Lara Márquez, la llamó porque era usted su psicóloga y quería separarse de su marido. ¿Es correcto?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo llevaba tratándola?

Mario la miró de reojo, esperando que diera la respuesta que habían acordado.

—Tres semanas.

—¿Y es normal que vea a sus pacientes fuera de la consulta?

—El caso de Sofía era especial. Estaba muy asustada.

—¿Por qué motivo?

—Su marido la maltrataba y quería separarse de él.

—¿Eso es lo que ella le contó?

—Sí.

El oficial sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña libreta, que posó en la mesa y abrió para mirar las anotaciones que había en ella .

—¿Conocía personalmente a su marido, Arturo Pujadas Muro?

—No.

—¿Lo ha visto en alguna ocasión? Metro setenta, pelo castaño y perilla, treinta y ocho años.

—No —mintió de nuevo, tal y como Mario le había sugerido que hiciera. Bajo ningún concepto podía contarle que se había enfrentado a él para que Sofía pudiera escapar.

—Según ella, la maltrataba físicamente. ¿Es eso correcto?

—Me contó que el maltrato era principalmente psicológico, aunque creo que le puso la mano encima un par de veces. No sé cómo. Lo que sí me dijo es que la convivencia con él era un infierno.

—Imagino que por eso quería separarse.

—Así es.

Esta vez subrayó algo con un bolígrafo en la libreta y volvió a leer las anotaciones.

—Ayer declaró que Sofía Lara la llamó a usted hace dos días porque necesitaba alejarse de su marido. Quería separarse de él.

—Eso me dijo.

—Y que ayer lo llamó porque quería arreglar las cosas con él.

—Bueno, eso no lo sé con certeza —dudó Bianca—. Es decir, yo…

Mario se dio cuenta de que las continuas preguntas del teniente estaban consiguiendo que dudara de sus respuestas, por eso decidió intervenir.

—Cuéntale lo que ella te dijo sobre volver con él.

Bianca asintió con la cabeza y tomó aire antes de seguir hablando.

—Anoche me dijo que se estaba planteando regresar con Arturo porque creía que era capaz de hacerle cambiar. Por eso, cuando esta mañana desapareció del supermercado, lo primero que pensé fue que había quedado en verse aquí con él.

—Ya —murmuró el teniente rascándose la mejilla—. ¿Sofía le comentó si conocía a alguien en Torrevieja?

—No .

—¿Escuchó que hablara por teléfono con alguien que no fuera su marido?

—Tampoco.

—Tal vez le dijo que pensaba verse con alguna otra persona.

—Por supuesto que no. Si fuera así, ya lo habría comentado ayer.

—¿A qué viene tanta insistencia? —intervino Mario.

—Viene a que es imposible que Sofía se viera aquí con su marido.

—¿Por qué?

—Porque Arturo Pujadas murió asesinado hace cuatro días.