La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

MARIO

El reloj pasaba de las doce de la noche cuando alcanzó los primeros edificios de Torrevieja.

El cansancio acumulado tras todo el día conduciendo hizo que las dos últimas horas fueran una auténtica tortura.

Y no solo porque su espalda no dejara de protestar.

Hasta en cuatro ocasiones tuvo que parar en una gasolinera para lavarse la cara con agua fría en el aseo y dar un paseo de varios minutos para despejarse y estirar las piernas.

Lo más apropiado habría sido echar una cabezada y luego continuar el viaje, pero quería llegar a su destino lo antes posible para estar al lado de Bianca.

Dos horas antes ella le había mandado un mensaje de audio para decirle que se encontraba de vuelta en la casa de alquiler, tras firmar una declaración escrita en el cuartel de la Guardia Civil de Torrevieja.

Su voz sonaba tensa y nerviosa, señal de que no lo estaba pasando bien.

La respuesta de Mario fue que pronto estaría a su lado y que no le abriera la puerta a nadie.

Al llegar a la casa, aparcó justo delante y la llamó por teléfono para avisarla de que estaba fuera. Bianca abrió la puerta y lo recibió con ojos enrojecidos y una expresión de profundo dolor .

—Hola. Gracias por venir tan rápido —lo saludó, haciéndose a un lado para que pudiera entrar.

Mario sintió el deseo de estrecharla entre sus brazos para mostrarle su apoyo, pero supuso que se sentiría incómoda.

—¿Cómo estás? —preguntó una vez entró en la vivienda y ella cerró la puerta.

Bianca se dirigió al salón y no respondió hasta que se sentó en el sofá con las manos en el regazo.

—Mal.

—¿Hablaste con la policía? —preguntó manteniéndose de pie en mitad de la estancia.

—Con un sargento de la Guardia Civil, que es quien lleva la investigación.

—¿Y qué le contaste?

—Que Sofía era paciente mía y que vino a verme porque necesitaba alejarse unos días de su marido. Le dije que estaba pensando en separarse de él y que acudió a mí en busca de apoyo.

—¿Te creyó? —preguntó Mario.

—Espero que sí. Creo que fui bastante convincente y en todo momento tuve cuidado de no contradecirme.

—¿Qué le contaste del marido?

—Que la maltrataba y que Sofía me dijo anoche que se estaba planteando regresar con él. Sugerí que podía haberle llamado para verse aquí, en Torrevieja, y le pedí que trataran de localizarlo, por si estaba implicado en su muerte.

—¿Sabes si lo hicieron?

—El sargento solo me dijo que estaban en ello y quedó en avisarme cuando lo detuvieran.

—En ese caso, lo mejor es que te acuestes y duermas unas horas. Se ve que lo necesitas.

—No puedo. No dejo de repetirme que todo esto es culpa mía. —El rostro de Bianca se contrajo en una mueca de dolor—. Debí darme cuenta de que iba a echarse atrás.

—No eres adivina.

—Soy psicóloga, que en este caso debería ser lo mismo. Tendría que haberme dado cuenta de que se arrepentiría de abandonar a su marido y que intentaría volver con él. Incluso le compré el teléfono con el que lo llamó.

—Ni siquiera eso es culpa tuya. Ella tomó la decisión de hacerlo.

Bianca bajó la mirada al suelo y apretó los labios en un esfuerzo por no romper a llorar.

—Tú tenías razón, me precipité al ayudarla a huir —dijo pasados unos segundos—. Debería haberla tratado durante más tiempo, hasta estar segura de que estaba preparada para dejar a su marido atrás. Creo que solo me dijo lo que yo quería escuchar.

—¿Qué quieres decir?

—No sé —dudó—. Al principio buscaba apoyo en mí, pero, cuando le dije que yo podía ayudarla a rehacer su vida si lo deseaba, empezó a mostrarse cada vez más asustada y no dejaba de repetirme que tenía miedo de lo que Arturo podía hacerle si descubría que hablaba conmigo.

Hasta que me llamó para decirme que, si no la ayudaba a huir, él la mataría.

—Eso fue dos días antes de la huida —recordó Mario de la anterior conversación que habían mantenido.

—Sí. Por eso es extraño que quisiera volver con su marido.

—Tú eres la psicóloga, sabes más que yo de estos temas, pero lo que sí puedo decirte es que necesitas descansar para ver las cosas con claridad.

—Tienes razón —dijo poniéndose en pie.

—Mañana regresaremos a Madrid.

—No puedo. El sargento me ha dicho que alguien vendrá para hacerse cargo de la investigación y que querrá hablar conmigo mañana. Tengo que quedarme.

—Razón de más entonces para que duermas unas horas. Yo también lo necesito —dijo Mario conteniendo un bostezo—. Estoy que me caigo.

—Perdona, ni siquiera te he dado las gracias por haber venido tan rápido. Siento que apenas hayas tenido tiempo para estar con Lorena.

—No te preocupes. Tenía que coger un vuelo de regreso a Londres y yo no quería permanecer en Luarca más de lo imprescindible. No es un lugar que me traiga buenos recuerdos .

—Me lo imagino. ¿Se sabe quién asesinó a vuestra tía?

Decidió darle una respuesta lo más escueta posible.

—No y tampoco tengo mucho interés por saberlo. Lo importante es que la policía no tiene motivos para sospechar de ninguno de los dos.

—Me alegra saberlo. —Ella le dedicó una vaga sonrisa antes de dirigirse a las escaleras que conducían al piso superior—. Mañana me lo cuentas todo.

—Claro. Que descanses.

Mario la observó mientras salía de la estancia. No quiso decir nada para no aumentar su dolor, pero estaba claro que Bianca se había precipitado al tratar de ayudar a Sofía. Solo esperaba que aquel asunto no terminara salpicándola y la implicara de un modo que le trajera problemas con la justicia.

No se lo merecía.