La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

BIANCA

Tras finalizar la llamada, se tomó unos minutos para ordenar sus ideas y decidir la versión de los hechos que le convenía contar.

Lo que más deseaba en ese momento era salir corriendo, pero Mario tenía razón en que debía denunciar al marido de Sofía lo antes posible para que no pudiera salir impune del asesinato que acababa de cometer.

Regresó junto al tumulto de gente y se abrió paso de nuevo hasta la cinta de seguridad para llamar la atención del policía local que tenía más cerca. No aparentaba más de veinte años.

—Perdona, necesito hablar con los investigadores.

—¿Sobre qué? —preguntó el policía acercándose a ella.

—Conozco a la víctima. Es amiga mía.

—Espere aquí un momento.

A partir de ahí todo dependería de lo convincente que fuera con sus explicaciones. Tenía que ser clara y no titubear ante las preguntas que le hicieran.

El policía no tardó en regresar junto con un hombre alto y espigado que vestía el uniforme de la Guardia Civil. Rondaba los cuarenta años .

—Sargento Yuste —se presentó—. ¿Dice usted que conoce a la víctima?

—Sí.

—¿Me puede decir su nombre?

—Soy Bianca Garrido.

—¿Y la víctima?

—Sofía Lara.

El hombre levantó la cinta para que pudiera pasar.

—Venga conmigo, por favor.

Siguió sus pasos hasta detenerse a unos veinte metros del cadáver, cubierto todavía por la manta térmica de color plateado.

El sargento sacó el teléfono del bolsillo para mostrarle una foto en pantalla.

Era el rostro inerte de Sofía, con un hilo de sangre que parecía haberse deslizado desde la comisura de sus labios.

—¿La reconoce usted?

—Sí, es ella. Es Sofía Lara.

—¿De qué la conoce?

Llegó el momento que tanto temía. Lo que dijera a partir de ahí sería la versión que tendría que repetir tantas veces como le preguntaran.

—Somos amigas. Bueno, en realidad soy su psicóloga y ella mi paciente —rectificó de manera algo atropellada, tras lo cual realizó una respiración profunda para calmarse antes de continuar—.

Quería separarse de su marido y acudió a mí pidiendo ayuda.

Le dije que estaba aquí pasando unos días de vacaciones, así que me preguntó si podía quedarse conmigo.

—¿Y accedió?

—Sí.

—¿Hace eso con todos sus pacientes?

—Su caso era especial. Su marido la maltrataba.

—¿La víctima lo denunció?

—No, tenía miedo de su reacción, por eso ayer vino a verme. Necesitaba que yo la ayudara, así que se quedó a dormir en la casa que alquilé para estos días.

—¿Y qué ha ocurrido hoy?

—Estábamos comprando en un supermercado cuando de pronto desapareció.

La llamé, pero no me cogió el teléfono. Volví a casa, por si había regresado sin avisarme, pero no estaba, así que pensé que quizá se había marchado sola a dar un paseo por la playa.

Vine hasta aquí y, al escuchar las sirenas y ver a la gente arremolinada, me temí lo peor.

—¿Entonces no sabe lo que ha podido pasarle?

—Estoy convencida de que quedó en verse aquí con su marido. Ayer mencionó que se estaba planteando arreglar las cosas con él. Yo le dije que lo mejor era poner una denuncia, pero estaba convencida de que podían arreglar las cosas si hablaban.

El sargento se rascó la cabeza de un modo que le hizo intuir a Bianca que no se estaba creyendo su historia. Por suerte, no fue así.

—¿Me está diciendo que la mató su marido?

—Eso creo, aunque no tengo pruebas que lo demuestren. Deberían buscarlo y detenerlo antes de que pueda huir de Torrevieja.

—No es tan fácil como parece. ¿Cómo se llama el marido?

—Arturo. No sé su apellido.

—Trataremos de averiguarlo. De momento, necesito que vaya al cuartel para tomarle declaración. Me reuniré con usted allí en cuanto me sea posible. ¿Le parece bien?

Bianca aceptó sin dudar. Allí estaría segura hasta que regresara Mario. Solo tenía que ceñirse a la versión de la historia que acababa de dar y no contradecirse.

El sargento llamó la atención de un guardia civil y le pidió que la llevara al cuartel de Torrevieja.

—Nos veremos allí —se despidió de ella.

Mientras seguía los pasos del agente, Bianca echó un último vistazo al cuerpo tendido junto a la escultura y sintió cómo se le encogía el corazón. Sofía había muerto por su culpa, porque no había sido capaz de protegerla, tanto de su marido como de sí misma.

Y eso la destrozaba por dentro.