La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

BIANCA

En ese momento sintió las palabras ahogarse en su garganta por la falta de aire.

Necesitaba calmarse o terminaría cayendo al suelo, desmayada.

Por suerte, se había situado en una calle anexa, dentro de un portal donde nadie podía ver el estado de shock en el que se encontraba mientras hablaba por teléfono.

—¿Por qué dices que la has matado tú? —escuchó la voz de Mario en el auricular de su teléfono.

—No puedo… respirar —dijo con voz entrecortada. Estaba teniendo un ataque de ansiedad que era incapaz de dominar.

—Cálmate, Bianca —le pidió él—. Tienes que tranquilizarte y respirar. Escucha mi voz. Toma aire y suéltalo muy despacio. Vamos, respira.

Ella obedeció y llenó de aire sus pulmones para soltarlo poco a poco. Repitió un par de veces más la operación, hasta que notó cómo sus pulsaciones se ralentizaban y la sensación de mareo iba desapareciendo. De ese modo, fue capaz de hablar sin que su voz se entrecortara.

—Sofía está muerta. La ha matado él.

—¿Quién?

—Arturo, su marido .

—Pero eso no es posible, lo despistamos. ¿Cómo pudo averiguar que estaba en Torrevieja?

—Porque ella lo llamó para quedar aquí con él. Estoy segura.

—Eso es imposible. Dejé su teléfono en la casa de Cuenca, junto con su reloj.

Bianca se tomó un par de segundos antes de reconocer su error.

—Ayer le compré un teléfono nuevo, con una tarjeta prepago.

—¿Y por qué hiciste eso? —la reprendió Mario.

—Porque me dijo que quería poder comunicarse conmigo si nos separábamos y me pareció una buena idea.

—Está bien, olvidemos por ahora lo del teléfono. Cuéntame lo que ha pasado.

—Esta mañana fuimos juntas a desayunar y luego a comprar al supermercado.

Debí darme cuenta de que le pasaba algo porque la noté demasiado nerviosa.

Al entrar, dijo que iba a por desodorante y desapareció.

Recorrí el supermercado varias veces, incluso regresé a la casa de alquiler por si estaba allí, pero tampoco.

Al final volví al supermercado, donde los guardias de seguridad me pusieron las grabaciones de las cámaras y vimos que había salido por su propio pie, mientras tecleaba algo en su teléfono.

Creo que le estaba mandando un mensaje a su marido para quedar con él.

—Eso no tiene demasiado sentido.

—Claro que lo tiene. Muchas mujeres maltratadas lo hacen, terminan volviendo con sus maridos para arreglar las cosas, y yo no fui capaz de impedirlo.

—Si es así, tú no tienes la culpa de que tomara esa decisión.

—Pude impedirlo.

—¿Qué hiciste cuando descubriste que se había largado del supermercado?

—La llamé varias veces, pero me colgó, así que salí a buscarla.

Supuse que si quedaba con su marido en Torrevieja lo haría en un lugar que conociera, así que recorrí el mismo camino que habíamos hecho juntas ayer.

No me equivoqué. Yo… —De nuevo sintió que se le formaba un nudo en la garganta—.

Acabo de ver su cuerpo tirado en pleno paseo, rodeado de policías y cubierto por una manta térmica de esas que usan los sanitarios .

—¿Estás segura de que es ella?

—Al lado del cuerpo está el bolso rosa que le compré ayer y junto a su mano, el teléfono con la funda rosa. Es Sofía, estoy segura.

—En ese caso, tienes que hablar con la policía y contarles lo ocurrido.

Las pulsaciones de Bianca aumentaron de nuevo.

—¿Estás loco? ¡Me detendrían! Si saben que yo la ayudaba a escapar de su marido…

—No tienes que decirles nada sobre tu actividad —la interrumpió Mario—. Cuéntales que Sofía recurrió a ti porque tenía miedo de su marido y que la acompañaste a Torrevieja porque necesitaba alejarse de él.

—Eso no se lo van a creer.

—Pues piensa una historia que sea creíble. Eres psicóloga, seguro que se te ocurre algo convincente.

—No puedo hacer eso.

—Tienes que hacerlo, Bianca. La policía verá varias llamadas tuyas en su teléfono antes de su muerte y llegarán hasta ti. Es mejor que te adelantes a ellos y les cuentes tu versión de los hechos. Además, lo más importante ahora es detener a su marido.

—Es cierto —murmuró.

Mario tenía razón. Ya no podía hacer nada por salvar la vida de Sofía, pero podía hacer justicia por ella.

—Tengo que llevar a mi hermana a Santander —le explicó él— y, en cuanto la deje en el aeropuerto, iré a Torrevieja a reunirme contigo. Me imagino que no llegaré hasta la noche.

—Es un viaje demasiado largo.

—No te preocupes, descansaré por el camino si lo necesito. Lo que tienes que hacer ahora es hablar con la policía para que detengan a su marido. Cuanto más tardes, más probabilidades hay de que escape.

—O que venga a por mí —dijo al darse cuenta de que ella podía ser su siguiente objetivo.

—Dudo que haga eso, pero estarás más segura con la policía, al menos hasta que yo llegue. ¿Me prometes que lo harás?

—Sí .

—Y no se te ocurra contar nada de tu actividad. Dile a la policía que Sofía era tu paciente y que te llamó para contarte que estaba muy asustada.

—Pensaré en algo convincente.

—No dudes en llamarme si lo necesitas. Nos vemos pronto —dijo antes de colgar.

Bianca se quedó mirando la pantalla de su teléfono, mientras su mano comenzaba a temblar de forma visible.

Iba a ser un día muy largo.