Capítulo 18
MARIO
Abandonaron el edificio sin que nadie se lo impidiera y se dirigieron al coche, que habían dejado aparcado frente al cuartel de la Guardia Civil, al igual que el día anterior.
—No me esperaba que pusieras a la inspectora en su sitio de ese modo —comentó Mario mientras subían al vehículo.
—Estaba llevando el interrogatorio por un camino que no me gustaba nada.
—No tiene nada contra mí. Solo estaba dando palos de ciego.
—Puede, pero, si vuelve a llamarte para declarar, yo que tú me presentaría con un abogado —dijo ella poniéndose el cinturón de seguridad—. ¿Crees que a la tía Mercedes la asesinaron los hombres que te siguieron hasta aquí? A los que despistaste cogiendo un barco a Cudillero.
—No lo sé —respondió Mario encogiéndose de hombros—. Lo que está claro es que, de ser así, el clan Portela ya conoce mi verdadera identidad.
—¿Y qué vas a hacer?
—De momento, llevarte al aeropuerto —aseguró poniendo en marcha el vehículo .
—Estoy hablando en serio, Mario. Me preocupa mucho tu seguridad.
—Y a mí la tuya, por eso quiero que vuelvas al Reino Unido.
No te preocupes por mí. Hace dos meses que asesinaron a la tía Mercedes y en ese tiempo no han dado conmigo.
Eso significa que, por mucho que les hablara de mí, lo que les dijo no les sirvió para encontrarme.
De momento estoy a salvo y si algo he aprendido estos años es a cubrirme las espaldas.
Lo dijo con la convicción necesaria para que ella no se preocupara, a pesar de que por dentro estaba lejos de sentirse tranquilo.
La organización criminal en la que había estado infiltrado tenía recursos suficientes para llegar hasta él si daba un paso en falso, así que no podía fiarse de nadie.
Y menos ahora que cabía la posibilidad de que el inspector presente en el interrogatorio le hubiera reconocido.
—Recogeremos nuestras cosas y te llevaré a Santander —dijo Mario mientras conducía en dirección al hotel.
—¿Y qué vas a hacer luego?
—Volveré a Torrevieja con Bianca para devolverle el coche. En principio me quedaré con ella hasta que solucione el tema de la mujer a la que está ayudando y luego regresaré a Madrid para recoger mis cosas. Tendré que buscar otro lugar en el que instalarme.
—¿Y Bianca? —preguntó su hermana.
—¿Qué pasa con Bianca?
—Durante el tiempo que pasaste conmigo después de mi secuestro me dijiste que Bianca te gustaba, que te parecía una mujer interesante, y que por eso regresabas a España.
—Regresé porque quería ayudarla, pero no salió como yo esperaba.
—¿Qué pasó?
—Digamos que no hubo un buen entendimiento entre nosotros.
Lorena se quedó un tiempo pensativa y luego preguntó:
—¿Entonces no la estás ayudando?
—No del modo que debería. Es complicado —respondió para tratar de zanjar el tema, algo que no consiguió .
—Conozco muy bien a Bianca. ¿Por qué dices que es complicado?
—No hizo caso de mis consejos antes de ayudar a esa mujer y digamos que las cosas no salieron como deberían. Por fortuna, logré solucionarlo, pero está claro que es complicado trabajar con ella.
—Sé que Bianca es una mujer con carácter, pero…
—No es cuestión de carácter.
Lo dijo con un resentimiento que a su hermana no le pasó desapercibido.
—Ha ocurrido algo entre vosotros, ¿verdad? —preguntó.
—Define «algo» —le respondió Mario sin apartar la mirada de la carretera.
—Ya sabes a qué me refiero.
—No.
—Venga, no seas crío y cuéntame lo que ha pasado entre vosotros.
—Nada. Simplemente, quedamos para cenar una noche, poco después de mi llegada a Madrid, y le confesé que me gustaba. Bueno, en realidad le dije que me parecía una mujer muy interesante y que… Ya sabes, ese tipo de cosas.
—Si no me lo cuentas, no lo sé.
Mario sintió que le costaba sincerarse con su hermana por temor a que lo juzgase.
—Le dije que sentía algo especial por ella. Así de simple. Pensé que ese sentimiento era recíproco, pero está claro que me equivoqué.
—¿Te rechazó?
—Me respondió que la había malinterpretado, así que le pedí disculpas y que lo olvidara.
Le dije que mi deseo era ayudarla a proteger a las mujeres que deseaban huir de sus parejas.
El problema es que a partir de ahí nuestra relación se enfrió.
Si iba a verla a su consulta, me decía que estaba muy ocupada y que ya me avisaría si me necesitaba.
Y si la llamaba por teléfono no me lo cogía o me decía que no podía atenderme en ese momento.
Así sucedió durante más de dos semanas, hasta que me llamó el día antes de ayudar a la mujer a la que protege ahora.
Necesitaba un conductor para sacarlas de Madrid.
Decidí aceptar y traté de darle algunos consejos, pero dijo que ya lo tenía todo planeado y que solo me necesitaba como conductor.
—Ten en cuenta que Bianca empezó haciendo esto ella sola, sin el apoyo de nadie, y que proteger a esas mujeres es algo que se toma en serio.
—Yo también.
—Quiero decir que no tiene por qué ser algo personal contra ti. Ella es así. Tienes que darle tiempo.
—No creo que eso ayude a cambiar las cosas.
Durante el resto del corto recorrido permanecieron en silencio, hasta que Mario detuvo el coche a la entrada del garaje del hotel.
—Bianca no lo ha tenido fácil en la vida —aseguró Lorena.
—¿En serio? No me parece que sea alguien que haya pasado muchas penurias en la vida —murmuró con ironía.
—La muerte de sus padres la marcó mucho.
—¿Acaso a nosotros no?
—Sí, pero su padre asesinó a su madre. Algo así afectó a sus relaciones, en especial con los hombres.
—No entiendo por qué.
—Es muy fácil de entender. Conocí a Bianca en la universidad y ya entonces era reticente a dejar que un hombre se encariñase demasiado con ella. Si eso ocurría, tarde o temprano rompía la relación.
—¿Qué me estás diciendo, que en lugar de decirle que me gustaba, tenía que haberle echado un polvo y ya está?
—¡Por Dios! —exclamó Lorena—. Ya veo que no has cambiado. Para ti todo es blanco o negro. Tienes que entender que para algunas personas la vida es gris.
—¿Más gris que la mía?
—Todos tenemos traumas que superar. Yo superé los míos gracias a Bianca. Por desgracia tú no podías estar a mi lado y ella se convirtió en mi mayor apoyo cuando estaba en la universidad.
—Eso lo entiendo, pero…
—Bianca también tiene sus traumas. Lo que su padre le hizo a su madre provocó que nunca haya permitido que un hombre la domine o que la trate como una posesión suya.
—Yo solo le dije que me gustaba.
—Tal vez, pero sé que su última relación no salió demasiado bien y es normal que ahora esté a la defensiva. Tienes que darle tiempo. ¿Me prometes que lo harás?
Mario no quiso seguir discutiendo con su hermana. Lo cierto era que tal y como se habían puesto las cosas, a Bianca tampoco le interesaba estar cerca de él. Lo que menos deseaba era implicarla en sus asuntos con el clan Portela, así que la decisión de separar sus caminos estaba clara.
—De acuerdo —dijo para ahorrarse más explicaciones.
Unos minutos más tarde los dos entraban en el hotel para recoger sus cosas antes de viajar a Santander.
Una llamada a su teléfono hizo que Mario se detuviera antes de subir las escaleras.
Al ver de quién se trataba, le dijo a su hermana que subiera a por sus cosas y regresó a la calle para responder a la llamada.
—Buenos días, Bianca. ¿Qué tal va todo por Torrevieja?
Le costó entender la respuesta. Primero la escuchó sollozar y respirar de forma agitada, hasta que fue capaz de decir con voz entrecortada:
—Está… muerta.
—¿Quién?
—Sofía.
La respuesta lo dejó perplejo.
—¿Cómo que está muerta? ¿Qué ha pasado?
—Es culpa mía. Yo… yo la he matado.