La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

MARIO

La reunión tuvo lugar en la misma sala que el día anterior.

Además de la inspectora Cuevas, esta vez estaba presente un hombre de unos cuarenta años, de barba cerrada y gafas de sol con cristales oscuros.

Medía alrededor de metro setenta y vestía ropa de paisano, al igual que ella.

Su fuerte complexión y el modo en que tenía cruzados los brazos delante del pecho hizo que Mario se preguntara, con ironía, si sería su guardaespaldas.

—Gracias por venir —dijo la inspectora invitándoles a sentarse frente a ella, mientras el hombre se mantenía de pie a su lado.

—¿Teníamos otra opción? —preguntó Mario con un tono irónico que resonó con fuerza en la habitación.

—Intentaré entreteneros lo menos posible. Antes de seguir, quiero presentaros al inspector Zabala. Acaba de llegar de Madrid para echarme una mano con la investigación.

—Buenos días —los saludó.

—Hola —le correspondió Lorena.

Mario no dijo nada. Se quedó mirando a aquel hombre que, por algún motivo, le resultó familiar.

—Empezaremos por ti, aunque terminaremos rápido —dijo la inspectora posando los ojos en Lorena—. Solo necesito que me respondas a un par de preguntas. ¿Hasta cuándo viviste con tu tía Mercedes?

—Hasta los dieciocho años, que me fui a Salamanca para estudiar Enfermería. Desde ese día no volví a verla más ni tuve ningún contacto con ella.

—¿El coma etílico que sufriste tuvo algo que ver con esa decisión?

—¿Cómo? —preguntó perpleja.

Mario comprendió de inmediato el error que había cometido al comentar ese hecho con la inspectora.

—Eso no tiene nada que ver con la muerte de nuestra tía —intervino él en su defensa.

—Yo seré quien lo decida —replicó la policía con expresión dura, antes de centrarse de nuevo en su hermana—. Te repito la pregunta de otro modo. ¿Tu tía fue la culpable del coma etílico que sufriste?

—En cierto modo, sí. Yo tenía diecisiete años y la situación que vivía en esa casa era complicada.

Mi tía me machacaba mucho en esa época. Yo ya empezaba a tontear con los chicos y ella no paraba de decirme que vestía como una golfa o que solo querían aprovecharse de mí.

El día en que me sucedió eso, había quedado con unas amigas.

Cuando iba a salir por la puerta, mi tía me dijo que era tan zorra como mi madre y que terminaría embarazada del primer tonto al que pudiera engañar, como había hecho ella con mi padre.

Fue tal la rabia que sentí que esa noche bebí sin control, hasta que me desmayé y mis amigas llamaron a una ambulancia.

—¿Y tú dónde estabas ese día? —preguntó dirigiéndose a Mario

—Trabajando —se adelantó Lorena a su respuesta—. Renunció a estudiar una carrera porque quería ganar el dinero suficiente para poder irnos juntos de casa en cuanto yo cumpliera los dieciocho.

La policía asintió con la cabeza, como si diera por válida la explicación, y luego preguntó:

—No tiene que ser barato estudiar en Salamanca. ¿Lo pagó tu tía ?

—Jamás me ayudó en nada y tampoco se lo pedí. Mario fue quien me ayudó.

—Trabajé muy duro para que no tuviera que depender de nuestra tía —añadió él.

—¿Qué hiciste después de terminar la carrera?

—Me fui a trabajar a Londres y ya no regresé a España.

—¿Nunca volviste a Luarca?

—No.

—De acuerdo —murmuró la inspectora. A partir de ese momento, toda su atención se centró en Mario—. Así que tú te encargaste de pagar los gastos de la carrera de tu hermana.

—Sí.

—¿Cómo?

—Ya se lo he dicho, trabajando.

—¿Puedo saber en qué?

—De camarero, descargando camiones… En lo que podía.

—No hay constancia de eso en la Seguridad Social.

—Eso es porque trabajaba sin contratos.

—¿Durante doce años?

Mario se limitó a encogerse de hombros. La conversación volvía a tomar el mismo rumbo del día anterior y no tenía pensado darle ninguna respuesta diferente.

—Así es.

—Es curioso, no consta que hayas cobrado ninguna nómina y, sin embargo, dispones de una cuenta en un banco de los Estados Unidos. ¿Cómo es posible?

—¿Acaso importa?

—Mucho. Esa laguna de doce años en tu vida me preocupa. Y mucho.

Mario trató de mantenerse tranquilo. En su día, el inspector jefe Pedraza le había prometido que era imposible que nadie rastreara el origen del dinero que recibía en una cuenta de un banco estadounidense.

Esa nómina que cobraba religiosamente cada mes procedía de unos fondos reservados de los que no tenían conocimiento Hacienda y la Seguridad Social. Solo Pedraza controlaba los pagos.

—No tengo nada que comentar al respecto .

—Pues deberías, porque la muerte de tu tía parece estar directamente relacionada contigo.

Su pulso se aceleró al escuchar eso.

—No entiendo por qué. Ya le dije que ese día no me acerqué a su casa en ningún momento. Al llegar a Luarca fui primero al cementerio, de allí a la tienda de telefonía y luego directamente al puerto para coger un barco. Puede comprobarlo.

—Lo hice y es cierto. El dueño del barco Calypso te reconoció al enseñarle tu foto y confirmó que un taxi te estaba esperando en el puerto de Cudillero al llegar.

Por suerte para ti, hemos localizado al taxista gracias a que las cámaras de seguridad del aeropuerto de Santander captaron su matrícula.

Los compañeros de Oviedo hablaron con él hace menos de una hora y le confirmó que te había recogido en la estación de autobuses de la ciudad, que te trajo a Luarca y que luego te llevó al aeropuerto de Santander.

Dijo que se acordaba bien de ti porque le pagaste una buena cantidad de dinero por sus servicios.

Estaba claro que aquella mujer sabía hacer su trabajo.

—La tarifa normal —aseguró con cierta ironía.

—Nadie paga tanto dinero para ir a ver la tumba de sus padres y dar un paseo en barco antes de coger un avión en Santander.

Al ver que no hacía ninguna pregunta, Mario se limitó a cruzar los brazos delante del pecho.

—En principio eso te exonera del asesinato de tu tía —dijo la inspectora tras una pausa.

—¿Significa que ya puedo irme?

—Hay un último asunto, un hecho que arroja dudas sobre tu presencia en Luarca y que te vincula con el asesinato de tu tía de un modo que necesito aclarar.

—No me imagino qué puede ser.

—Ese día alguien estuvo preguntando por ti en el pueblo.

—¿Quién?

—No lo sé. Esperaba que tú me lo dijeras.

—No tengo la menor idea. Ya le he dicho que llevaba doce años sin venir por aquí.

—Esa persona parecía muy interesada en encontrarte. Tanto que sospecho que terminó hablando con tu tía .

—Ella tampoco podía decirle nada sobre mí.

—Quizá por eso la torturaron.

Mario contuvo el aliento, desconcertado por ese hecho.

—¿Cómo que la torturaron? —intervino Lorena.

—Le machacaron la cara a golpes, le cortaron dos dedos de la mano derecha y, al final, le hicieron una corbata colombiana. ¿Te suena ese término? —dijo mirando directamente a los ojos de Mario.

Él no pudo evitar sentir cierta satisfacción al saber el modo en que había muerto su tía. Alguien como ella, que les había causado tanto mal a su hermana y a él, se merecía una muerte así. No obstante, lo importante era dejar claro que no tenía nada que ver con lo sucedido.

—Claro que me suena, como a todo el mundo —respondió con la mayor naturalidad de la que fue capaz—, pero no entiendo qué tiene que ver eso conmigo.

—Es la firma de los cárteles colombianos. Se suele hacer con los traidores o los que se van de la lengua.

—¿Va a decirme ahora que la tía Mercedes traficaba con drogas? —preguntó con sorna.

—Lo que creo es que la persona que la asesinó quería dejar un mensaje.

—¿A quién?

Los segundos cayeron con lentitud mientras esperaba una respuesta.

—Tal vez a ti.

Mario dejó escapar una ligera carcajada.

—¿Está insinuando que yo trafico con drogas y me relaciono con cárteles colombianos?

—Eso explicaría por qué no se sabe nada de ti en estos últimos doce años. Puede que los pasaras en Colombia.

—Mi hermano no es un traficante. ¡Es ridículo! —salió Lorena en su defensa—. ¿Tiene alguna prueba que lo demuestre?

—Ninguna, de momento.

—Pues entonces deje de hacer acusaciones infundadas. Mi hermano jamás ha sido detenido ni acusado de nada. Imagino que ya lo habrá comprobado en su base de datos .

—Así es.

—Pues si no tiene nada contra ninguno de los dos, creo que es hora de que nos vayamos. Me gustaría coger el avión de vuelta a Londres esta tarde y mi hermano tiene mejores cosas que hacer que quedarse en este pueblo.

Mario miró a su hermana sin poder ocultar su sorpresa por el modo en que había salido en su defensa.

Ese arranque de genio lo dejó tan descolocado a él como a la inspectora, que en un primer momento no supo reaccionar.

Alzó la mirada hacia su compañero, que permanecía de pie a su lado y que se inclinó hacia ella para decirle algo al oído.

Fue entonces cuando dejó al descubierto una cicatriz en forma de media luna que tenía en el lado izquierdo del cuello, lo que provocó que a Mario se le cortara la respiración.

¡Por fin sabía de qué conocía a aquel hombre!

Tras un breve intercambio de susurros, la inspectora volvió a mirarles.

—Está bien, por mi parte no hay problema en que regreses a Londres, Lorena. En cuanto a ti —dijo señalando con el dedo a Mario—, me gustaría tenerte localizado. Necesito una dirección en la que encontrarte, además de tu número de teléfono.

—Claro, no hay problema —acertó a decir.

A continuación, le dio la dirección del apartamento que tenía alquilado en Madrid, así como el número de su teléfono, que ella anotó en el suyo.

Mientras lo hacía, Mario no pudo evitar mirar en un par de ocasiones al inspector que la acompañaba.

Debido a las gafas de sol que llevaba puestas no supo adivinar si le estaba mirando, lo que hizo que un temor le invadiera.

Si ese hombre lo reconocía, estaría perdido.