Capítulo 16
BIANCA
Esa mañana Bianca decidió acercarse a un supermercado para comprar algunas cosas que iban a necesitar esos días, sobre todo comida.
El día anterior, después de que Mario las dejara, Sofía y ella habían pasado la mañana paseando por Torrevieja.
Recorrieron primero la playa del Cura, para dirigirse después al puerto deportivo, donde se sentaron en una de las terrazas para disfrutar del sol y la paz de una ciudad que, en esa época del año, todavía no estaba abarrotada de turistas.
Comieron en un restaurante una bandeja de marisco que fueron incapaces de terminar entre las dos y luego fueron a una tienda de ropa para que Sofía cogiera lo que necesitaba para esos días.
A pesar de que Bianca le dijo que no se preocupara por el dinero, se limitó a coger un pantalón vaquero, un par de camisetas, una chaqueta y varias mudas, junto con un bolso tipo mochila de color rosa y pequeñas estrellas doradas que le encantó.
Lo que sí le pidió Sofía fue un teléfono para poder estar conectadas en caso de que tuvieran que separarse. En principio no lo creyó necesario, pero insistió tanto en que se sentiría más segura que al final cedió .
—No necesito un iPhone, me vale con cualquier móvil barato de Android que tenga una funda rosa —había dicho Sofía entre risas.
Así lo hizo Bianca, junto con una tarjeta prepago a su nombre, a condición de que se creara cuentas nuevas y no utilizara bajo ningún concepto las que estaban a su nombre. Y, por supuesto, que no llamara a nadie que conociera.
Una vez de regreso en la casa, Sofía alegó que le dolía mucho la cabeza por culpa del calor, así que se acostó y no volvió a salir de su habitación durante el resto del día.
Bianca, por su parte, se limitó a leer un libro que había llevado consigo y a ver la televisión.
Antes de irse a dormir se planteó llamar a Mario para saber si todo iba bien, pero no quiso molestarle, así que le mandó un mensaje. Se durmió sin obtener respuesta.
Por la mañana Sofía ya estaba recuperada de su migraña, así que Bianca la convenció para que la acompañara al supermercado. Justo salían de casa juntas cuando recibió por fin la respuesta de Mario:
«Perdona que no te haya respondido hasta ahora. Anoche estaba muy cansado y no vi el mensaje. Lorena y yo vamos ahora a hablar de nuevo con la policía. Es probable que hoy regrese a Torrevieja. ¿Todo bien por ahí?».
Ella le respondió que no había novedad y le aconsejó que no tuviera prisa por volver y que aprovechara para estar con su hermana.
—¿Cuándo vendrá Mario? —preguntó Sofía mientras caminaban en dirección al supermercado.
—Espera terminar hoy, aunque le he dicho que no tenga prisa por volver, que las dos estamos bien.
Sofía no dijo nada más. Esa mañana Bianca la notó más pensativa de lo esperado, incluso inquieta, motivo por el cual decidió que entraran en un bar para desayunar antes de llegar al supermercado.
Parte de su trabajo, quizás el más importante, era que las mujeres a las que ayudaba se sintieran seguras y, sobre todo, convencidas del paso que acababan de dar.
Después de años de maltrato y vejación, el riesgo de que se arrepintieran y quisieran volver con sus parejas estaba ahí, por eso era tan importante darles el apoyo psicológico que necesitaban.
Tenía que hacerles ver que era posible iniciar una nueva vida y que hacían lo correcto al dar ese paso.
No siempre resultaba sencillo. Requería de tiempo y de numerosas sesiones de terapia, hasta que decidían romper con todo y empezar de cero.
Con Sofía ese proceso había ido demasiado rápido, de ahí que a Bianca le preocupara que pudiera arrepentirse en cualquier momento.
Así se lo expuso durante el desayuno, una charla en la que Sofía se limitó a asentir con la cabeza y asegurar que nunca regresaría con su marido.
Bianca no supo si lo decía para no seguir hablando del tema o porque lo tenía claro.
De cualquier modo, su idea era estar pendiente de ella en todo momento.
Llegaron al supermercado y Bianca cogió un carro, con el que recorrió el primero de los cuatro pasillos que había. Sofía se mantuvo a su lado en todo momento, hasta que se detuvieron en la nevera donde se encontraban las bandejas de carne.
—¿Qué te apetece comer estos días? —preguntó Bianca.
—Cualquier cosa me vale. No se me da bien cocinar, la verdad. Arturo siempre me lo echaba en cara. A veces, incluso tiraba el plato de comida a la basura cuando se lo ponía en la mesa y me obligaba a cocinarle otra cosa.
—Seguro que lo hacía solo para castigarte.
Ahora ya no podrá hacerlo más. —Al ver que ella no decía nada, añadió—: Yo tampoco soy una gran cocinera, así que podemos llevar algo de carne para freír y acompañarla con unas patatas o una ensalada.
¿Qué te parece si cojo unas pechugas de pollo? —preguntó señalando una bandeja.
—Como quieras —respondió con una sonrisa forzada—. ¿Te importa que me vaya a buscar desodorante y una crema para la cara mientras tú miras la comida?
—Claro que no. Este supermercado no es tan grande como para perdernos. —Al ver que Sofía bajaba la mirada, trató de animarla—. No te preocupes, todo va a salir bien.
Bianca la observó unos segundos mientras se alejaba para dirigirse al siguiente pasillo y luego se centró en la nevera.
Cogió una bandeja de pechugas de pollo fileteadas y otra de costillas de cerdo para hacer al horno.
Más allá estaba la nevera con embutido, así que cogió una cuña de queso y jamón serrano.
En el siguiente pasillo echó al carro unas latas de atún y un paquete de arroz.
Tampoco necesitaba coger demasiada comida. Su contacto tardaría entre cuatro y cinco días en proporcionarle la documentación de Sofía y, una vez en su poder, viajarían a Huelva para que se instalara allí.
Decidió ir en busca de pan y una bandeja de huevos, momento en el cual se dio cuenta de que Sofía no había regresado a su lado, así que fue a buscarla a la zona de productos de higiene personal. No la encontró allí, por lo que la buscó por el resto de los pasillos.
Tras una vuelta a todo el supermercado sin localizarla, sus pulsaciones comenzaron a acelerarse.
Tranquila, se dijo a sí misma . Puede que ella te esté buscando y no os habéis cruzado.
Dio una segunda vuelta al supermercado, poniendo atención a cualquier rincón en el que pudiera encontrarse.
A pesar de que en el supermercado había al menos treinta personas comprando, el bolso de color rosa que Sofía llevaba colgado a la espalda era demasiado llamativo como para no verlo. Seguía sin haber rastro de ella.
—Los baños —murmuró al caer en la cuenta de que podía encontrarse allí.
Dejó el carro y se acercó a los aseos que se encontraban junto a la línea de cajas. Tampoco la encontró dentro, ni siquiera en el de caballeros. Eso hizo que comenzara a preocuparse mucho más de lo que ya estaba.
Entonces recordó que el día anterior le había comprado un teléfono con tarjeta prepago, así que llamó al número, que tenía guardado en su agenda. Ni siquiera le dio tono de llamada.
Eso hizo que saliera al exterior del supermercado, por si se encontraba en la calle, y, al ver que no era así, regresó al interior. De nada sirvió que recorriera de nuevo todos los pasillos. Ya no tuvo dudas de que no estaba allí.
Su mente comenzó a barajar distintas posibilidades.
El día anterior Sofía había sufrido una fuerte migraña.
Puede que se hubiera encontrado mal de nuevo y decidiera regresar a la casa de alquiler, dado que tenía la clave de acceso.
Lo normal era que la hubiera avisado, pero quizá no la había visto.
De cualquier modo, merecía la pena comprobarlo.
Tardó menos de cinco minutos en llegar y buscarla por toda la casa sin éxito. No estaba en la planta baja ni en su habitación, aunque sobre la mesita encontró la caja del teléfono que le había comprado el día anterior.
Eso hizo que una idea comenzara a tomar forma en su cabeza. Sofía se había pasado la tarde del día anterior encerrada en su habitación, sin salir siquiera a cenar algo. ¿Y si había decidido llamar a su marido y este había logrado convencerla para que volviera a su lado?
Eso explicaría por qué esa mañana estaba tan pensativa e inquieta, y que desapareciera del supermercado sin avisarla. Quizá incluso había quedado en verse con él en la misma Torrevieja.
Bianca conocía muy bien cómo podía terminar todo cuando una mujer daba marcha atrás después de dejar a su pareja.
La mayor parte de las veces regresaban a una vida de mayor sometimiento, aunque en algunos casos, más de los que nadie deseaba, terminaba con un cadáver cubierto por una sábana blanca en mitad de la calle.
Esa última idea provocó que comenzara a faltarle el aire.
Antes de ponerse en lo peor y rendirse, decidió regresar al supermercado para averiguar si había salido de allí sola o en compañía de alguien.
Al llegar habló con las cajeras, pero ninguna afirmó haber visto a Sofía.
Les dio su descripción, la ropa que llevaba, incluso se justificó diciendo que su amiga a veces se despistaba a causa de una medicación que tomaba para la ansiedad.
Eso sirvió al menos para que una de ellas llamara al guardia de seguridad, que se ofreció a ayudarla.
—Podemos comprobar en las cámaras de vigilancia si salió del supermercado.
—Sí, por favor —le rogó Bianca—. Necesito saber si salió sola y cuándo lo hizo.
El guardia la llevó hasta el pequeño cuarto de seguridad, donde otro guardia, a petición del primero, puso en una de las pantallas las grabaciones de la última hora.
En cuanto localizó a las dos mujeres entrando en el supermercado, fue siguiendo sus movimientos desde las distintas cámaras repartidas por el establecimiento, hasta el momento en que se separaron.
Bianca observó con el corazón encogido cómo Sofía se dirigía al pasillo donde se encontraban los productos de higiene personal y, una vez allí, sacaba el teléfono del bolsillo. Tras teclear un mensaje en la pantalla y esperar la respuesta, salió del supermercado.
—Parece que su amiga salió sola, como si hubiera quedado con alguien —apuntó uno de los guardias.
—Ya lo veo —murmuró Bianca. Sus peores temores acababan de confirmarse.
Supuso que en algún momento del día anterior, mientras estaba encerrada en su habitación, Sofía había contactado con su marido.
Ese tipo de hombres tan manipuladores eran capaces de convencer a sus parejas para que regresaran con ellos.
Por eso estaba nerviosa esa mañana. Lo más probable era que hubieran quedado en verse y Sofía aprovechó que estaban en el supermercado para escabullirse y reunirse con él. ¿Pero dónde?
—Deberías llamarla por teléfono —comentó el guardia que la había acompañado.
—Eso haré, a ver si esta vez me lo coge. Gracias por todo.
Salió del cuarto de seguridad y abandonó el supermercado, mientras llamaba de nuevo a Sofía.
Esta vez la línea sí que dio tono, pero después del segundo se cortó la llamada.
Ocurrió lo mismo las dos siguientes veces que lo intentó.
O no quería hablar con ella, o el teléfono estaba en poder de su marido, lo que era todavía peor.
—¿Dónde puede haber ido? —murmuró mirando hacia ambos lados de la calle.
Torrevieja era demasiado grande para adivinar dónde podía haber quedado en verse con Arturo.
No obstante, Sofía tampoco conocía la ciudad más allá del recorrido que habían hecho juntas el día anterior, así que decidió repetirlo.
Le llevaba ya demasiados minutos de ventaja, pero no se le ocurrió qué otra cosa hacer.
Bianca se dirigió a la playa del Cura y la recorrió en dirección al puerto deportivo. Lo hizo con un nudo en la garganta, como si algo dentro de ella supiera que aquello no iba a terminar bien.
No se equivocó.
Primero escuchó el sonido de las sirenas y un coche de la Guardia Civil pasó veloz en su misma dirección.
Luego vio una concentración de personas en una zona concreta del paseo.
Estaba a menos de cien metros cuando vio a varios policías locales impidiendo el paso de la gente.
Enseguida identificó el lugar. Sofía y ella se habían detenido en ese punto del paseo el día anterior porque les llamó la atención una escultura de dos personas que se abrazaban.
—Qué difícil es encontrar a alguien que te quiera como mereces —se había lamentado Sofía al verla.
Tratando de controlar el nerviosismo que la atenazaba, Bianca se abrió paso entre las personas que se habían concentrado en el lugar y llegó hasta la cinta que los policías habían extendido para delimitar la zona. La escena que vio ante ella la sobrecogió.
En el suelo, cubierto por una manta térmica plateada, había un cuerpo tumbado e inmóvil.
Era imposible saber de quién se trataba, hasta que fijó la vista en el bolso de color rosa que estaba tirado en el suelo, a un metro del cuerpo.
Era el mismo que había comprado el día anterior y que llevaba con ella al salir de casa esa mañana.
Junto a la mano derecha había un teléfono con la funda de color rosa.
Los ojos de Bianca se llenaron de lágrimas, mientras una voz interior comenzó a castigarla por haber sido tan descuidada. Tendría que haber supuesto que Sofía se pondría en contacto con su marido y que él la convencería para regresar a su lado.
Por culpa suya, ahora estaba muerta.