La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

MARIO

Se despertó pasadas las ocho de la mañana. Había dormido más de diez horas, prueba de que su cuerpo lo necesitaba después de conducir tantas horas el día anterior.

Tanto él como su hermana estaban alojados en un hotel de tres estrellas situado muy cerca del puerto.

Un hotel pequeño, pero acogedor, con tan solo diez habitaciones y plaza de aparcamiento en un garaje cercano.

Por la noche, tras instalarse y cenar en un bar situado a cincuenta metros del hotel, el cansancio hizo presa en ambos y decidieron ir cada uno a su habitación a descansar.

Tras despertarse, lo primero que hizo Mario fue darse una ducha y luego decidió dar un paseo por el puerto. Había quedado para desayunar con su hermana en el comedor del hotel a las nueve de la mañana, así que disponía más de media hora para que le diera un poco el aire y ordenar sus ideas.

No pudo evitar sentir cierta añoranza al llegar al puerto.

Después de todo, Luarca era el lugar en el que se había criado y guardaba algunos buenos recuerdos de él.

Aunque pudiera sonar cruel, la muerte de su tía le estaba ayudando a recuperarlos y no sentirse como un extraño después de tanto tiempo fuera del pueblo que le había visto nacer.

Mientras caminaba pegado a la barandilla que bordeaba el paseo del puerto, su mirada se centró en las embarcaciones de madera que flotaban en el agua, la mayoría pintadas de un azul o un rojo intenso.

Más allá estaban las embarcaciones modernas con casco de fibra.

Al pasar junto a ellas su mente viajó al pasado, al día en que cumplió los quince años y le propuso a su hermana robar un barco pesquero para huir juntos de allí.

Por suerte, ella supo quitarle aquella loca idea de la cabeza.

Fueron años en los que tuvo que soportar continuas humillaciones y menosprecios por parte de su tía, con frases del tipo «no vales para nada» o «nunca serás nadie en la vida, como tu padre».

Muy apreciada por sus vecinos , recordó con rabia las palabras de la inspectora el día anterior.

¡Qué poco conocía la gente cómo era su tía en la intimidad y lo que ocurría dentro de su casa!

¿Si alguna vez había deseado la muerte de su tía Mercedes?

Por supuesto que sí, más veces de las que podía recordar.

Cada noche cerraba los ojos con la esperanza de que al día siguiente su tía hubiera dejado de respirar y cada mañana se enfrentaba a la cruda realidad de que el único modo de que saliera de sus vidas era largándose de aquel pueblo para ser libres.

Y al final los dos lo consiguieron.

Estaba llegando al final del puerto cuando vio a una mujer que se acercaba corriendo en dirección suya.

Llevaba unas mallas largas y una llamativa camiseta de tirantes de color fucsia.

La reconoció en cuanto la tuvo a cincuenta metros de distancia.

Era la inspectora de policía que les había interrogado a su hermana y a él la tarde anterior.

—Buenos días —lo saludó ella deteniéndose a un par de pasos.

—Buenos días, inspectora.

—Da gusto salir a correr por aquí, al lado del mar —dijo secándose el sudor de su frente con el dorso de la mano—. El pueblo es precioso. Ayer estuve en el cementerio y ahora entiendo por qué dicen que es el más bonito de Asturias .

—¿Quería confirmar que mis padres estaban enterrados allí?

Ella soltó una breve carcajada.

—No, en realidad subí a ver las vistas y también para visitar la tumba de Severo Ochoa, el premio Nobel. No esperaba encontrarme con una lápida tan sencilla ni una leyenda tan preciosa.

—Dedicada a su mujer, si no recuerdo mal.

—Aquí yacen Carmen y Severo Ochoa. Unidos toda una vida por el amor, ahora eternamente vinculados por la muerte —recitó ella.

—¿La ha memorizado?

—Tengo buena memoria para los detalles. —No supo si lo decía con un doble sentido, por eso se limitó a asentir con la cabeza—. Imagino que la tumba de tus padres también será bonita.

—Bastante sencilla, pero al menos están enterrados juntos, como siempre quisieron.

—¿Cuánto hace que murieron?

—Mi madre murió al dar a luz a mi hermana y mi padre cuando yo tenía ocho años y Lorena seis.

—¿Fue entonces cuando os fuisteis a vivir con vuestra tía?

—Sí, por obligación. No teníamos otra familia, así que le dieron a ella nuestra tutela. Una mujer que nunca se había casado, que no tenía hijos y que demostró que no era capaz de criarnos en un ambiente saludable.

—Me choca bastante lo que me cuentas, porque los vecinos con los que hemos hablado dicen de ella que era muy simpática y amable.

—¿Qué narcisista no lo es con aquellos que no viven bajo su mismo techo?

—le replicó sin poder evitar que la rabia le invadiera—.

De cara a los demás, mantenía un perfil muy diferente al que mostraba en casa.

¿Sabía que mi hermana estuvo a punto de morir de un coma etílico con diecisiete años porque no soportaba más la convivencia con ella?

Lo dijo llevado por la rabia y al instante se arrepintió de ello. Sobre todo al escuchar la réplica de la inspectora.

—Parece que la odiabas bastante. Imagino que te habrá alegrado su muerte .

—En realidad, hace muchos años que dejé de pensar en ella, desde que mi hermana y yo nos fuimos de aquí para vivir nuestra propia vida. No tiene sentido que volviera para matarla —añadió para dejar claro que no tenía nada que ver con su asesinato.

—Sé que tu hermana no lo hizo.

—Y yo tampoco.

Ella le miró a los ojos y tardó unos segundos en responder.

—Lo que está claro es que la persona que le quitó la vida la odiaba bastante —aseguró.

—¿Por qué lo dice?

—Por el modo en que la asesinaron. —Nada más decir eso, la inspectora miró su reloj y resopló—. Lo siento, tengo que irme ya si quiero estar a las diez en el puesto de la Guardia Civil. Allí seguiremos hablando más tranquilamente.

—¿Eso significa que todavía tiene más preguntas que hacernos?

—Alguna me queda. Nos vemos dentro de un rato.

La inspectora se alejó a la carrera, dejando a Mario con la duda de si continuar con el paseo o regresar al hotel. Prefirió continuar hasta el final del puerto, hasta un edificio gris con un mural pintado en el que se veía a Severo Ochoa a un lado y al otro a Margarita Salas.

Se quedó observando ambos dibujos durante un rato desde la distancia, hasta que decidió que era momento de regresar al hotel a desayunar con su hermana.

Mientras volvía sobre sus pasos, sacó su teléfono para mandarle un mensaje y avisarla de que llegaría un poco más tarde. Al abrir el WhatsApp descubrió que tenía uno de Bianca de la noche anterior que no había visto todavía.

«Espero que hayas llegado bien a Luarca. Dale recuerdos a Lorena de mi parte».

Decidió que respondería al llegar al hotel.