La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

MARIO

Era el momento de que Lorena supiera toda la verdad de lo que había hecho desde su salida de la cárcel. De contarle todo lo que le había ocultado hasta el momento para no preocuparla más de lo necesario.

—Vine a Luarca para recuperar mi documentación, la verdadera —comenzó a explicarle Mario—.

El inspector jefe Pedraza, mi único contacto dentro de la Policía Nacional y la persona que me captó para ser agente encubierto, la guardó en la tumba de nuestros padres por si llegaba a necesitarla.

Como así fue —remarcó—. Sin ella no habría podido viajar a Londres para buscarte.

Recuerda que la identidad que usaba como agente encubierto me convirtió en un prófugo de la justicia cuando decidí no regresar a prisión después de mi primer permiso carcelario.

—Pero me contaste que nadie podía relacionarte con tu pasado como delincuente.

—Y así es. Ahora vuelvo a ser Mario Ortiz y el delincuente que era antes es como si hubiera desaparecido. Las autoridades están buscando a un prófugo que ya no existe.

—Tal vez deberías hablar con esa inspectora y contarle la verdad. A fin de cuentas, eres policía como ella.

Mario negó con la cabeza de forma enérgica.

—No puedo fiarme de nadie, Lorena. Ya te lo expliqué en Londres.

Alguien asesinó al inspector Pedraza antes de que yo pudiera reunirme con él durante el primer permiso carcelario que me concedieron.

No sé quién lo hizo ni por qué, pero lo que sí sé es que harán lo mismo conmigo si regreso a prisión.

Estoy seguro de que Benito Piñeiro, el jefe del clan en el que me infiltré, ha puesto precio a mi cabeza y te sorprendería saber a cuánta gente tiene en nómina, incluso dentro de la Policía Nacional.

Por eso no puedo contarle a nadie lo que hice durante los últimos doce años.

Lorena suspiró.

—No tendrías que haberme acompañado hasta aquí.

—Tranquila, siendo Mario Ortiz no corro ningún peligro, te lo aseguro.

—¿Y qué pasa si alguien te reconoce?

—Solo Pedraza conocía mi verdadera identidad.

Su hermana se quedó pensativa unos segundos y luego preguntó:

—¿Puedes explicarme qué es eso del viaje en barco hasta Cudillero?

—No fue nada. Me apetecía navegar por la costa.

—No me tomes por tonta. Papá nunca nos llevó a navegar y tampoco voy a creerme que te apetecía dar un paseo en barco antes de ir a Santander a coger el avión. ¿Qué me estás ocultando?

Su hermana tenía muchas virtudes y una de ellas, para su desgracia, era que siempre sabía si le mentía.

—Cuando vine a Luarca a por la documentación, descubrí que me estaban siguiendo. Bueno, en realidad creo que me seguían desde que puse un pie fuera de la cárcel.

—¿Quién?

—No lo sé, imagino que gente de Piñeiro.

—¿Por qué motivo?

Estaba claro que no se iba a conformar con una respuesta cualquiera. Tenía que contarle toda la verdad, esa que todavía no le había contado a nadie, ni siquiera a Bianca.

—Pocos días antes de que me concedieran el primer permiso sucedió algo que no me esperaba: un preso me reconoció .

—¿Cómo que te reconoció?

—Era un hombre mayor, que pasaba de los cincuenta años y al que no había visto en mi vida. Un día se acercó a mí en el patio y me dijo que me conocía. Al principio no le hice caso, hasta que me llamó por mi verdadero nombre y dijo que sabía que yo era de Luarca.

—¿Y qué hiciste?

—Primero le dije que me confundía con otro, pero no funcionó.

Me habló de nuestros padres, de cómo murieron.

Sabía incluso que tenía una hermana y que vivíamos con la tía Mercedes.

Traté de negarlo, hasta que amenazó con contárselo a Piñeiro.

—Mario se pasó la mano por la cabeza—. Eso habría sido mi sentencia de muerte en prisión.

Piñeiro estaba convencido de que tenía un topo en la organización, como así era, y solo con que ese preso le hubiera contado que mi nombre real era otro habría sospechado de mí. No podía permitirlo.

—¿Y qué hiciste?

—Dejé que me chantajeara. Accedí a introducir en la prisión una cantidad determinada de droga cuando regresara de mi permiso carcelario.

Se suponía que tenía que ver a alguien en León que me la entregaría, pagándola yo de mi bolsillo, para dársela después a ese preso para que hiciera negocio con ella dentro de la cárcel.

—¿Y cómo pensabas meterla?

—Dentro de mi cuerpo —respondió sin especificar más.

No creyó que fuera necesario—. No te imaginas la de cosas que la gente es capaz de meter en la prisión, tanto en los permisos carcelarios como cuando realizan un vis a vis.

La cuestión es que nunca se me pasó por la cabeza hacerlo.

Acepté para ganar tiempo hasta que me llegara el permiso.

Tenía claro que en cuanto pusiera un pie en la calle ya no regresaría.

Lo que no me esperaba al salir era enterarme de que el inspector jefe Pedraza estaba muerto.

De pronto me encontré solo y sin protección, por eso vine a Luarca para recuperar mi documentación.

—Pero dices que te siguieron.

—Creo que al final ese preso sí que habló con Piñeiro y que este ordenó que me vigilaran nada más poner un pie en la calle. Me siguieron hasta aquí, dos personas al menos, así que se me ocurrió lo del paseo en barco hasta Cudillero para despistarles. Y funcionó.

—¿Y qué vamos a hacer ahora?

—Iremos al hotel a descansar y mañana volveremos a hablar con la inspectora. Si sabe hacer bien su trabajo, ya habrá averiguado que no le mentí con lo del viaje en barco y me eliminará como sospechoso. Al menos eso espero. Tú regresarás a Londres y yo volveré a Torrevieja con Bianca.

—Parece fácil.

—Lo será —dijo reemprendiendo la marcha.

—Espero que no te equivoques —rezó su hermana.