Capítulo 13
MARIO
Tras unos segundos de desconcierto, Mario trató de mantenerse lo más tranquilo posible. Lo que menos le interesaba en ese momento era acrecentar las sospechas de la inspectora hacia él.
—¿Qué día la asesinaron? —preguntó Mario.
—El sábado dieciocho de abril. ¿Recuerdas esa fecha?
Por supuesto que la recordaba. El día antes había salido de prisión para disfrutar de su primer permiso carcelario en dos años.
Lo que en principio iba a ser un reencuentro con la persona que lo había reclutado como agente encubierto, se convirtió en una huida obligada para recuperar su verdadera identidad y, sobre todo, reunirse con su hermana.
—Lo siento, no la recuerdo. No sé lo que hice ese día —dijo para averiguar qué tenía la inspectora contra él.
—Yo sí lo sé. Compraste una tarjeta telefónica en una tienda de Luarca. El dueño de la tienda te reconoció cuando le enseñé tu foto.
Estaba claro que no podía negarlo. Había comprado la tarjeta SIM a su nombre y con su tarjeta bancaria.
—Es cierto. Antes de ir a Londres para ver a mi hermana, vine a visitar la tumba de mis padres .
—¿Solo eso?
—También contraté un barco que me llevó hasta Cudillero y de allí fui a Santander para coger el avión que me llevó a Londres. Puede comprobarlo.
—Ya lo he hecho. Sé que cogiste un avión ese día. ¿Cuánto tiempo estuviste en el Reino Unido?
En su mirada Mario adivinó que ya sabía la respuesta.
—Alrededor de cinco semanas. Luego regresé a España. —No parecía que tuviera conocimiento del secuestro de Lorena, así que no lo mencionó.
—Es cierto —corroboró su hermana—. Se alojó en mi casa de Chelmsford.
—¿Necesita que le cuente lo que hice durante ese tiempo?
—Me interesa más que me cuentes lo que hiciste durante tu visita a Luarca el día que asesinaron a tu tía —centró de nuevo la conversación la inspectora—. Todo lo que recuerdes, por favor.
Mario se acarició la barbilla y resopló de forma inconsciente. No le gustaba el cariz que estaba tomando el interrogatorio.
—Llegué en taxi y fui directo al cementerio. De ahí el taxista me llevó a una tienda de telefonía a por una tarjeta SIM para mi teléfono.
—¿No tenías ninguna?
—Usaba una de prepago que me regaló un amigo hace tiempo y que dejó de funcionar —improvisó sobre la marcha, aunque la inspectora no pareció tragarse la mentira, por eso prosiguió—.
Luego fui al puerto en el mismo taxi, donde contraté un viaje en barco para recorrer la costa, como hacía de niño con mi padre, y me bajé en Cudillero.
El dueño del barco tiene un bar en el puerto de Luarca, así que puede hablar con él para confirmarlo.
—¿Puedes decirme su nombre?
—No lo recuerdo, pero el barco se llamaba Calypso.
—Lo buscaré. ¿Qué hiciste al llegar a Cudillero?
—El taxista me recogió allí y me llevó a Santander.
—¿El mismo taxi?
—Sí.
—Te saldría bastante caro tanto viaje .
—No tengo coche y tampoco quería llegar tarde al aeropuerto y perder mi vuelo.
—¿Y por qué tanta prisa en salir de España?
Mario comprendió que su relato no hacía otra cosa que convertirle en sospechoso del asesinato de su tía, por eso decidió desvelar el motivo real de su viaje.
—Mi hermana estaba desaparecida. Llevaba varias semanas sin saber de ella, de ahí la urgencia.
—Me secuestraron —añadió Lorena—. Un psicópata me encerró en un sótano durante semanas. Puede hablar con la policía inglesa, si no me cree.
La expresión de la inspectora fue de desconcierto ante esa información, aunque no tardó en reponerse.
—Lo haré, aunque hay algo bastante extraño —dijo inclinándose hacia adelante para apoyar los codos en la mesa y fijar la mirada en Mario—.
Hasta ese día que estuviste en Luarca, no hay ninguna información sobre ti.
No consta ningún domicilio a tu nombre. No tienes coche, contrato telefónico o nómina.
Ni siquiera Hacienda tiene datos tuyos de estos últimos doce años.
La tarjeta con la que pagaste en la tienda pertenece a un banco estadounidense al que no tenemos acceso.
Dicho de otro modo, tu vida estos últimos doce años es un misterio, como si hubieras desaparecido de la faz de la tierra.
—¿Y eso es un delito?
—Depende de lo que hayas hecho durante ese tiempo.
—Estuve recorriendo España como mochilero.
—¿Me tomas por tonta?
—No, pero es la verdad. Con veinte años decidí marcharme de Luarca y vivir al margen de todo y de todos los que me conocían.
Claro que he trabajado, pero siempre lo hice sin contrato y me pagaban en mano.
Me quedaba una temporada en un sitio y cuando me cansaba me marchaba a otro.
Jamás necesité coche ni teléfono y dormía en cualquier parte.
A menudo en albergues, en la casa de algún compañero y a veces, incluso, en el lugar donde trabajaba.
—¿No mantenías el contacto con tu hermana?
—Solo por correo electrónico .
—Por teléfono, ¿no? —Al ver que él negaba con la cabeza, añadió—: ¿Por qué?
—Ya se lo he dicho, necesitaba huir de la vida que había conocido hasta entonces. Necesitaba desaparecer para reencontrarme conmigo mismo. Fueron años muy difíciles, pero me sirvieron para conocer mi verdadero yo.
La ligera sonrisa que la inspectora dibujó en sus labios le dio a entender que no se creía nada de lo que acababa de contarle, pero tampoco tenía otra explicación que darle.
—No tienes pinta de hippie.
—He dejado atrás esa época de mi vida.
—¿Y dónde vives ahora? ¿A qué te dedicas?
—De momento estoy viviendo en Madrid, pero es posible que me marche a vivir a otro lugar. Todavía no lo tengo decidido. Dependerá de si encuentro un buen trabajo en la capital o no.
—Volvamos atrás dos meses, a ese día que estuviste en Luarca —replicó ella, para su alivio—. Dices que no fuiste a visitar a tu tía.
—Ni siquiera me acerqué a su casa. Ya le he contado todo lo que hice desde que puse el pie aquí. Puede comprobarlo.
—Mi hermano no ha tenido nada que ver con su muerte, se lo aseguro —le apoyó Lorena.
—Eso deberé juzgarlo yo.
—No entiendo por qué —replicó Mario.
—¿Cómo dices?
—Que no entiendo por qué la Policía Nacional está investigando la muerte de nuestra tía. Si la muerte se produjo en Luarca, la investigación debería estar a cargo de la Guardia Civil, ¿no es así?
—Parece que estás bien enterado de cómo funciona la jurisdicción en España.
—No hay que leer mucho para saberlo.
La inspectora se limitó a sonreír.
—De momento vamos a dejar aquí la conversación y continuaremos mañana. Imagino que necesitáis descansar.
Mario supuso que lo hacía para comprobar su coartada.
—Pues sí —dijo Lorena .
—¿Cuánto vamos a tener que quedarnos aquí, en Luarca? —preguntó él.
—Espero que solo esta noche. Me gustaría retomar esta conversación mañana y hablar más tranquilamente sobre las circunstancias de la muerte de vuestra tía. Espero que no tengáis inconveniente.
—El único es que tendremos que buscar un sitio donde dormir.
—Había reservado una habitación para Lorena en un hotel cercano al puerto, pero no creo que haya problema para alojaros a los dos.
Si me dais un momento, os lo confirmo. —La inspectora sacó el teléfono y realizó una llamada que apenas duró un minuto—.
Solucionado, hay otra habitación disponible.
¿Os parece que nos veamos aquí de nuevo a eso de las diez de la mañana?
—No hay problema.
Mario y Lorena se pusieron en pie y abandonaron la sala guiados por la inspectora, que les acompañó hasta la puerta de salida del edificio. Una vez fuera, se despidieron de ella y caminaron en dirección al aparcamiento donde habían dejado el coche.
—¿Cómo puede ser que la asesinaran el mismo día que tú estuviste aquí? —preguntó ella en cuanto cruzaron la carretera—. ¿Y por qué motivo viniste a Luarca?
—Te lo cuento cuando estemos lejos de aquí.
No volvieron a hablar hasta que pasaron en coche junto a la urbanización más cercana al cuartel. Mario aparcó en una de las calles y miró a su hermana una vez paró el motor.
—Creo que es hora de que te cuente toda la verdad.