Capítulo 12
MARIO
Llegaron a Luarca a las siete de la tarde, tras una parada a mitad de camino para repostar. Regresar a su pueblo natal no parecía afectar demasiado a Lorena, aunque para Mario era muy diferente.
La última vez que había estado allí había sido antes de viajar a Londres para ver a su hermana, dos meses atrás.
En aquella ocasión visitó el cementerio para recuperar su verdadera documentación, oculta en la tumba de sus padres, y solo pisó el pueblo para alquilar un barco, con el que despistó a los hombres que le habían seguido desde León, tras su salida de la cárcel.
El cuartel de la Guardia Civil de Luarca se encontraba fuera del núcleo urbano, cerca de una sucesión de urbanizaciones de chalés y bloques de apartamentos de varias plantas.
El edificio principal era de un color blanco radiante, al igual que los otros cuatro situados detrás, que Mario supuso serían las viviendas de los guardias civiles destinados allí.
Lo cierto es que le sorprendió encontrarse con un cuartel tan grande en un pueblo tan pequeño, de cinco mil habitantes fuera del periodo vacacional.
Dejaron el coche en un amplio aparcamiento situado frente al cuartel y cruzaron andando la carretera para entrar por una reja verde que permanecía abierta, permitiéndoles el acceso a la entrada del edificio principal.
En la puerta, vieron a un guardia civil de uniforme hablando con una mujer que vestía de paisano.
—Buenas tardes. ¿Qué desean? —preguntó el hombre al verles. Mario supo por sus divisas que era teniente.
—Nos pidieron que viniéramos por la muerte de nuestra tía Mercedes —respondió Lorena.
—¿Eres Lorena Ortiz? —intervino la mujer.
—Sí.
—Soy la inspectora Verónica Cuevas, de la Policía Nacional —dijo alargando la mano para que se la estrechara, algo que Lorena hizo—. Hablamos por teléfono.
—Encantada. Este es mi hermano Mario.
—¡Vaya, el hombre misterioso!
Mario trató de mantener la calma. La mujer tenía el cabello castaño, recogido en una cola de caballo y pasaba del metro setenta de altura.
Una mujer atractiva, de facciones suaves y cuerpo estilizado que aparentaba ser unos años mayor que él.
No obstante, lo que más le llamó la atención de ella fue su mirada penetrante.
—¿Misterioso? —le replicó pasados unos segundos, dudando si tenderle la mano. Al ver que ella no le ofrecía la suya, lo descartó.
—Ha sido imposible localizarte.
—Pues mi hermana me encontró enseguida.
—Ya lo veo —murmuró mientras le tendía la mano—. Gracias por venir.
—No hay de qué —dijo estrechándosela.
—Me alegra que hayáis venido juntos. Eso nos ahorrará mucho tiempo. ¿Me acompañáis dentro? Así podemos hablar en un lugar más cómodo.
—Claro.
La siguieron al interior del edificio, mientras el teniente se quedaba fuera. Recorrieron un pasillo con una sucesión de oficinas y entraron en la que se encontraba al fondo del todo, una sala amplia con una mesa rectangular en el centro y media docena de sillas alrededor.
La inspectora tomó asiento en un lado de la mesa y les invitó a sentarse frente a ella. En cuanto lo hicieron empezó su interrogatorio.
—Me gustaría saber cuál era la relación con vuestra tía, empezando por ti primero —dijo posando la mirada en Lorena.
—Ninguna desde hace doce años —respondió ella sin dudar—, desde el día que abandoné este pueblo para estudiar Enfermería en Salamanca. Jamás regresé ni volví a tener contacto con ella.
—¿Por qué motivo?
—Motivos personales.
—¿Puedes ser más concreta?
Mario no pudo guardar silencio.
—¿De verdad es necesario?
La inspectora lo miró con dureza, molesta por la interrupción.
—Para mí, lo es. Quiero saber qué relación teníais con vuestra tía.
—Mi hermana ya se lo ha dicho: ninguna. Los dos nos largamos de aquí hace doce años y no hemos vuelto a hablar con ella desde entonces.
—¿Por qué?
—Simplemente decidimos hacer nuestra vida lejos de aquí.
—Nuestra tía no era una mujer con la que resultara fácil convivir —intervino Lorena—. Tuvimos que hacerlo después de la muerte de nuestro padre porque le dieron nuestra tutela a ella y, en cuanto pudimos, nos marchamos para no volver.
—Es la primera vez que regresamos a Luarca en doce años —la apoyó Mario.
—Eso no es del todo cierto.
—¿Qué quiere decir?
La inspectora tamborileó con los dedos encima de la mesa durante unos segundos, como si tratara de ponerles nerviosos.
—¿No volvisteis a tener relación con vuestra tía, ni siquiera por teléfono? —continuó, ignorando su pregunta.
—Cortamos los lazos completamente con ella el día que nos fuimos —respondió Lorena.
—Sigo esperando a que me expliquéis el motivo.
—No era buena persona .
—Era una hija de la gran puta, hablando claro —dijo Mario apretando los puños, cansado de tantos rodeos—. Nuestra tía era una narcisista manipuladora que quería destrozarnos la vida.
—No es eso lo que se dice de ella en el pueblo —le replicó la inspectora—. Según la gente, era una persona maravillosa.
—¿Conoce algún narcisista que no lo sea a ojos de los demás? Solo los que conviven con ese tipo de personas saben cómo son realmente. Ante los demás saben fingir y dar una imagen muy diferente a como son en realidad.
—¿Quieres decir que os trataba mal?
—Mientras vivimos bajo su mismo techo, nos hizo la vida imposible —respondió Lorena.
—Imagino que, en ese caso, os habrá aliviado su muerte.
Mario entendió al momento por qué la inspectora había seguido esa línea desde el comienzo del interrogatorio: sospechaba de la implicación de ambos en su muerte.
—Su muerte nos es indiferente —dijo mirando a su hermana, que asintió con la cabeza—. Dejó de importarnos su vida y lo que hacía hace mucho tiempo, así que no podemos ayudarla a averiguar quién pudo asesinarla. No sabemos con quién se relacionaba ni quién tenía motivos para verla muerta.
—Según los vecinos, nadie del pueblo.
—Serán los que no la conocían lo suficiente.
—Como vosotros, imagino.
Se hizo un incómodo silencio que duró varios segundos, hasta que Lorena decidió intervenir.
—Ya le hemos dicho que no teníamos contacto con nuestra tía. Llevamos años sin venir a Luarca.
—En tu caso, sé que no has vuelto.
—Y mi hermano tampoco.
La inspectora clavó la mirada en Mario al escuchar eso.
—Los dos sabemos que no es cierto, ¿verdad?
—¿Cómo dice? —le replicó él.
Mario vio en los ojos de la inspectora que sabía más de lo que daba a entender. No tardó en descubrir lo que era.
—Estuviste en Luarca el día que asesinaron a tu tía y tengo un testigo que lo confirma.