Capítulo 11
MARIO
A pesar de que había dormido algo más de seis horas, el viaje hasta Santander resultó agotador y bastante pesado.
Tuvo que detenerse hasta en cuatro ocasiones para estirar las piernas y dar un pequeño paseo que le ayudara a desentumecer el cuerpo.
No obstante, el esfuerzo mereció la pena y todo el cansancio se disipó cuando vio aparecer a su hermana por la puerta de llegadas del aeropuerto de Santander.
La forma en que a Lorena se le iluminó la cara al verle compensó las casi nueve horas de viaje.
—¡Hola, hermano! —exclamó como hacía de niña al abrazarse a él.
Mario la estrechó entre sus brazos y no pudo evitar emocionarse al pensar lo cerca que había estado de perderla tras su secuestro dos meses antes.
—¿Has tenido un buen viaje? —preguntó, apartando esos malos pensamientos de su mente.
—Lo normal —respondió ella separándose para mirarle a los ojos—. Solo hemos llegado con diez minutos de retraso, algo bueno porque nos ha ahorrado tener que escuchar ese horrible toque de corneta por los altavoces al aterrizar. ¿Tú cómo estás ?
—Algo cansado del viaje.
—No tenías que haber venido a buscarme. No hacía falta.
—Claro que sí. Tenía ganas de verte, aunque me gustaría que fuera en otras circunstancias.
—Ya —dijo ella encogiéndose de hombros—. Anoche casi no pegué ojo pensando en esa bruja. He deseado tantas veces que se muriera que, ahora que se ha hecho realidad, no sé muy bien cómo reaccionar.
—Yo me siento igual. Lo mejor es que nos tomemos esto como un mero trámite y sigamos con nuestras vidas. ¿No traes maletas?
—No, solo esta mochila de viaje —dijo señalando a su espalda—. En principio regreso mañana por la tarde, aunque podría cambiar el billete si hiciera falta. Esperemos que no sea necesario. Estoy encantada de verte, pero mi trabajo me espera en Londres y me gustaría acabar con esto lo antes posible.
—Te entiendo.
Fueron en busca del coche que había dejado en el aparcamiento del aeropuerto y unos minutos después ya circulaban en dirección a Asturias.
Al principio del trayecto evitaron volver a mencionar el motivo de la visita. Lorena le explicó que había vuelto a su trabajo en el hospital de Londres y que gracias a la psicóloga a la que iba una vez a la semana, estaba logrando recuperarse del trauma del secuestro.
Mario, por su parte, le contó que se había instalado en Madrid de forma provisional. No hizo mención al enfriamiento de su relación con Bianca. Solo le dijo que la estaba ayudando a proteger a una mujer que había escapado de su marido y que volvería junto a ella en cuanto terminara en Luarca.
—Tal vez deberías haberte quedado con ellas.
—Están a salvo y Bianca sabe arreglárselas bien, no me necesita. Además, no me gustaba la idea de que la policía te interrogue estando sola.
—¿Quién crees que pudo matar a la tía Mercedes?
—¡A saber! ¿Acaso importa?
—No puedo evitar sentir cierta pena por ella —murmuró Lorena—. Después de todo, era una mujer con una enfermedad mental.
—Eso no la exculpa de lo que nos hizo.
—Lo sé, pero…
—No hagas eso —la cortó Mario con sequedad.
—¿El qué?
—Sentir pena por ella. Nos machacó psicológicamente y casi nos arruina la vida.
Nos insultaba, nos menospreciaba y nos castigaba sin compasión si no hacíamos lo que ella quería.
Era una persona que no estaba preparada para criar a dos niños como nosotros.
No sé cómo habrá muerto, pero espero que haya sufrido hasta el último segundo.
—No deberías ser tan cruel.
—¿Por qué no? He vivido entre delincuentes durante estos doce años, me he codeado con personas violentas y auténticos asesinos, y te aseguro que en ninguno vi tanta maldad como en ella.
—¿No crees que exageras?
—Estuviste a punto de morir por su culpa.
—Sufrí un coma etílico —dijo Lorena apartando la mirada, como si le doliera ese recuerdo.
—Por culpa suya y de la situación límite a la que te llevó. El mundo es un lugar mejor sin ella, te lo aseguro.
—Eso no te lo voy a discutir. Lo único que digo es que no debemos vivir con ese rencor. Ya sabes lo que dicen: muerto el perro, se acabó la rabia. Los dos hemos salido adelante a pesar de lo que nos hizo y debemos estar orgullosos de ello.
De lo que más orgulloso estaba Mario era de haber sacado a su hermana de aquella casa, aunque no tanto de lo que había tenido que hacer para lograrlo.
Entrar en la Policía Nacional como agente encubierto hizo que durante doce años se codeara con los peores delincuentes, llegando a convertirse en uno de ellos y haciendo algunas cosas que prefería no recordar.
Por suerte, esa vida había quedado atrás.
—Lo más extraño es que lleve dos meses muerta y que la policía se haya puesto en contacto conmigo ahora, ¿no te parece? —comentó Lorena, sacándole de sus pensamientos .
—¿Qué te dijo exactamente la inspectora al llamarte sobre el motivo por el que quería hablar con los dos?
—Lo que te conté por teléfono: que estaba investigando el asesinato de la tía Mercedes y que necesitaba saber más sobre su pasado.
—¿Estás segura de que quien te llamó era inspectora de policía? —preguntó Mario. Al ver que ella asentía, añadió—: Es extraño.
—¿Por qué?
—Luarca es jurisdicción de la Guardia Civil. No entiendo por qué la Policía Nacional está investigando un crimen cometido allí.
—No me lo dijo.
—¿Recuerdas su nombre?
—No. Solo puedo decir que me pareció una mujer bastante amable y cercana. Se ofreció a pagarme todos los gastos y me dijo que no me entretendría más de lo necesario. También me pidió por favor que hiciera lo posible para que te comunicaras con ella.
—¿No te dijo el motivo?
—Solo que estaría bien hablar con los dos a la vez. ¿Por qué lo preguntas? ¿Desconfías de ella?
—No tengo motivos para hacerlo y ninguno de los dos tenemos nada que ver con la muerte de nuestra tía. Es lo que pienso decirle cuando la veamos.
—¿Qué opinas del tema de la herencia? ¿Crees en serio que nos ha dejado algo?
—Lo dudo mucho y, aunque fuera así, la verdad es que no quiero nada de ella. Si pudiera quemaría su casa y echaría lo que quedara al mar junto con sus cenizas. Recuerda que esa hija de puta vendió la casa de nuestros padres y nunca nos dio nuestra parte.
—Puede que ahora la recuperemos.
—No quiero nada que venga de ella.
—Es nuestro. Si tenemos derecho a ello, ¿por qué rechazarlo?
Mario no estaba de acuerdo con su hermana, pero prefirió no discutir. Lo importante era disfrutar del tiempo que iban a pasar juntos, por poco que fuera.
Eso era algo que su tía ya no podía arrebatarles.