Capítulo 10
BIANCA
Faltaba poco para que el reloj alcanzara las siete de la mañana cuando Mario se alejó en coche rumbo a Santander. Bianca lo observó desde la ventana de su habitación, deseando que todo fuera bien y que disfrutara del reencuentro con su hermana.
Habían llegado a Torrevieja cerca de la medianoche, sin apenas tiempo para cenar algo antes de irse a dormir.
Le habría gustado mantener con Mario la conversación que tenían pendiente, pero no le pareció el momento más oportuno.
Él necesitaba descansar antes de su viaje a Santander y ella tampoco sabía si las explicaciones que deseaba darle mejorarían su relación o la empeorarían.
Lo que sí tenía claro era que Mario estaba en su derecho de separar sus caminos.
Quizá fuera lo mejor para los dos.
Viendo que ya no tenía sueño, decidió bajar a la cocina a por un café.
La casa en la que estaban alojadas tenía dos plantas y estaba situada en un barrio de viviendas todas similares, con un pequeño patio en la entrada y un muro de un metro de altura con una balaustrada en la parte superior.
Constaba solo de dos habitaciones, cada una con su propio baño y cama de matrimonio, por eso ella se ofreció a dormir con Sofía en una de ellas para dejarle la otra libre a Mario, pero él prefirió dormir en el sofá cama que había en el salón.
Esperaba que al menos hubiera conseguido descansar lo suficiente para el largo viaje que le quedaba por delante.
Al llegar a la cocina, Bianca buscó algo que tomar de la cesta de bienvenida que les había dejado la propietaria, en la que había cuatro tipos de cápsulas para la máquina de café, unos sobres de azúcar, un par de paquetes de galletas y distintas infusiones.
Optó por un café solo y se sentó a tomarlo en una de las dos sillas que rodeaban una pequeña mesa de madera.
Estaba tan abstraída en sus pensamientos que no se dio cuenta de que Sofía entraba en la cocina hasta que se situó delante de ella.
—Buenos días —dijo la recién llegada.
—Buenos días. ¿Ya estás levantada?
—No era capaz de dormir más.
Las visibles ojeras delataban su estado.
—¿Estás nerviosa?
—Bastante.
—No lo estés. Tu marido ya no puede hacerte daño.
Ella suspiró antes de decir:
—Sé que Arturo no va a dejar de buscarme.
Bianca sonrió para tratar de contagiarla de su optimismo.
—Lo más difícil ha pasado. En pocos días llegará tu nueva documentación y comenzarás una vida nueva. España es demasiado grande para que pueda encontrarte.
—Tú no lo conoces. No sabes de lo que es capaz.
—Claro que lo sé, por eso te estoy ayudando.
Ella asintió y se sentó en la silla libre.
—De todas formas, estoy pensando que debería irme a vivir fuera de España. ¿Podría hacerlo con la documentación que me vas a proporcionar?
A Bianca le pilló por sorpresa el comentario. Lo tenía todo preparado para que Sofía viviera en un pueblo de Huelva, donde era imposible que su marido la encontrara.
—Claro, pero… ¿dónde quieres ir?
—Todavía no lo tengo decidido .
—Necesitas dinero para poder marcharte y ahora mismo no puedo ayudarte en eso.
—Tranquila, de momento es solo una idea. Quizá lo haga en un futuro. Ya veremos.
—Te aseguro que todas las mujeres a las que he ayudado hasta ahora han podido rehacer su vida y son felices. Tú también lo serás.
—Eso espero —dijo ella bajando la mirada al suelo.
—Voy a darme una ducha y luego saldremos a comer un buen desayuno y dar un paseo hasta la playa. ¿Te parece?
—¿Crees que es seguro?
—Claro que sí. Además, caminar te vendrá muy bien para despejar la mente.
—De acuerdo —murmuró la mujer.
—¿Quieres que te deje algo de ropa?
Ella se tomó algunos segundos para responder.
—No creo que me quede bien eres más alta y delgada que yo. El problema es que dejé en Madrid el bolso y en él llevaba algo de dinero.
—No te preocupes por eso, yo me ocupo. Podemos buscar una tienda en la que comprarte algo para estos días.
—Te lo agradezco.
—Voy a ducharme y nos vamos.
Bianca subió a su habitación en la primera planta y entró en el baño, donde comenzó a desvestirse.
Luego abrió el grifo de la ducha, aunque antes de entrar se miró en el espejo.
Sus ojeras no estaban tan marcadas como las de Sofía, pero se notaba que había dormido pocas horas en los últimos días, debido sobre todo a su preocupación por ayudarla y sacarla del infierno en el que se había convertido la vida junto a su marido.
Era consciente de que se implicaba demasiado en ayudar a las mujeres que sufrían maltrato, pero no podía evitarlo.
Desde que había perdido a su madre a manos de su padre, su única misión en la vida fue la de ayudar a todas aquellas mujeres que lo necesitaban, las que vivían subyugadas a un hombre que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de no perderlas.
Como había hecho su padre, arrojándose por un barranco con el coche y llevando a su madre dentro.
Ese recuerdo hizo que sintiera una punzada en el pecho, lo que la obligó a hacer un esfuerzo para no romper a llorar. A pesar de los años transcurridos seguía echando de menos a su madre. ¿Por qué la vida había sido tan injusta arrebatándosela?
Durante años había buscado una explicación para lo que había hecho su padre y la respuesta siempre era la misma: era una persona mentalmente enferma, un psicópata dispuesto a quitarse la vida y arrebatársela a ella solo para no perderla.
Entender por qué alguien actuaba así fue lo que la empujó a estudiar psicología.
Necesitaba respuestas, por eso estudió, investigó y leyó casos similares, y en todos la conclusión fue la misma: se trataba de hombres con una psicopatía tan arraigada que les empujaba a asesinar a la persona que supuestamente amaban antes que aceptar que saliera de sus vidas.
La mayoría eran personas con un carácter dominante y machista muy claro, aunque había algunos casos, como el de su padre, que eran personas normales en apariencia.
Esposos y padres de familia con un comportamiento que para nada indicaba que fueran capaces de hacer lo que luego hicieron.
Hasta que la relación sentimental con su pareja se rompía y traspasaban una línea que no todo el mundo estaba dispuesto a traspasar.
—O eres mía o de nadie más —murmuró con la vista puesta en el espejo.
Era una frase que demasiadas mujeres habían escuchado al intentar salir del infierno en el que vivían.
Por ese motivo Bianca había destinado su vida a ayudarlas, a darles una segunda oportunidad y concederles la posibilidad de vivir una vida muy diferente a la que conocían, lejos del control y la manipulación que sufrían a manos de sus parejas.
Algo que jamás permitiría que le ocurriera a ella.