La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

MARIO

El coche estaba parcialmente oculto tras un viejo tractor, por lo que Mario pudo ver cómo un joven abría el portón deslizándolo a un lado y regresaba a la calle.

Poco después, una furgoneta blanca con un pequeño remolque enganchado en la parte de atrás entró en la finca y se dirigió a la montaña de escombros situada al lado contrario de la finca.

A pesar de que en principio no parecía haberles visto, Mario decidió no correr riesgos.

Les ordenó a las mujeres que se agacharan y puso el dedo en el botón de arranque del coche, aunque sin pulsarlo.

Esperó a que el joven se bajara de la furgoneta y, en cuanto comenzó a descargar varias baldosas del remolque para arrojarlas en el montón de escombros, puso en marcha el motor y maniobró para salir de detrás del tractor.

Lo hizo sin brusquedad, aparentando tranquilidad.

El joven le miró boquiabierto, como si no entendiera de dónde había salido, aunque no tuvo tiempo de decirle nada. Mario sacó el coche de la finca y, una vez en la calle, pisó el acelerador para alejarse a una velocidad moderada.

—Ya podéis incorporaros.

Bianca fue la primera en hablar .

—¿Crees que nos denunciará?

—¿Por qué? No hemos hecho nada malo. Además, pronto estaremos lejos de este pueblo, en dirección a Torrevieja.

Así fue. Salieron del pueblo sin que nadie les detuviera o les cortara el paso y alcanzaron la autovía sin problema.

Durante las tres horas y media que duró el trayecto, Mario no divisó ningún vehículo que les siguiera y menos un Audi blanco del tipo SUV.

No obstante, para asegurarse, se salió en un par de ocasiones de la autovía y volvió a entrar en el siguiente acceso, sin que ningún coche lo hiciera detrás de él.

También se detuvo para repostar media hora antes de llegar a Torrevieja, aunque lo hizo abandonando de nuevo la autovía para recorrer varios kilómetros hasta llegar a un pueblo con gasolinera.

Cuando se detuvo junto al surtidor, lo hizo convencido de que el marido de Sofía les había perdido la pista.

Lo más probable es que ya estuviera de regreso en Madrid.

—Podéis ir al baño si queréis —dijo antes de bajarse—. Estoy seguro de que no nos ha seguido nadie.

Sofía entró poco después en el edificio de la gasolinera. Bianca por su parte, se bajó del vehículo para acercarse a él mientras repostaba. Durante el viaje no habían cruzado una sola palabra.

—Mario —dijo para captar su atención—. Quiero que sepas que cuando dije que no había cabida en mi vida para una relación contigo no te estaba menospreciando.

—No tienes que justificarte —dijo Mario sin apartar la mirada de la boca del depósito.

—Pero quiero hacerlo. Necesito que me escuches para poder explicarte por qué te dije eso.

—No creo que este sea el mejor momento ni el lugar para tener ese tipo de charla.

—Tienes razón. ¿Te parece bien que hablemos de ello al llegar a Torrevieja?

Mario la miró a los ojos y vio en ellos que necesitaba hacerlo. Probablemente eso no cambiaría su decisión de separar sus caminos una vez que Sofía se encontrara a salvo, pero decidió darle la oportunidad de explicarse. Eso sí, tendría que ser cuando estuviera en condiciones de escucharla .

—Mejor lo dejamos para mañana. Estoy bastante cansado y necesito dormir unas horas en cuanto lleguemos.

—Claro, no hay problema.

Justo en ese momento el suministro de gasolina se detuvo, por lo que Mario colocó la pistola en el surtidor y le puso el tapón al depósito.

—Voy a pagar.

—Yo me ocupo —aseguró ella—. ¿Necesitas algo de dentro?

—No, gracias.

Mario la siguió con la mirada hasta que entró en el edificio y luego se subió al coche, justo cuando su teléfono comenzó a vibrar en el bolsillo. Al sacarlo, vio que tenía una llamada de su hermana.

—Hola, Lorena —respondió con más seriedad de lo normal.

—¿Te pillo ocupado?

—Ahora mismo, no. —Prefirió no contarle nada del lío en el que estaban metidos, para no preocuparla más de lo necesario—. Solo estoy algo cansado. ¿Va todo bien?

—Según cómo lo mires. Acaban de decirme que la tía Mercedes está muerta.

Su primera reacción fue contener la respiración.

—¿En serio? —acertó a preguntar. Había deseado tantas veces escuchar esa noticia que ahora que se había hecho realidad no sabía muy bien cómo reaccionar.

—Sí.

—Espero que haya sufrido.

—Es posible. Parece ser que la han asesinado.

—¿Quién?

—No tengo ni idea. Solo sé que murió hace dos meses. La policía española acaba de llamarme por teléfono para pedirme que me presente en Luarca lo antes posible.

—No lo entiendo. ¿Te han contactado después de dos meses de su muerte?

—La inspectora que me ha llamado dice que la investigación no avanza y quiere hablar conmigo para conocer algunos detalles de su vida. Le he explicado que me fui de casa a los dieciocho años y que no volví a tener contacto con ella desde entonces, pero, aun así, quiere verme en persona .

—¿No le has dicho que ya no vives en España?

—Claro que sí, aunque también me ha dicho que sería bueno que vaya para resolver los temas legales de la herencia.

—Por mí pueden enterrarla con ella.

—Yo pienso lo mismo que tú, pero insistió bastante. Incluso me pagan el billete y la estancia en Luarca.

—Aun así, no deberías aceptar. Puedes hacer una declaración a la policía inglesa y que se la envíen.

—Hay algo más —le replicó ella con un tono de tensión que no le pasó desapercibido—. La inspectora me preguntó por ti.

En un primer momento, Mario se alarmó, hasta que se dio cuenta de que su actual identidad no tenía por qué despertar las sospechas de la policía.

—¿Qué es lo que quiere de mí?

—Dice que ha intentado localizarte, pero que no encontró la forma de dar con tu paradero. Sabe que mantenemos el contacto, por eso me preguntó por ti y me pidió que te localizara, para que tú también te presentaras en Luarca.

—¿Y cómo sabe que estamos en contacto?

—No me lo dijo.

A Mario no le gustó nada lo que su hermana le estaba contando.

Tras doce años fingiendo ser otra persona, un delincuente que había estado en prisión los dos últimos años, ahora volvía a ser Mario Ortiz Mures.

La policía no tenía motivos para querer interrogarle, a no ser que la inspectora pensara que bien su hermana o él tenían algo que ver con la muerte de su tía.

En ese caso, no podía dejar que se presentara allí sola.

—¿Cuándo llegas a España?

—El primer vuelo disponible aterriza en Santander mañana por la tarde. La inspectora con la que hablé me dijo que la avisara y que me mandaría un coche a recogerme.

—No es necesario, yo me encargo de recogerte y luego iremos juntos a Luarca para hablar con ella.

—¿Estás seguro? No quisiera meterte en problemas.

—Los tendría si tuviera algo que ver con su muerte, que no es el caso —añadió Mario—. ¿A qué hora llegas a Santander?

—Aterrizo a las cuatro de la tarde .

Tenía tiempo de sobra para dejar a Bianca y a Sofía en Torrevieja, dormir unas horas y por la mañana alquilar un coche con el que viajar a Santander.

—Muy bien, entonces nos vemos mañana.

Mario se despidió justo en el momento en que las dos mujeres regresaban al coche, así que salió del vehículo para hablar con Bianca.

—He cogido unos sándwiches para cenar esta noche cuando lleguemos —dijo ella alzando la bolsa que llevaba en la mano—. Sé que no son muy sanos, pero al menos nos acostaremos con la tripa llena.

—Necesito comentarte algo. —Esperó hasta que Sofía entró en el coche antes de continuar—. Mi hermana aterriza mañana en Santander y tengo que ir a recogerla.

—¿Lorena va a venir a España?

—Sí. Parece ser que han asesinado a nuestra tía y la policía quiere hablar con ella. Bueno, con los dos en realidad.

—¿Qué tía?

—La que vivía en Luarca.

—¿La bruja que os hizo la vida imposible? —preguntó Bianca.

—La misma. He decidido acompañar a Lorena a Asturias. Espero que lo entiendas.

—Claro, no te preocupes.

—Os llevaré a Torrevieja y mañana alquilaré un coche para viajar a Santander.

—¿A qué hora aterriza Lorena?

—A las cuatro de la tarde.

—En ese caso, es mejor que te lleves este coche si quieres llegar a tiempo. Deben de ser bastantes horas de viaje hasta allí y necesitas dormir lo suficiente antes de viajar. Yo alquilaré uno en Torrevieja si lo necesito.

—No me parece buena idea dejaros sin coche.

—Tranquilo, nos arreglaremos. Una vez lleguemos a Torrevieja, solo tenemos que esperar unos días a que mi contacto me envíe los documentos. Estaremos bien.

—¿Estás segura ?

—Claro. Lo importante ahora es que estés con tu hermana —dijo ella dibujando una sonrisa que le pareció sincera—. Ya has hecho bastante por nosotras.

—De todas formas, procuraré regresar a Torrevieja en cuanto pueda. Y ya sabes que puedes llamarme si surge cualquier problema —dijo devolviéndole la sonrisa.

—No creo que haga falta, pero lo tendré en cuenta.

Regresaron al interior del vehículo y continuaron viaje hacia Torrevieja. Ya solo les quedaba media hora para llegar, así que tenía tiempo de descansar antes de dirigirse a Santander.

Mario estaba ilusionado con volver a reunirse con su hermana, aunque no le hacía ninguna gracia tener que regresar a Luarca. Las heridas que le había dejado ese lugar eran demasiado profundas como para olvidarlas.

Al menos esperaba que la muerte de la persona a la que más habían odiado sirviera para cerrar aquel capítulo en sus vidas para siempre.