Capítulo 8
BIANCA
Abrió los ojos sobresaltada y miró a su alrededor. Mario estaba sentado a su lado, con la vista fija en el frente, en el portón de entrada a la finca. En el asiento de atrás, Sofía permanecía acostada y con los ojos cerrados, con expresión relajada. Le agradó que fuera así.
Fuera del coche, la tormenta que había azotado la zona durante varias horas de forma intermitente por fin había pasado y el sol comenzaba a asomarse entre las nubes.
Con buen criterio, Mario había decidido que se quedaran en aquella finca cerrada al menos hasta que parara de llover.
La visibilidad para conducir con lluvia no era óptima y cuanto más tiempo permanecieran allí mayores eran las probabilidades de que el marido de Sofía desistiera de buscarla, en caso de que todavía siguiera en el pueblo.
Antes de echar una cabezada, Bianca había encontrado un lugar al que llevar a Sofía hasta que dispusiera de su nueva identidad.
Tras valorar distintas opciones y consultar con Mario, se decidió por Torrevieja, dado que había muchos alojamientos turísticos disponibles.
Eligió una pequeña casa situada a unos diez minutos andando de la playa del Cura, a la que podían acceder sin necesidad de tener contacto directo con el propietario.
El registro se realizaba a través de una aplicación y el acceso a la vivienda era con una cerradura electrónica de código numérico, por lo que era difícil que supieran que Sofía se alojaba con ellos.
Su destino se encontraba a unas tres horas y media en coche, por lo que Mario sugirió esperar a que cayera la noche para iniciar el viaje. Bianca estuvo de acuerdo y aprovechó para dormir, aunque sentada no era el mejor modo para hacerlo.
—¿Has dormido algo? —preguntó mirando a su compañero y conteniendo acto seguido un bostezo llevándose la mano a la boca.
—No. Uno de los tres debía vigilar y las dos os habéis quedado dormidas.
—Lo siento, perdona. No sé qué me ha pasado. Los ojos se me cerraron sin que me diera cuenta. Supongo que es por la tensión acumulada.
—No pasa nada.
—Claro que pasa, tú eres quien más necesita descansar. Seguro que estás agotado. ¿Por qué no duermes un rato? Yo vigilaré mientras.
—Ya dormiré cuando lleguemos a Torrevieja.
Bianca notó en su tono de voz que estaba distante con ella, por eso decidió disculparse por lo ocurrido.
—Siento mucho lo ocurrido.
—¿A qué te refieres? —preguntó él sin dejar de mirar al frente.
—Es culpa mía que el marido de Sofía nos haya encontrado. No tuve en cuenta que podía seguirla hasta aquí a través del posicionamiento de su reloj. Ni se me pasó por la cabeza.
—Tampoco toda la culpa es tuya. —Mario giró la cabeza para mirar atrás y observar cómo Sofía dormía—. Está claro que su marido la tenía muy vigilada.
—No me imaginaba hasta qué punto.
—¿Crees que ella lo sabía? —preguntó posando la mirada en Bianca y hablando en voz baja.
—¿Qué quieres decir?
Mario no respondió, se limitó a hacerle un gesto con la mano para que lo acompañara fuera del coche. Ella obedeció y se reunieron de nuevo en el exterior, a unos metros del vehículo.
—Dijiste que se puso en contacto contigo hace solo tres semanas —comentó él una vez estuvo seguro de que Sofía no podía escucharles, aunque se despertara.
—Así es. Primero llamó a la Asociación de Mujeres Maltratadas pidiendo ayuda y allí le dijeron que contactara conmigo
—¿Por qué contigo? Pensé que nadie sabía nada de tu actividad secreta.
—Y no lo saben, pero trabajé como psicóloga varios años con ellos. No es la primera vez que me mandan un paciente, sobre todo en casos como el de Sofía, que les llamó desesperada y diciendo que pensaba suicidarse si alguien no la ayudaba.
—¿Qué ocurrió después?
—Tras varias sesiones por videollamada, vi claro que su única salida era huir para comenzar una nueva vida, así que le ofrecí la posibilidad de cambiar de identidad.
No fue hasta hace unos días que me dijo que aceptaba, pero que tenía que ser lo antes posible porque estaba segura de que su marido la mataría si descubría que hablaba conmigo.
—Por eso te precipitaste al ayudarla.
Lo sintió como un reproche, pero sabía que Mario tenía razón.
—La vi tan desesperada que acepté. Nunca lo hago, siempre me tomo más tiempo antes de planear una fuga. Imagino que me confié en exceso.
—Las dos lo hicisteis. ¿No te parece raro que entrara en el apartamento justo cuando ibais a salir?
—Sí.
—Lo más probable era que tuviera cámaras de vigilancia ocultas por casa. De ese modo supo que su mujer se disponía a huir. Por eso era preferible que esperaras a Sofía en el coche y no que subieras a buscarla.
—Si hubiera hecho eso, lo más probable es que ahora estuviera muerta.
—Tal vez, pero tu vida no habría corrido peligro.
A Bianca no le gustó la respuesta ni la frialdad con que la dijo .
—Hago esto consciente de las consecuencias. Y las acepto.
—Si planificaras bien las cosas, no correrías peligro.
—La próxima vez dejaré que me aconsejes.
—No habrá próxima vez.
La contundencia con la que lo dijo dejó descolocada a Bianca.
—¿Qué quieres decir?
—Creo que esto no ha sido una buena idea.
—¿El qué?
—Trabajar juntos. Está claro que somos muy distintos y vemos las cosas de una forma muy diferente.
Por unos segundos, Bianca se quedó callada, sin saber muy bien cómo contestar ese comentario.
—Eso no tiene por qué ser malo.
—Para mí lo es —aseguró él sin dejar de mirarla a los ojos.
—No entiendo por qué.
—Verás, Bianca. De verdad que admiro lo que haces. Te lo he dicho en más de una ocasión.
—¿Pero? —preguntó ella, intuyendo que después de esa afirmación vendría algo negativo.
—Volví para ayudarte porque creía en lo que haces, pero también porque pensé que nuestra relación podía ir más allá de lo laboral. Está claro que me equivoqué.
Bianca no esperaba que la conversación tomara ese camino, incluso le pareció que no era el lugar ni el momento más oportuno, por eso le replicó con frialdad:
—Interpretaste mal mis sentimientos hacia ti.
Mario negó con la cabeza, mostrando su desacuerdo.
—No es lo que percibí cuando llegué a Madrid hace tres semanas. Sé que te alegraste de verme, incluso me dijiste que me habías echado de menos. Y luego, de pronto, todo cambió después de la noche que fuimos a cenar. ¿Por qué?
La pregunta la incomodó e hizo que se pusiera todavía más a la defensiva.
—Te estoy muy agradecida de que me salvaras la vida en Londres, pero ahora mismo no hay cabida en mi vida para una relación. Y menos contigo.
Mario arrugó la frente .
—¿Con un delincuente como yo, quieres decir?
—Sabes que no lo digo por eso.
—Perdona si no pertenezco a tu clase social. Ya sé que alguien como yo no está a tu altura.
—Lo que acabas de decir es una estupidez. Nunca me ha importado eso. Es más, me pareces mejor persona que mucha de la gente que he conocido en esa alta sociedad a la que te refieres.
—¿Entonces cuál es el problema?
—Tengo un pasado complicado.
—¿Tú tienes un pasado complicado?
Lo dijo con un tono irónico que la molestó hasta tal punto que soltó un bufido y apretó los puños.
—Te recuerdo que mis padres murieron cuando yo era una adolescente.
—Y los míos cuando yo era un niño.
—¡Pero tu padre no mató a tu madre! —gritó ella casi fuera de sí.
Durante unos segundos los dos se miraron a los ojos. Ella desafiante, incapaz de controlar la rabia que sentía en ese momento, y él con expresión de desconcierto. Estaba claro que la conversación estaba a punto de descontrolarse, por eso prefirió darle la espalda y regresar al coche.
Se sentó en el asiento del acompañante y dio un portazo que hizo que Sofía se despertara.
—¿Qué ocurre? —preguntó incorporándose y frotándose los ojos.
—Nada, todo va bien.
—¿Seguimos aquí?
Bianca no respondió. Su mirada estaba fija en Mario que, tras unos segundos de duda, regresó al coche y ocupó su asiento. No la miró en ningún momento.
—¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí? —preguntó Sofía.
—Hasta que se haga de noche —respondió él con sequedad.
—No te preocupes, ya he encontrado un lugar donde esconderte —dijo Bianca, girándose en su asiento para mirarla—. Allí estarás segura, te lo prometo .
—¿Qué lugar es?
—Una casa en Torrevieja. Nos iremos en cuanto sea de noche.
Ella asintió con la cabeza y preguntó:
—¿Creéis que Arturo habrá dejado de buscarme?
Antes de que le diera tiempo a responder, el portón que protegía la finca se abrió y los tres contuvieron la respiración.