Capítulo 7
MARIO
Lo primero que hizo cuando comenzó a abrirse el portón fue respirar hondo. Una parte de él, esa que había convivido con delincuentes durante los últimos doce años, no deseaba huir. Prefería enfrentarse al marido de Sofía y zanjar el asunto de raíz. Eliminar el problema de un modo rápido y efectivo.
Sin embargo, su otro «yo», el que quería recuperar su antigua vida, le convenció para no buscar un enfrentamiento que pusiera en peligro a las dos mujeres que había prometido proteger.
Además, lo último que le interesaba era hacer algo que le llevara de nuevo a la cárcel, donde lo más seguro era que no durara ni un día.
Su cabeza tenía un precio que muchos presos estarían dispuestos a cobrar.
En cuanto el portón se deslizó a un lado, Mario aceleró lo justo para llevar el morro del BMW hasta el borde de la calzada, donde se detuvo para mirar a ambos lados.
No vio ningún coche. La carretera estaba vacía y tampoco divisó ninguno aparcado en un lugar visible.
Eso no significaba que no hubiera nadie vigilando la salida, por eso esperó a que el portón se cerrara de nuevo y se puso en marcha.
Decidió hacerlo en dirección sur, para coger el acceso a la autovía A-40 y continuar hasta Tarancón.
Allí tomarían la A-3 en dirección a Valencia, tal y como había acordado con Bianca.
La idea era buscar un alojamiento en algún punto de la costa, aunque lo harían de camino.
Lo importante ahora era que no les siguiera nadie.
Los primeros metros de recorrido por la carretera comarcal no vio ningún vehículo detrás, por eso mantuvo una velocidad moderada. Ya habría tiempo para acelerar si era necesario.
Sofía estaba tumbada en la parte de atrás, en el suelo, entre las dos filas de asientos, mientras que Bianca permanecía también oculta, acurrucada a los pies del asiento del copiloto, con el cuerpo encogido para que nadie desde el exterior pudiera verla.
La idea era dar la impresión de que Mario viajaba solo en el coche.
—¿Ves a Arturo? —preguntó ella.
Mario no respondió. Apenas se habían distanciado doscientos metros de la casa cuando vio el coche, un Audi blanco de gran tamaño que se acercaba rápido a ellos.
Su primera reacción fue mantener la calma.
Si aceleraba indicaría que tenía motivos para huir.
La carretera era recta, con asfalto irregular, sin arcén y una línea muy difusa que separaba los dos carriles.
A los lados se sucedían los viñedos y distintos caminos de tierra que se introducían en el campo.
Su objetivo era no llamar la atención, así que pisó el acelerador lo justo para ganar un poco de velocidad y se mantuvo en su carril. El Audi no tardó en situarse detrás.
A través del espejo retrovisor no fue capaz de identificar al conductor, aunque sí que apreció que no iba solo.
Alguien ocupaba el asiento del acompañante.
Tal vez se había equivocado y no era Arturo.
Para asegurarse, levantó el pie del acelerador y puso el intermitente derecho para indicarle que podía adelantar. No lo hizo.
Eso le dejó claro que la intención del conductor era seguirles, al menos de momento, así que tuvo claro que tendría que dejarle atrás antes de que llegara a la autovía.
Ambos coches tenían una cilindrada parecida, por lo que no sería fácil lograrlo en ese tramo de carretera.
Tendría que echar mano de sus habilidades al volante.
Mario agarró con firmeza el volante y aceleró a fondo, haciendo rugir el motor y ganando velocidad rápidamente .
—¿Qué ocurre? —preguntó Bianca, alarmada.
—Arturo nos sigue.
—¿Estás seguro de que es él?
—No le he visto la cara, pero no ha querido adelantarme. Conduce un Audi de color blanco.
—¿Va solo? —preguntó Sofía manteniéndose escondida en la parte de atrás.
—No, le acompaña alguien en el asiento del copiloto.
—Seguro que es su hermano. Está tan mal de la cabeza como él.
—Tranquilas, voy a intentar dejarlos atrás.
Tras un par de curvas, en las que se distanció de su perseguidor, llegaron a una recta donde el Audi no tardó en recuperar el terreno perdido.
—Va a ser más difícil de lo que creía —dijo a la vez que miraba de reojo a Bianca—. ¿Le tienes mucho cariño a este coche?
Bianca abrió los ojos de manera exagerada.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque puede que tengas que comprar otro después de esto.
Mario frenó con brusquedad y dio un volantazo a la derecha para coger un camino de tierra, donde aceleró de nuevo sin importarle los baches.
Por el espejo retrovisor vio cómo el perseguidor tomaba el mismo camino, aunque la nube de polvo que dejó Mario a su paso pronto le impidió que pudiera ver la distancia a la que se encontraba.
—Incorporaros y poneros el cinturón. ¡Rápido! —ordenó.
Las dos mujeres obedecieron, mientras la estela de polvo que dejaba a su paso era cada vez más espesa.
Eso le impediría al marido de Sofía acercarse.
Sin embargo, si se mantenía a una distancia prudente, no tendría problema para seguirles.
Aun así, Mario aceleró a lo máximo que le permitió su habilidad al volante.
Había estudiado la zona gracias a la visión satélite de la aplicación de mapas y sabía que el entramado de caminos y pistas que recorrían los campos de la zona terminaban en el pueblo en la mayoría de los casos.
El problema eran los baches y que uno de ellos pudiera dañar alguna de las ruedas.
Eso sin contar la posibilidad de encontrarse en su camino con otro coche o un tractor que le impidiera continuar.
Por suerte, su habilidad al volante no era mala y la nube de polvo que dejaba a su paso obligaba a los perseguidores a no acercarse mucho.
Recorrió los caminos que fue encontrando a su paso, primero con la intención de alejarse de la carretera comarcal y luego buscando llegar al pueblo de Santa Cruz de la Zarza antes que su perseguidor.
A lo largo del recorrido vio en cada curva cómo el Audi se mantenía a una distancia de unos cien metros, lo que le hizo concebir la esperanza de lograr despistarlo una vez llegaran a las primeras calles.
Alcanzó el pueblo a la altura del cementerio y comenzó a callejear a izquierda y derecha, decidido a aprovechar la ventaja que había conseguido.
A pesar de no verlo por el espejo retrovisor, no se confió.
Recorrió el pueblo durante unos minutos, hasta que algo le hizo frenar en seco.
A su izquierda acababa de dejar un posible escondite, así que dio marcha atrás para verlo mejor.
Era una finca llena de chatarra y vehículos viejos, rodeada por un muro de bloques de hormigón de dos metros de alto y con un portón metálico que en ese momento permanecía abierto.
Le pareció que era un buen lugar donde ocultarse.
—¿Qué ocurre? —preguntó Bianca, que hasta ese momento no había abierto la boca—. ¿Por qué paras?
Mario no respondió. Miró por el retrovisor y al ver que no había rastro del perseguidor, se metió en la finca y situó el coche detrás de un viejo tractor.
—No os mováis —dijo antes de abrir la puerta y salir a la carrera.
Sabía que encerrarse en aquella finca era un riesgo, pero, si salía bien, el marido de Sofía nunca les encontraría. Bastaba con ocultarse allí durante un par de horas, lo suficiente para despistar al perseguidor y que pensara que habían huido por la autovía.
Corrió hasta la entrada y se asomó lo justo para ver la calle. Tras comprobar que no había rastro del Audi, cerró el portón deslizándolo a la izquierda y regresó junto a las mujeres. Bianca le miró con preocupación en cuanto se sentó a su lado .
—¿Crees que es seguro quedarnos encerrados aquí dentro?
—El muro y el portón impiden que nadie nos pueda ver desde fuera.
—¿Y si viene el dueño de la finca?
—Lo único que hay aquí dentro es chatarra y vehículos viejos, así que es probable que no venga nadie —respondió señalando la finca.
En ella, además del tractor, había un par de furgonetas, una de ellas sin ruedas y apoyada sobre unos ladrillos, una segadora llena de óxido y un pequeño remolque con chatarra.
Al fondo, sobre el suelo, había una pequeña montaña de escombros de obra—.
De todas formas, si aparece el dueño ya se me ocurrirá alguna historia convincente.
Lo más importante es que, cuanto más tiempo permanezcamos aquí, más fácil es que Arturo piense que hemos logrado despistarle y decida dejar de buscarla.
—No lo conoces. Seguro que se pasa horas dando vueltas por el pueblo hasta encontrarme —dijo ella con un ligero temblor en la voz.
—El pueblo es grande y lo más lógico es que piense que lo hemos atravesado para llegar a la autovía. De todas formas, nos quedaremos el tiempo necesario hasta estar seguros de que ha dejado de buscarnos por el pueblo.
—¿Y si no es así? —intervino Bianca.
Mario le lanzó una mirada de reproche. Lo que intentaba con sus palabras era tranquilizar a Sofía y ella no le estaba ayudando a conseguirlo.
—El portón está cerrado, así que dudo que se le ocurra buscarnos aquí dentro. Tranquilas, estamos seguros.
—Tienes razón —dijo Bianca, como si por fin hubiera entendido lo que pretendía—. Seguro que habrá salido del pueblo y terminará regresando a Madrid cuando no nos encuentre.
—Descansad un rato —dijo Mario mientras varias gotas de lluvia caían de forma inesperada sobre el parabrisas—. Nos iremos en un par de horas.