La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

BIANCA

Bajó las escaleras, dispuesta a tomarse un café. Le quedaban al menos cuatro o cinco días en esa casa, hasta que su contacto le proporcionara la documentación de Sofía y pudiera alojarla en su nuevo hogar sin peligro de que su marido la encontrara.

Al entrar en la cocina, intuyó que algo no iba bien. Mario la miró desde la ventana con una preocupación que la empujó a preguntar:

—¿Qué ocurre?

—Tenemos un problema —respondió él—. Sofía lleva puesto un Apple Watch.

—¿Y qué pasa con eso? —dijo sin entender qué importancia tenía.

—Pues que su marido puede usarlo para localizarla.

—Acabo de decirte que no tiene batería —intervino Sofía mostrando la pantalla en negro de su reloj.

—Eso no importa. ¿Tu marido tiene algún dispositivo de Apple?

—Pues claro, tiene varios: el ordenador de sobremesa con el que trabaja en el despacho, el iPad que usa para leer las noticias y su teléfono .

—¡Joder! —masculló Mario entre dientes.

—No termino de entender cuál es el problema.

—Yo tampoco —dijo Bianca, extrañada de que Mario se estuviera alterando de ese modo.

Él debió darse cuenta de que no entendían su reacción, porque respiró hondo y luego preguntó:

—¿Soy el único que se ha dado cuenta de que el reloj y el teléfono de Sofía sirven para que su marido la localice?

—El teléfono está apagado y no tiene la tarjeta SIM puesta. Y ya te he dicho varias veces que el reloj no tiene batería —se defendió ella.

—Eso da igual. Hasta que se haya quedado sin batería, el reloj ha estado dando el posicionamiento.

Los dispositivos Apple tienen una función de buscar.

Si tu marido tiene agregados tus dispositivos, ha podido localizarte con facilidad.

Y no me extrañaría que fuera así, teniendo en cuenta lo posesivo que es contigo.

Bianca comprendió por fin la gravedad de lo que planteaba y se culpó por ello.

—Lo siento, no lo sabía. Es culpa mía.

—No, es culpa de los dos. Yo debería haberme dado cuenta antes.

—¿Crees que el coche que se paró anoche delante de la finca podía conducirlo su marido?

—El de anoche no lo sé, pero el de hace unos minutos es posible que sí.

Eso hizo que Bianca contuviera el aliento.

—¿Has visto otro coche?

—Por eso subí al baño de arriba, para poder confirmarlo. No pude ver al conductor y tampoco me dio tiempo de hacerle una foto antes de que se largara, pero era un Audi alto, tipo SUV, de color blanco.

Sofía emitió un sonido de sorpresa, que ahogó llevándose las manos a los labios.

—Como el coche que Arturo le regaló a su hermano —murmuró—. ¿Crees que era él?

—No lo puedo asegurar, pero no podemos correr riesgos. Hay que sacarla de aquí —añadió mirando a Bianca .

Ella asintió con la cabeza, consciente de la gravedad de la situación. Tenían que impedir que Arturo llegara hasta su mujer.

—¿El coche sigue fuera?

—No. Estuvo un par de minutos como mucho detenido delante de la entrada a la finca y luego siguió en dirección al pueblo.

Bianca se quedó pensativa. Se tratara o no del marido de Sofía, estaba claro que Mario tenía razón. La casa ya no era segura y tenían que marcharse lo antes posible. La pregunta era adónde podían llevarla que no corriera peligro.

—¿Tenías previsto un plan B? —preguntó él, como si le estuviera leyendo el pensamiento.

No le quedó más remedio que reconocer lo mal que había hecho las cosas.

—No. La verdad es que no pensé en ello. Tenía poco tiempo para planearlo y me precipité.

En contra de lo esperado, Mario no aprovechó la ocasión para echarle en cara que hubiera actuado por su cuenta, sin pedirle consejo antes de planear la huida de Sofía.

—Ahora eso es lo de menos. Tenemos que pensar cómo salimos de aquí.

Si el del coche blanco era Arturo, lo más probable es que no esté demasiado lejos, vigilando la casa.

—Mario se frotó el mentón antes de continuar—.

Se me ocurren varias posibilidades. Puedo salir con el coche y hacerle creer que vais conmigo.

Lo alejaré de la casa, mientras vosotras aprovecháis para escapar.

El problema es que no tenéis coche, así que tendréis que ir al pueblo y conseguir uno.

No sé si en un pueblo tan pequeño habrá algún taxi que os saque de aquí.

Bianca tuvo clara la réplica.

—No me seduce la idea de que nos dejes solas. Prefiero que sigamos los tres juntos.

—En ese caso, solo veo dos opciones: enfrentarme a él para que deje de ser un problema o huir juntos en el coche y tratar de despistarle.

De nuevo supo qué respuesta darle.

—Lo que menos quiero es que tengas problemas por culpa de mis errores, así que prefiero optar por la segunda opción .

—De acuerdo. Recoged vuestras cosas lo más rápido posible y nos vemos en el salón.

Cuanto antes nos larguemos de esta casa, mejor.

Y, Sofía —añadió Mario justo antes de salir de la cocina—, entrégame tanto el reloj como el teléfono para deshacerme de ellos.

Ni siquiera deberías haberlos traído contigo.

—¿El teléfono también? —protestó ella—. Es que es muy caro y me encanta. Si no tiene la tarjeta puesta no puede localizarme, ¿verdad?

—Con la función de buscar que tienen los dispositivos Apple, te localizará en cuanto lo enciendas, aunque sea con otra tarjeta o estés conectada a una red wifi . Además, vas a cambiar de vida y de identidad, por lo que no necesitas llamar a nadie.

Alargó la mano hacia ella, que se quitó el reloj de la muñeca y se lo entregó.

—Toma.

—¿Y el teléfono?

—Enseguida te lo bajo.

—Os espero afuera. No tardéis, por favor.

Bianca esperó a que Mario saliera de la cocina para acercarse a Sofía. La mujer estaba como paralizada y tenía la mirada centrada en sus manos, que temblaban de manera visible, así que tomó asiento a su lado y le agarró las manos para que dejaran de temblar.

—No te preocupes, todo saldrá bien.

Una lágrima corrió por la mejilla de Sofía, que la miró con la misma expresión de miedo que había visto en otras mujeres.

—No puedes permitir que Arturo me coja —le rogó ella con la voz rota.

—No lo haré, confía en mí. ¿Por qué no te vistes y te preparas para irnos? Yo voy a hablar un momento con Mario.

—De acuerdo.

Mientras Sofía subía a la planta superior, Bianca salió de la casa para hablar con Mario. Lo encontró junto al coche, mirando la pantalla de su teléfono.

—Tenemos que impedir que su marido le haga daño —le pidió.

—Estoy en ello —dijo sin levantar la vista para mirarla .

—Sé lo que vas a decirme y tienes toda la razón. No fui lo bastante precavida y por mi culpa Sofía está en peligro. Debí consultarte el plan de huida y hacer más caso de tus consejos.

—Eso sería una novedad.

Le dolió escucharlo, pero decidió tragarse su orgullo. Necesitaba su ayuda más que nunca.

—Lo siento, Mario.

Al escuchar eso, él la miró a los ojos. Más que reproche, lo que vio en ellos fue preocupación.

—Creo que podré sacarla de aquí. Estamos a pocos kilómetros de la autovía A-40, que se une con la A-3 en dirección a Valencia.

Desde ella podemos dirigirnos a la costa del Levante.

Allí hay miles de apartamentos turísticos que se pueden alquilar y en los que ocultar a Sofía hasta que tenga la nueva documentación.

Lo importante es que en los datos de la reserva no conste su nombre para que nadie sepa que está allí.

—Puedo hacerla a nombre de nosotros dos, si no tienes inconveniente.

—No lo tengo. Busca un lugar bastante habitado, una ciudad turística, a poder ser, donde será más fácil pasar desapercibidos.

—Me pondré con ello ahora mismo.

—No, es mejor que lo hagas de camino. Ahora lo más urgente es largarnos de esta casa. Cuanto más tiempo esperemos, mayores son las posibilidades de que el marido encuentre el modo de entrar en la finca. Puede incluso que tengamos suerte y no nos vea salir, aunque yo no contaría con ello.

—¿Y qué hacemos si nos persigue?

—Tendré que despistarle. Tranquila, se me da bien conducir —dijo con una leve sonrisa que apenas se perfiló un par de segundos en sus labios—.

Acabo de analizar la zona con la aplicación de mapas y cerca del acceso a la autovía hay un pueblo llamado Santa Cruz de la Zarza.

Podría despistarle dentro de sus calles o incluso antes, utilizando los numerosos caminos que hay en el campo que lo rodea.

Lo importante es irnos lo antes posible.

—De acuerdo, voy a por mi maleta. —Antes de irse, Bianca le dedicó una sonrisa sincera—. Me alegra que estés aquí con nosotras .

Mario no dijo nada. Se limitó a asentir levemente con la cabeza y puso su atención en el teléfono.

Mientras se dirigía a su habitación, Bianca rezó para que todo saliera bien.

Nunca se perdonaría que a Sofía le sucediera algo malo por su culpa.