La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

MARIO

La casa estaba en completo silencio. Sofía se había acostado nada más cenar y Bianca había subido a su habitación, imaginó que a deshacer la maleta.

Mientras en el exterior la noche ya había extendido su manto, Mario observó las llamas de la chimenea eléctrica situada en un lado del amplio salón, frente al sofá.

Para ser mediados de junio la temperatura en el exterior no era demasiado baja, aunque dentro de la casa hacía más frío por la falta de uso. Por ese motivo decidió encenderla.

Tras unos minutos hipnotizado por el movimiento de las llamas virtuales, decidió levantarse a por una bebida que le ayudara a relajar la mente, así que se dirigió al mueble bar.

Hacía tiempo que no consumía alcohol, pero en ese momento sintió que lo necesitaba.

Cogió un vaso, lo llenó con los hielos que encontró en una pequeña nevera situada en la parte inferior del mueble bar y buscó una bebida.

Vodka, whisky, ginebra, coñac… Todo primeras marcas con etiquetas doradas o negras.

No obstante, su mirada se clavó en una botella de Baileys y dibujó una sonrisa melancólica en los labios.

Con veinte años se había convertido en una de sus bebidas preferidas, antes de abandonar Luarca.

Se sentaba en la terraza de uno de los bares situados frente al puerto, con un vaso en la mano, para observar el atardecer, mientras fantaseaba con construir una vida lejos de allí.

Llenó el vaso hasta arriba y se sentó de nuevo frente a la chimenea, absorbido por sus pensamientos.

El comportamiento de Bianca lo tenía desconcertado.

Bien era cierto que no tenía demasiada experiencia tratando con mujeres como ella.

En los últimos años solo se había relacionado con el tipo de mujeres que uno solía encontrarse en el entorno de delincuencia en el que se movía.

La mayoría, por no decir todas, eran mujeres que se sentían atraídas por el dinero y la posición de poder que ejercían los hombres de ese mundo.

Solían ser relaciones que no iban más allá de una noche de sexo, sin compromiso ni ataduras.

En su caso, su condición de agente encubierto exigía además que no intimase con ninguna mujer.

Nadie podía descubrir su verdadera identidad y el objetivo de su misión, o su vida carecería de todo valor.

Eso le provocó unas carencias afectivas y de comunicación con el sexo contrario que nunca se preocupó por corregir, hasta que conoció a Bianca.

Ella había despertado en él el deseo de buscar una relación más duradera, aunque ahora pensaba que solo había sido una ilusión infantil.

Una mujer como Bianca, procedente de una familia de clase alta y con una posición social muy por encima de la suya, jamás se interesaría por un hombre como él. Era algo que debía aceptar.

—Sigues aquí —escuchó de forma inesperada la voz de Bianca a su espalda.

Ni siquiera se volvió para mirarla. Movió el vaso en su mano haciendo círculos para que los hielos se mezclaran con la crema de whisky.

—Dónde si no —respondió.

—Estaba en mi habitación hablando con mi secretaria por teléfono y he visto desde la ventana un coche detenerse delante del portón de acceso a la finca.

—¿Has dicho un coche? —preguntó fingiendo no estar pendiente de la conversación.

—Sí. Estuvo ahí parado y luego se largó .

Eso hizo que se pusiera en pie para mirarla. Bianca llevaba puesto un camisón de satén corto y una chaqueta de punto que mantenía cruzada sobre su pecho para cubrirlo. A pesar de que con aquella luz le pareció muy atractiva, Mario decidió centrarse en sus palabras.

—¿Qué tipo de coche?

—No lo sé. Fuera es de noche y no hay farolas en el exterior. Solo he visto los faros del vehículo.

—¿Y dices que ya no está ahí?

—No. Se detuvo unos segundos y se marchó antes de que pudiera ni siquiera hacer una foto.

—Será alguien que se había perdido y buscaba el camino correcto.

—¿Y si era el marido de Sofía? ¿Y si nos ha seguido hasta aquí?

Su voz tembló ligeramente, fruto de la preocupación.

—Eso es imposible. Me aseguré de que nadie lo hiciera. ¿Sofía le quitó la tarjeta SIM a su teléfono como te indiqué? —Estuvo a punto de decir «ordené», pero rectificó a tiempo.

—Claro. Nada más salir de Madrid lo apagó y le quitó la tarjeta. Yo misma vi cómo lo hacía.

—Pues entonces no hay forma de que nadie sepa que está aquí. De todas formas, no estaría de más que confirmaras que no ha vuelto a encenderlo.

—Subiré a preguntarle.

—Mientras tanto, yo saldré a echar un vistazo.

Mario se acercó a la mesa de caoba que presidía el fastuoso salón para dejar el vaso sobre ella, lo que hizo que sus pulsaciones se aceleraran al pasar al lado de Bianca, sobre todo cuando percibió el aroma dulzón de su perfume.

Tienes que olvidarte de ella, se reprendió a sí mismo .

Salió de la casa y se acercó al portón de hierro.

Era imposible ver si había alguien al otro lado, así que se acercó al pulsador que había a un lado, dentro de la caja situada en el muro, y lo apretó.

En cuanto se deslizó a un lado, salió al exterior y observó la carretera que pasaba frente a la entrada a la finca.

En principio, no vio ningún coche en las cercanías, pero decidió no confiarse.

Cruzó la carretera y recorrió unos veinte metros hacia un lado y luego hacia el otro, hasta estar seguro de que no había vehículos aparcados o escondidos cerca.

Una vez lo confirmó, regresó al interior y cerró el portón.

Bianca lo esperaba en la puerta de la casa con mirada preocupada.

—¿Has visto algún coche?

—No. De todas formas, me quedaré vigilando esta noche.

—¿No vas a dormir?

—Prefiero asegurarme de que nadie intenta saltar el muro esta noche.

—Puedo turnarme contigo, si quieres —sugirió ella.

—Es mejor que descanses. ¿Has hablado con Sofía?

—Dice que no ha vuelto a encender el teléfono.

—En ese caso seguro que era alguien que se había perdido. Deberías irte a dormir.

Bianca dibujó una leve sonrisa e hizo ademán de entrar, pero en el último momento se volvió para mirarle.

—Perdona que no te diera las gracias como es debido por ayudarme hoy. —En su mirada asomó cierto arrepentimiento—. Puede que tengas razón al decir que me arriesgué en exceso. La próxima vez te haré más caso.

Mario estuvo tentado de decirle que no habría una próxima vez, pero se limitó a asentir ligeramente con la cabeza, tras lo cual ella entró en la casa. Ya habría tiempo al día siguiente para hablar de ello con tranquilidad.

Cada vez tenía más claro que lo mejor para ambos era separar sus caminos.