La senda del dolor (Vidas ocultas 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

BIANCA

La casa pertenecía a Julio Miralles, un compañero de carrera que dirigía una clínica de estética en Madrid y que era bastante famoso en la alta sociedad madrileña; esa a la que habían pertenecido los padres de Bianca hasta su fallecimiento y con la que ella mantenía un tibio contacto, acudiendo muy de vez en cuando a ciertos eventos sociales.

En una fiesta celebrada meses atrás, Julio le había comentado a Bianca que había adquirido diversos inmuebles en distintos lugares del país, con la idea de alquilarlos como turismo vacacional.

Por eso, cuando tuvo que planificar la huida de Sofía con muy poco tiempo, acudió a él.

No le dijo el motivo, solo que necesitaba tomarse unos días de vacaciones en un lugar tranquilo, alejado de Madrid.

Julio no tuvo ningún problema en cederle una de sus casas durante unos días, probablemente llevado por el deseo que siempre había tenido de ser algo más que un amigo para ella. Bianca lo aprovechó en beneficio propio, a pesar de que estaba convencida de que nunca habría nada entre ellos dos.

—Aquí estarás a salvo —aseguró mientras acompañaba a Sofía a la entrada del amplio chalé de dos plantas .

Abrió con las llaves que le había entregado su amigo y entraron en la vivienda.

Lo primero que hizo fue desactivar la alarma en el panel situado junto a la puerta, con la clave que él le había proporcionado.

Luego se dirigieron a un salón con una enorme mesa de caoba para doce comensales, un conjunto de dos sofás de cuatro plazas cada uno y una televisión tan grande que cubría una de las paredes.

—Te costará una fortuna alquilar esto —comentó Sofía con voz suave.

—Me sale gratis. Un amigo me la ha dejado unos días. ¿Por qué no subes a la planta de arriba y eliges una de las habitaciones para instalarte?

—Me vendría bien una ducha, pero no tengo ropa para cambiarme. Tuve que dejar en casa la maleta y también el bolso. Me olvidé de todo cuando huimos y solo traje conmigo la ropa que llevo puesta y el teléfono.

—No te preocupes, yo tengo en el coche mi maleta. Seguro que habrá algo que te sirva. Voy a buscarla y ahora te la subo.

—De acuerdo.

Mientras Sofía subía al piso superior, Bianca salió al exterior para regresar al coche. Mario estaba en ese momento abriendo el maletero.

—Necesito coger mis cosas —dijo ella.

Él se limitó a sacar la pequeña maleta que Bianca había llevado consigo y la dejó en el suelo. Luego sacó una mochila negra que se colgó del hombro y cerró el maletero.

—Tenemos que hablar —dijo Mario. Su voz sonó seca y cortante.

Por cómo frunció el ceño, ella interpretó que no estaba de buen humor.

—¿Qué ocurre?

—No has hecho ni puñetero caso de mis consejos, joder —aseguró apretando los dientes.

Vale, está cabreado , pensó Bianca. Jamás había utilizado ese tono con ella, por lo que su primera reacción fue tranquilizarle.

—Deberías calmarte. Tampoco ha salido tan mal.

—¿Ah, no? ¿Qué ha ocurrido con el marido ?

—Ya te lo dije. Apareció de repente y tuve que defenderme.

—¿Con un espray de gas pimienta?

—Fue bastante efectivo —dijo ella con una sonrisa de orgullo que se borró de sus labios en cuanto vio que el cabreo de Mario, lejos de disminuir, parecía ir en aumento—. ¿Qué te ocurre?

—Te dejé bien claro lo que tenías que hacer: entrar y salir. Rápido. Sin entretenerte. Ni siquiera deberías haber subido a su casa. Ella tendría que haber bajado sola al coche.

—No lo habría hecho. Sofía estuvo a punto de echarse atrás, por eso tardé más de lo previsto. Me costó un rato convencerla para que huyera y estoy segura de que no lo habría hecho si yo no hubiera subido a buscarla.

—No entiendo por qué hacía falta que la convencieras. ¿Acaso no lo tenía claro?

Bianca sacudió la cabeza antes de responder. Mario desconocía muchas cosas y necesitaba que las entendiera.

—¿Tienes idea de lo duro que es para una mujer como ella tomar la decisión de abandonar a su marido? —Su tono de voz se elevó más de lo que hubiera querido—. Sometida por su marido, obedeciendo sus órdenes, sin poder siquiera salir de casa si no era con él.

—Lo sé, pero…

—No lo sabes. Muchas mujeres en su situación son incapaces de tomar la decisión de abandonar a sus parejas —le cortó, decidida a abrirle los ojos sobre la realidad de las mujeres que sufrían maltrato—.

Si no las acompaño en todo el proceso, si no estoy a su lado en todo momento, muchas no se atreverían a dar el paso.

No puedes ni imaginarte lo asustadas que están y el miedo que tienen a lo que les harían sus parejas si las descubren huyendo.

—Claro que me lo imagino —respondió Mario con un tono de voz más suave—, pero me preocupa más lo que te harían a ti.

—A mí me preocupan más ellas.

—Escucha, Bianca…

—No. Ese hombre estaba dispuesto a hacernos mucho daño —aseguró mientras sus pulsaciones se aceleraban.

Por primera vez fue realmente consciente de lo mal que podía haber terminado todo para las dos—.

Entró en el apartamento con un martillo en la mano y te juro que estaba dispuesto a golpearnos con él, por eso le rocié la cara con el gas pimienta.

Luego le di un empujón para tirarlo al suelo y salí de allí tirando de la mano a Sofía.

—Necesitó tomarse unos segundos para recuperar el ritmo normal de su respiración.

Su corazón latía a mil por hora, reviviendo lo sucedido—.

Si no lo hubiera hecho, quizá ninguna de las dos estaríamos aquí ahora.

Mario resopló y sacudió la cabeza, negando.

—Se supone que estoy aquí para decirte cómo hacer las cosas bien y tú deberías obedecerme.

A Bianca le molestó el comentario, sobre todo por el tono de superioridad que utilizó al decirlo.

—Perdona, pero yo ya hacía esto mucho antes de que tú aparecieras y no tuve ningún problema.

—Cuestión de suerte. No siempre vas a tenerla.

Ella apretó los labios, tratando de contener la rabia que crecía en su interior. No quería discutir con Mario, pero tampoco iba a permitir que le hablara con ese aire de superioridad.

—¿De qué vas? —le espetó apretando los puños—. ¿Crees que por ser mujer no soy capaz de arreglármelas por mí misma?

—¡Eh, tranquila! —exclamó Mario levantando las manos, en señal de rendición—. Yo no he dicho eso. Solo creo que las cosas se pueden hacer mejor que como las hiciste hoy.

—Recuerda que tú acudiste a mí para ofrecerme tu ayuda, no al revés. Si no te gusta cómo hago las cosas, ya sabes dónde está la puerta —dijo señalando el portón de la finca.

—Para un poco, guapa —le replicó él con una sonrisa forzada—. En este caso tú fuiste quien acudió a mí para que te ayudara y lo hiciste con muy pocas horas de margen. Si lo hubieras hecho antes, podría haberte ayudado a organizar las cosas de otra manera, con mayor seguridad para todos.

—Las cosas surgieron así y no había tiempo.

Eso no era cierto del todo. Cuatro días antes había acordado con Sofía su huida, tiempo suficiente para comentárselo a Mario y organizarlo entre los dos.

El problema era que su relación con él se había enfriado bastante, hasta el punto de que prefería mantenerlo al margen de su actividad.

Solo la necesidad de contar con alguien que las sacara de la ciudad si las cosas se torcían fue lo que hizo que recurriera a él. Tampoco tenía nadie más a quien acudir.

—¿De verdad que no había tiempo? —preguntó Mario—. ¿No será más bien que eres demasiado orgullosa para aceptar la ayuda de los demás?

Ese último comentario lo sintió como una puñalada en el corazón.

—Te agradezco que me hayas ayudado, pero no tienes que quedarte si no quieres —le replicó entrecerrando los ojos—. Mañana puedo acercarte a la estación de tren más cercana para que regreses a Madrid.

Mario resopló y la miró como si estuviera a punto de decir algo inapropiado.

—Será mejor que cojas tus cosas y vayas a ver cómo se encuentra Sofía. Retomaremos esta conversación en otro momento, cuando los dos estemos más calmados.

Bianca estuvo a punto de responderle que no había nada más de lo que hablar, pero se limitó a coger la maleta y entró en la casa. Estaba siendo un día demasiado intenso y lo que menos le apetecía en ese momento era seguir discutiendo.

Y menos con alguien que no parecía respetarla.