Capítulo 2
MARIO
Sus dedos tamborilearon sobre el volante al ritmo de sus pensamientos.
No le había hecho ninguna gracia tener que quedarse esperando dentro del coche de Bianca, pero ella había insistido en hacerlo así y no le quedó más remedio que aceptarlo.
Después de todo, ella llevaba dos años dedicándose a proteger y poner a salvo a mujeres maltratadas, por lo que se suponía que sabía lo que hacía, mientras que él solo era un recién llegado a ese mundo.
Había transcurrido un mes desde su regreso de Londres y su decisión de instalarse en Madrid.
Lo hizo por varios motivos.
El primero era que su hermana parecía haber superado el traumático secuestro del que Bianca y Mario habían logrado liberarla y por fin había vuelto a su vida normal, por lo que ya no necesitaba que se quedara con ella.
Tampoco podía permanecer en el Reino Unido para siempre.
Ella tenía una vida allí y entre los planes de Mario no entraba buscar un trabajo en el país.
Tras doce años como agente encubierto, infiltrado en una de las mayores organizaciones criminales de España, lo único que deseaba era llevar una vida normal, una vez había recuperado su verdadera identidad.
Pero había un motivo de mayor peso para que se hubiera instalado en Madrid: Bianca.
La conoció al llegar al Reino Unido para buscar a su hermana y, a pesar de que al principio su relación fue como un choque de trenes, las situaciones por las que pasaron allí juntos terminaron uniéndolos del modo que solo se unen las personas que han estado a punto de perder la vida.
Mario regresó decidido a ayudarla en la actividad que llevaba en secreto para salvar la vida de las mujeres que sufrían maltrato. Tenía claro que sola no podía hacerlo todo y pensó que le vendría bien su ayuda, la de alguien que estaba acostumbrado a codearse a diario con la violencia.
Bianca aceptó su ofrecimiento y Mario se instaló en Madrid, en un pequeño apartamento que pudo pagar con el dinero que había acumulado durante años trabajando como agente encubierto. Lo hizo con la esperanza de que su relación pudiera ir más allá de la amistad.
El problema fue que nada salió como esperaba.
Bianca era una mujer atractiva, con un carácter fuerte y decidido, y una fortaleza como ninguna otra a la que hubiera conocido antes. Eso fue lo que más le atrajo de ella, por eso se atrevió a dar un paso que terminó siendo fatal.
Una cena.
Una confesión.
Un rechazo inesperado.
De pronto Bianca levantó una barrera entre ambos y la relación se enfrió hasta tal punto que durante la última semana ni siquiera habían hablado.
Solo la noche anterior había recibido una llamada suya para pedirle que la ayudara a sacar a una mujer de Madrid.
A pesar de que le pareció demasiado precipitado, Mario decidió hacerlo, aunque ya se estaba arrepintiendo.
Y más todavía cuando vio salir a las dos mujeres del portal a la carrera y expresión desencajada por el miedo. Bianca se sentó en el lado del acompañante y la mujer de cabello rubio lo hizo en el asiento de atrás .
—¡Rápido, arranca! —ordenó Bianca con respiración agitada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Mario. Estaba claro que algo había salido mal.
—¡Arranca, por Dios!
El grito desesperado de Bianca hizo que pisara el acelerador a fondo y se alejara con rapidez, mientras observaba por el espejo retrovisor cómo un hombre salía del portal frotándose los ojos y gritando algo que no alcanzó a escuchar.
Toda su atención se centró a partir de ese momento en el volante y la carretera.
Por la mañana había estudiado las calles de esa zona de Madrid al detalle, así que giró en la primera intersección a la derecha y aceleró, consciente de que tenía prioridad en esa vía.
Luego giró a la izquierda para evitar un semáforo en rojo al fondo y callejeó durante varios minutos más, evitando las calles con mayor tráfico, hasta que finalmente se incorporó a una vía de varios carriles.
Allí tuvo que detenerse en un semáforo, lo que aprovechó para mirar a Bianca.
—¿Qué ha pasado?
—El marido entró en casa cuando íbamos a salir —explicó ella algo más calmada. Ya no había miedo en sus ojos.
—¿No decías que estaba en el gimnasio?
—Eso pensábamos, pero parece ser que conocía las intenciones de Sofía de marcharse conmigo hoy y se escondió en el edificio, esperando el momento justo para impedirlo. Entró en casa cuando nos disponíamos a salir.
—¿Y qué ocurrió?
Bianca no respondió. Se giró para mirar a su espalda.
—¿Estás bien, Sofía?
—Sí, pero… ¿Y si Arturo nos persigue? —preguntó con voz entrecortada.
Por el espejo retrovisor Mario pudo ver en su rostro que estaba muy asustada.
—Es imposible que nos haya seguido —dijo para tranquilizarla—. Me he asegurado de ello. Tranquila, estás a salvo.
—Ya no puede hacerte daño —le apoyó Bianca—. Por fin eres libre.
Durante los siguientes minutos ninguno de los tres habló. Mario condujo el BMW X3 sin sobrepasar los límites de velocidad. No fue hasta incorporarse a la autovía de Valencia, donde el tráfico disminuyó y se volvió más fluido, que volvió a dirigirse a Bianca.
—¿Vas a contarme lo que ha pasado con el marido?
—Entró en el apartamento y quiso evitar que nos marcháramos.
—Ya te dije que era mejor que yo subiera contigo al apartamento a buscarla —le reprochó.
—Necesitaba que alguien nos sacara de allí si las cosas se ponían mal, como así ha sido.
—Habría sido mejor que tú te quedaras al volante, mientras yo subía a buscarla.
—Soy muy mala conduciendo. Además, sé cómo defenderme —aseguró con gesto de orgullo, a la vez que echaba mano del bolsillo de su abrigo para sacar un espray de gas pimienta—. Un chorro directo a la cara fue suficiente para dejarlo fuera de combate y que no pudiera hacernos daño.
Mario gruñó, mostrando su desacuerdo, pero decidió no discutir mientras Sofía estuviera presente.
Estaba claro que Bianca seguía sin ser consciente de los peligros a los que podía enfrentarse en su actividad clandestina, aunque no era el momento ni el lugar para hablar de ello.
Lo harían una vez estuvieran en un lugar seguro.
Condujo durante una hora hasta su destino, una casa situada a las afueras de Zarza de Tajo, un pueblo de la provincia de Cuenca de apenas trescientos habitantes, situado al oeste de Tarancón.
Allí se quedarían unos días, hasta tener la documentación necesaria para trasladar a Sofía a su hogar definitivo, un lugar donde su marido no podría encontrarla nunca.
La finca en la que iban a alojarse estaba rodeada por un muro de ladrillo rojo que superaba los dos metros de altura y se encontraba al pie de la carretera comarcal que unía Zarza de Tajo con Santa Cruz de la Zarza.
La casa más cercana estaba a doscientos metros, lo que iba a darles la privacidad que necesitaban mientras estuvieran allí.
Al menos en eso Bianca había hecho bien las cosas.
Al llegar al pie del portón, ella sacó de la guantera un llavero con varias llaves y un pequeño mando a distancia cuyo botón pulsó, haciendo que el portón de entrada se deslizara a un lado.
Mario condujo al interior y detuvo el vehículo frente a la puerta del chalé de dos plantas, con la fachada forrada de piedra y ventanas que imitaban la madera.
Para cuando descendieron del vehículo, el portón de entrada estaba cerrado, proporcionándoles una total intimidad de cara al exterior.
—Todo va a salir bien —dijo Bianca acercándose a Sofía para pasarle el brazo por encima de los hombros y guiarla hacia la entrada de la casa.
Mario no quiso contradecirla, pero no compartió su optimismo. Aquella huida había empezado de forma demasiado accidentada y algo le decía que no iba a acabar bien.
Esperaba equivocarse.