La senda del dolor (Vidas ocultas 2)
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Capítulo 1
BIANCA
Si algo la tranquilizó fue saber que Mario estaba en la calle, esperando con el vehículo aparcado frente al portal y el motor en marcha. En pocos minutos abandonarían la ciudad y Sofía estaría por fin a salvo.
La mujer pasó delante de Bianca de forma apresurada para dirigirse al baño. Se la veía nerviosa, incluso temerosa, como si dudara del paso tan importante que estaba a punto de dar. A los pocos segundos regresó colocando en su muñeca una pulsera de cuerdas trenzadas de color azul y gris.
—No quiero olvidármela —se justificó con una sonrisa nerviosa—. Me la regaló mi abuela hace años y le tengo mucho cariño.
—¿Estás lista? —preguntó Bianca, impaciente por salir del apartamento.
Sofía se detuvo en mitad de la estancia y el miedo volvió a asomar en sus ojos.
Tenía treinta y dos años y una larga melena rubia que llevaba recogida en un moño alto.
A pesar de no ser excesivamente guapa, sus ojos, de un color azul intenso, llamaban mucho la atención.
Tanto que, según su marido, se había enamorado de ella por sus ojos.
En ese momento parecían a punto de romper a llorar.
—Si Arturo me pilla escapando de casa, me matará —dijo con voz temblorosa.
—Tranquila, no te va a pillar, pero tenemos que irnos ya.
Lo previsto era que su marido regresara en poco más de media hora del gimnasio al que acudía dos veces por semana.
Era el único momento en que Sofía se quedaba sola.
El resto del tiempo su marido, Arturo, estaba en casa trabajando y pendiente de que ella no saliera si no lo hacía con él.
Una situación que duraba casi un año y medio.
Según le había explicado Sofía, Arturo era un hombre obsesionado con el control, especialmente sobre ella.
Elegía la ropa que debía ponerse a diario, le exigía que cada comida estuviera lista siempre a la misma hora y tenía establecido cuánto tiempo debía dedicar a las tareas del hogar.
También la había apartado de su familia y de sus amigos.
Solo podía salir de casa si él la acompañaba, algo que no ocurría con demasiada frecuencia y que normalmente se limitaba a dar un paseo por el cercano parque del Retiro.
Incluso las compras de comida tenía que realizarlas online para que se la llevaran a casa.
Por qué Sofía soportaba aquella vida no era fácil de entender sin conocer su historia a fondo.
Al igual que otras mujeres con un perfil similar, había pasado por varias relaciones fallidas, protagonizadas por hombres que siempre habían buscado aprovecharse de ella.
Dos la habían engañado con otras mujeres y uno le había dejado la cuenta corriente en números rojos antes de desaparecer.
Por eso, cuando conoció a un hombre cariñoso, amable, comprensivo y que la trató como a una princesa, cayó rendida a sus brazos.
Arturo era diferente a cualquier hombre que había conocido antes y la vida a su lado le pareció que sería como un cuento de hadas.
Hasta que se casaron.
A partir de entonces, Arturo se transformó, aunque no lo hizo de golpe, sino de forma paulatina.
Al principio eran pequeños detalles que ella achacó a esas manías que todos tenemos y que no salen a la luz hasta que convivimos con otra persona.
Poco a poco se volvió más exigente y autoritario, hasta que mostró su verdadera personalidad.
La de alguien manipulador, egocéntrico, con continuos cambios de humor y con tendencia a la violencia verbal si no conseguía lo que quería.
La vida de Sofía se convirtió en una montaña rusa emocional, con momentos en los que Arturo era el hombre dulce y delicado que se desvivía por demostrarle su amor, para luego transformarse en el monstruo capaz de amenazarla con hacerle daño si no cumplía sus deseos.
Sofía no tenía padres ni familiares cercanos, y él se encargó de apartarla de sus amigos. Se quedó sola, prisionera de una cárcel de la que necesitaba huir del modo que fuera.
—Tenemos que irnos —la apremió Bianca.
—No sé si esto será una buena idea —murmuró con la mirada puesta en la pulsera de su muñeca, a la que comenzó a dar vueltas.
Eso era lo que más temía Bianca. Durante su trabajo para la Asociación de Mujeres Maltratadas, había visto cómo muchas de ellas se volvían atrás cuando llegaba el momento de abandonar a sus maridos.
Algunas lo hacían por miedo a las consecuencias y otras por una enfermiza dependencia hacia ellos que no eran capaces de romper.
Incluso las había que se convencían de que sus maridos cambiarían si les daban otra oportunidad.
Nunca lo hacían y, en un porcentaje demasiado alto de los casos, terminaban pagándolo con su vida.
No estaba dispuesta a que eso volviera a suceder.
—Te aseguro que todo saldrá bien. Confía en mí —dijo Bianca—. Hoy Arturo saldrá de tu vida para siempre.
Sofía levantó la mirada hacia ella. Tenía los ojos vidriosos y sus manos temblaban casi de forma descontrolada. El miedo estaba haciendo presa en ella de un modo que podía echarlo todo a perder.
—Yo… no estoy segura.
Consciente de que estaba a punto de desmoronarse, Bianca se acercó y le puso la mano sobre el hombro.
—Sé que tienes miedo, pero esta es la mejor solución para ti. La única —recalcó mirándola a los ojos—. Ya hemos hablado de ello y el único modo de recuperar tu vida es abandonándole para empezar de cero .
—¿Y qué ocurre si me encuentra?
—Yo me encargaré de que no sea así. Te prometo que nunca te encontrará.
—Tal vez si hablo con él…
—No —la cortó, tajante—. La única vez que le dijiste que pensabas separarte de él, te amenazó con matarte. ¿O es que ya no lo recuerdas?
Sofía bajó la mirada al suelo, avergonzada.
Durante un tiempo se quedó callada, como si necesitara armarse de nuevo del valor que la había llevado a contactar con Bianca tres semanas antes para pedirle ayuda.
Primero había acudido a la Asociación de Mujeres Maltratadas, donde le aconsejaron que contactara con ella para que le diera el apoyo psicológico que necesitaba y que la asociación no podía proporcionarle en ese momento.
Después de dos sesiones por videollamada cuando su marido estaba en el gimnasio, Bianca vio claro que tenía que ayudar a Sofía.
De no hacerlo, estaba segura de que todo terminaría muy mal para ella.
—Tienes razón —dijo por fin la mujer, apretando los puños—. Voy a por mis cosas.
Se dirigió a la habitación y no tardó en regresar llevando una maleta pequeña en una mano y un bolso de cuero negro en la otra.
—Estoy lista.
—Muy bien, vámonos.
Recorrieron con decisión el pasillo que conducía a la puerta de salida del apartamento, aunque se vieron obligadas a detenerse cuando se encontraban a pocos pasos. Primero escucharon el sonido de una llave en la cerradura y luego la puerta se abrió de golpe.
La figura de un hombre se recortó en el umbral. En una mano llevaba un manojo de llaves y en la otra un martillo. Bianca sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La frialdad que reflejaba su mirada era la de un perro rabioso a punto de atacar.
Su primera reacción fue situarse delante de Sofía para protegerla con su cuerpo.
—¿Dónde te crees que vas? —preguntó Arturo, a la vez que entraba en la vivienda y cerraba la puerta a su espalda, bloqueando así cualquier posibilidad de huida.
—No te acerques —le ordenó Bianca.
—¿Ibas a abandonarme, Sofía? —preguntó dando un primer paso, que hizo que las dos retrocedieran de manera instintiva.
—Sofía se marcha conmigo ahora mismo, lejos de esta casa y lejos de ti.
—Eso no va a ocurrir nunca —aseguró el hombre apretando los dientes.
—Por favor, Arturo. Aparta —murmuró Sofía con voz temblorosa.
—No voy a permitir que me abandones.
—Si no te apartas, llamaré a la policía —le amenazó Bianca, metiendo la mano en el bolsillo derecho del abrigo que llevaba puesto.
El hombre reaccionó levantando el martillo en alto, a la altura de su cara, en actitud amenazante.
—Te reventaré la cabeza antes de que puedas sacar el teléfono.
Eso hizo que Bianca se quedara con la mano dentro del bolsillo, preparada para su siguiente movimiento.
—Vamos a salir, así que más vale que te apartes.
—¿Crees que no sabía lo que ibas a hacer?
—aseguró Arturo, señalando con el martillo a Sofía—.
Ayer te escuché cuando hablabas con ella metida en el baño para planear esta fuga, por eso hoy no he ido al gimnasio.
Estuve hasta ahora escondido en el rellano de la planta de arriba, esperando el momento justo para pillarte antes de salir.
—De nuevo levantó el martillo, esta vez por encima de su cabeza—.
La única forma de que salgas de esta casa sin mí será con los pies por delante.
—No voy a permitir que le hagas daño —le replicó Bianca con voz potente—. Te lo advierto.
A pesar de que intentaba mantenerse serena, en realidad estaba aterrorizada.
Aquel hombre era más alto y fuerte que ella, y podía derribarla de un solo golpe.
En ese instante fue consciente del error que había cometido al desatender los consejos de Mario para acompañarla, en lugar de subir ella sola a buscar a Sofía.
Su cabezonería podía costarle la vida y, lo que era peor, también la de la mujer a la que había jurado proteger.
—Como quieras —murmuró Arturo caminando de nuevo hacia ellas.
Bianca lo miró a los ojos y comprendió lo que iba a suceder.
Aquel hombre estaba dispuesto a lo que fuera para impedir que su mujer lo abandonara, incluso a acabar con su vida.
Eso fue lo que hizo que se armara de valor y decidiera dar un paso al frente.
Lo hizo no solo para proteger a Sofía, sino por el recuerdo de las mujeres que no habían tenido quién las defendiera.
Ninguna más moriría si ella podía evitarlo.
Aunque significara poner en riesgo su propia vida.