La Señal Rota (Universidad Pine Barren 6) Capítulo 30
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Capítulo 30

treinta

CASS

«JADE CHUPA POLLAS.»

O eso es lo que me dice el espejo cubierto de grafitis en Sharpie plateado, justo al lado de mi oreja izquierda mientras me miro fijamente e intento que el delineador me quede simétrico.

Me tiembla la mano lo suficiente como para convertir un rabillo afilado en el registro sismográfico de mi estado mental actual, pero confío en que haya suficiente oscuridad para que nadie lo note.

El fluorescente de arriba parpadea, convirtiendo mi reflejo en un estroboscopio de película de terror cutre. Por un segundo estoy ahí, y luego no, y luego estoy otra vez. Y, siendo honesta conmigo misma, la versión que desaparece tiene mejor pinta.

Firme. Lo has hecho mil veces.

Solo que no. No así. No vaciada por dentro y funcionando con las últimas reservas.

La chica del espejo tiene exactamente la pinta que se supone que debe tener. Pixie decolorado desigual a tijeretazos, listo. Camiseta negra de tirantes rasgada en los puntos estratégicos, listo. Botas militares que han pisado más suelos de bares que un inspector de sanidad, listo.

Cada pieza del disfraz firmemente en su sitio.

Pero la odio.

No a mí.

A ella.

La versión que todos esperan: la vocalista que gruñe, que no se deja pisar, a la que todo le importa una mierda y que definitivamente no se pasa noches enteras mirando al techo preguntándose si algún día dejará de ser una decepción tan espectacular para todos los que cometen el error de acercarse.

Para. Concéntrate.

Paso el delineador por el párpado otra vez, y esta vez la mano me obedece lo suficiente como para conseguir algo parecido a la simetría. Pequeñas victorias. Eso es lo que decía mi orientadora del instituto antes de darse por vencida conmigo del todo.

Mi mirada se detiene en la esquina del espejo donde alguien pegó una pegatina desteñida de una banda local llamada «Whiskey Funeral» que seguramente se separó hace cinco años, con el logo ya despegándose por los bordes. Hay una muesca en el cristal justo por la mitad.

Otro nombre que nadie recuerda.

Pienso en mi amplificador.

Mi amplificador de verdad.

La pieza de equipo más importante que tengo, ahora viviendo en casa de un tío que les dijo a sus compañeros de equipo que yo no le importaba.

Pero ya está muerto para mí, y aunque no lo estuviera, no podría llamar a esa puerta y mirarle a la cara y revivir cómo dijo nada serio como si no fuéramos nada.

Un ruido en la puerta me hace levantar la vista.

Joel.

Está ahí plantado con la funda del bajo colgada de un hombro, su cuerpo fibroso rígido, y su eterna barba de tres días esta noche se acerca más a los cinco. Sus ojos oscuros hacen esa cosa inquieta que hacen cuando se está preparando para algo difícil.

Ninguno de los dos habla.

El silencio se estira, cada discusión sin resolver del último mes suspendida entre nosotros como un acorde disonante sostenido. Algo así como un la bemol con séptima disminuida, que en lenguaje de teoría musical significa esto está a punto de ponerse feo.

Joel se aclara la garganta.

—Mira, sobre lo que pasó en el último show, lo siento.

Las palabras golpean como una nota errada en una canción que creía conocer de memoria, porque Joel no se disculpa.

Joel discute. Joel presiona. Joel lleva tanto tiempo dándome la vara con mi amplificador y la «trayectoria» de la banda que había empezado a pensar que simplemente era parte de su personalidad.

Le busco la trampa en la cara, pero no la encuentro.

—He sido duro contigo, Cass —dice—. Esta noche no es el momento de desenterrar toda esa mierda. Solo quería decirte que… —Se detiene, mascando las palabras—. Sé que las cosas han sido difíciles con el tío con el que estabas saliendo, y no voy a empeorarlas.

No le había contado lo de Ben, pero de alguna manera se había enterado y ha decidido bajar las armas.

—Gracias, Joel —digo.

No es un mea culpa completo. No ha reconocido que su presión constante por un sonido más limpio fue parte de lo que nos trajo aquí, ni admite que la «trayectoria» que lleva empujando es una que yo nunca acepté, pero es más de lo que esperaba.

Sonrío con sorna.

—¿Alguien te ha guiado en eso? Porque estoy bastante segura de que acabas de localizar una sola emoción humana, ¡y quiero marcar la fecha en el calendario!

A Joel le tiembla la comisura de la boca en una pequeña sonrisa, claramente aliviado —como yo— de volver a terreno relativamente normal. Se frota la nuca.

—Bueno, ahora que lo mencionas, puede que Milo haya amenazado con dejarlo si venía aquí y empezaba otra pelea.

—Qué osado por tu parte asumir que cumpliría su amenaza. —Me río, sintiéndome ligera por primera vez en días—. Ese hombre quiere demasiado nuestro descuento en Frank's como para…

—Cass.

Me detengo.

—Lo digo en serio. —Me mira a los ojos—. Esta noche va de la música, y lo demás que esté pasando lo podemos resolver después. ¿Vale?

No sé qué hacer con esto. Parte de mí quiere agarrarse a la amabilidad como a un salvavidas. La otra parte —la parte forjada por años de la Puerta Giratoria— me grita que la rechace. Que empuje hasta que se rompa y se demuestre tan hueca como la amabilidad de todos los demás.

Milo se materializa detrás de él como el santo patrón de la inoportunidad. Lleva las baquetas metidas en el bolsillo trasero y las gafas de pasta gruesa ligeramente torcidas. Me mira, luego mira a Joel, y cuando ninguno de los dos le ofrece una explicación del momento raro, se encoge de hombros.

No es perfecto, pero es lo que tenemos.

Joel da un paso adelante y, antes de que pueda procesar lo que está pasando, me rodea con los brazos.

Es el peor abrazo que he recibido en mi vida: ninguno de los dos sabe dónde poner las manos, la funda del bajo se le resbala del hombro y me golpea la cadera.

Su barbilla me aterriza en la cabeza en un ángulo incómodo. Es horrible, pero está pasando.

Le doy un golpe en la espalda, más fuerte de lo necesario.

—Sigues siendo un cabrón.

Se ríe.

—Sí. Lo sé.

Cuando nos separamos, Milo sigue observando desde la puerta, haciendo girar una baqueta entre los dedos.

La comisura de su boca se eleva. Todos sabemos que no estamos arreglados, porque la brecha filosófica sobre nuestro sonido sigue ahí debajo de la superficie.

Pero por esta noche hemos declarado una tregua.

Le echo un último vistazo a mi reflejo en el espejo cubierto de grafitis.

El delineador es más pintura de guerra que elección estética esta noche.

La chica que me devuelve la mirada sigue pareciendo vacía, pero está de pie.

Has tocado en peores condiciones. Has tocado en Camden.

Puedes hacer esto.

—Hora de salir —digo, y mi voz sale más firme de lo que me siento.

Hacemos el ritual. Es estúpido y supersticioso y lo hacemos antes de cada show. Milo marca el ritmo, dos baquetas contra sus muslos. Joel lo recoge, golpeando la palma contra la funda de su bajo. Yo añado mi voz; no canto, solo un gruñido grave que va creciendo hasta convertirse en algo salvaje.

El gruñido se transforma en un grito —los tres, nuestras voces chocando en un sonido que es puro, sin filtros, deseo. Deseo de importar. Deseo de ser escuchados. Deseo de demostrar que se equivocan todos los cabrones que alguna vez nos descartaron. Dura quizá diez segundos, y luego silencio.

Milo sonríe, feroz.

Joel tiene los ojos brillantes.

Mis manos han dejado de temblar.

—Vamos a reventar esta mierda —digo.

Salimos a la sala principal del Firehouse.

Somos el primer turno de la noche. Los corderos del sacrificio que meten para calentar al público antes de los actos «de verdad».

Pero, a pesar de eso, el local ya se está llenando: universitarios inquietos dándole sorbos a las cervezas más baratas, unos cuantos lugareños en la barra y algunos tipos con pinta de mundillo merodeando cerca de la cabina de sonido.

Todos están aquí para juzgar.

Arrastro mi equipo nuevo al escenario; el amplificador tiene la misma pinta de impostor que tenía en la tienda. Un ampli de estado sólido con modelado digital, negro y reluciente, con más ajustes que el panel de un transbordador espacial y menos alma que una presentación de resultados trimestrales.

Costó más que mi alquiler.

Lo odio.

Pero el odio es simple. El odio es limpio. El odio no me obliga a pensar en mi querido amplificador en manos del enemigo. Las mismas manos que habían recorrido mi cuerpo, descubriendo alegría y asombro, como si las cosas rotas fueran sagradas para él.

Como si yo fuera sagrada para él.

Enchufo con más fuerza de la necesaria y hago una prueba de sonido rápida. Las notas suenan limpias y brillantes, exactamente como se supone que deben sonar, pero tienen la calidez y el carácter de un diagnóstico médico para un resfriado común.

Enhorabuena, tu tono es clínicamente excelente y emocionalmente muerto.

Joel me mira desde el otro lado del escenario.

—Eso suena limpio de cojones, Cass —dice—. Sin zumbido, sin crujido. A los jueces les va a encantar.

—Ya, bueno. —Ajusto la configuración porque necesito algo que hacer con las manos—. No quedaba otra.

—¿Qué pasó con el viejo?

—Lo tiré a la basura. —La mentira sale plana—. Me quemó demasiadas veces.

Siento la mirada de Milo desde detrás de la batería. Cuando levanto la vista, tiene los ojos entrecerrados detrás de esas gafas de pasta gruesa. Sabe que antes me cortaría un dedo que tirar ese Fender, pero no insiste, dejando espacio para que la verdad salga cuando esté lista.

Me giro hacia el amplificador y rasgueo un acorde.

El sonido que sale es… preciso. Afinación perfecta, sustain perfecto, todo perfecto y de la puta madre.

Es como una simulación de música, el equivalente sonoro de besar a alguien que tiene todas las piezas de la boca en su sitio pero no siente absolutamente nada.

Este es el sonido de rendirse.

Obligándome a concentrarme en cualquier cosa menos en el amplificador de mierda, me giro hacia la sala, la guitarra colgando contra mi pecho, y termino de afinar de oído. Entonces mi mirada se engancha en una mesa cerca de la barra, y todo se detiene como en las películas.

Hay tres tíos con chaquetas del equipo de hockey de PBU.

Son imposibles de ignorar: ruidosos, ocupando espacio, irradiando esa confianza fácil que viene de que nunca nadie les ha dicho que no pertenecen a un sitio. Los reconozco al instante, porque son muchos de los mismos de aquella fiesta y de O'Neil's.

Nash está en el centro, ejerciendo su reinado como hacen los guapos, con su eterna sonrisa petulante bien puesta. Stiles está a su lado, el de la boca grande y el pelo engominado en exceso. Y luego está Rook, mirando el móvil con media sonrisa, escribiéndole a alguien que le importa.

Busco a él.

No puedo evitarlo.

Mis ojos barren la mesa, la barra, la puerta —buscando la figura alta con las manos que solían trazar la constelación tatuada en mi cadera como si la estuviera memorizando. Pero no está aquí, y me doy cuenta, por un instante, de que estoy decepcionada.

Pero entonces su voz se repite en mi cabeza.

Nada serio.

Y la armadura se cierra de golpe.

Pues que le jodan.

La parte de mí que sobrevivió a Camden se alza.

Y que miren.

Subo el volumen hasta que la señal limpia empieza a distorsionar. El modelado digital se esfuerza por seguir el ritmo, los algoritmos intentando desesperadamente convertir la fealdad en algo digerible. No puede —no del todo—, y me alegro, porque voy a robarle todo el alma que pueda a esta mierda.

Miro la mesa de los de hockey una última vez. Nash le está diciendo algo a Stiles que los hace reír a los dos. Rook sigue con el móvil. Ninguno mira al escenario, y me pregunto si siquiera saben quién soy y lo que su acoso ayudó a destruir.

Frunzo el labio, memoria muscular y rencor fusionándose en algo funcional. Por un momento tengo dieciséis otra vez, de pie en el pit de mi primer show punk, aprendiendo que la única forma de sobrevivir a que te vean es sacar los codos y ser una perra despiadada.

Y asegurarte de que nadie vea jamás a la de verdad.