Capítulo 14 #2
La dejo con más fuerza de la necesaria, cerámica chocando contra madera, y retomo el ir y venir, un animal enjaulado gastando un surco en el suelo.
Mientras lo hago, encuentro nuevas formas de confirmar que soy un fraude.
Una chapucera. Un desastre sin sofisticación que pasó raspando a base de talento en bruto y ahora está siendo expuesta.
Y lo peor es que tiene razón.
Soy instintiva.
No tengo el vocabulario técnico.
Aprendí música de oído, a base de sentir, robándole la vieja guitarra a mi padrastro.
Nunca tuve clases de piano ni tutores de teoría ni una infancia en la que pudiera «explorar mis dones artísticos» en vez de averiguar cómo comer, y ahora lo estoy pagando.
Porque aunque la universidad —todas las universidades— se llenan la boca hablando de inclusión y equidad, la realidad parece un chiste cruel.
Voy a mi guitarra, mis dedos rozando las curvas. Debería tocar. Tocar siempre ayuda. Es lo único que tiene sentido cuando todo lo demás es caos. Pero cuando la levanto, acunando el peso familiar, las manos no me obedecen.
Me acerco a la ventana, presionando la frente contra el cristal frío. El campus se extiende abajo —estudiantes cruzando la explanada, mochilas al hombro, moviéndose por sus vidas con la confianza fácil de la gente que pertenece— y me siento como una prisionera mirando el mundo desde dentro.
¿Mi crimen?
Fraude.
En este instante de profunda inutilidad, mi cerebro desesperado salta al único momento reciente en que me sentí vista y deseada. Ben. El beso. Se había sentido real y yo me había sentido eléctrica y, durante unos pocos minutos robados, como si no estuviera sola.
¿Y si fue real? ¿Y si pudiera llamarlo y él simplemente… apareciera?
Durante un segundo fugaz, me permito aferrarme a esa posibilidad.
Pero a estas alturas debería saber que la esperanza es la droga más peligrosa, porque me hace vulnerable.
Me hace blanda. Me convierte en el tipo de chica a la que destrozan cuando el chico del que se está enamorando se da cuenta de que no vale la pena.
Ya decidí en la fiesta que el beso tenía que seguir siendo falso, y no puedo recaer ahora, no cuando me siento así de expuesta y rota. Así que me aparto de la ventana, mi reflejo fantasmal en el cristal, dejando que mis instintos cínicos y autoprotectores retomen el control.
Ni hablar. Es ingeniero. Todo líneas limpias y lógica. Construye cosas que funcionan. ¿Por qué mierda te iba a querer a ti?
Mi ampli zumba porque no puedo arreglarlo. Mis presentaciones son «poco sofisticadas» porque nunca aprendí el lenguaje adecuado. Mi habitación es un desastre porque no soy capaz de mantener mi vida en orden ni para lavar la ropa. Mis shows son una carnicería, energía maníaca y desenfrenada.
Todo se junta para demostrar que estoy fundamental e irreparablemente rota y soy caótica de maneras que Ben —alguien que soluciona problemas con precisión metódica, cuyo mundo entero funciona con lógica y orden, que le tiene miedo hasta a su propia sombra— nunca podría entender ni aceptar.
Y si se acercara más, si viera más allá de la actuación y la punki follable cargada de maquillaje y ropa provocativa, vería la misma cosa desordenada y fraudulenta que vio el profesor, que ven todos los tipos, y se iría.
El Fan retrocedió ante mis lágrimas.
El Adicto a la Adrenalina se asqueó de mi miedo.
El Crítico convirtió mi inseguridad en un arma.
Frank me ve como un lastre.
Joel piensa que soy poco profesional.
Y sé con una certeza que retuerce las entrañas que si Ben se acercara más, pasaría lo mismo. Porque con todos estos tipos, el personaje es deseable, pero la persona es un lastre. Esa es la regla, y las reglas no se rompen solo porque quieras.
Pero aun así, hay un parpadeo horrible de esperanza que no consigo matar del todo. Y mientras me hundo en la cama, desesperada por que alguien me abrace y me ayude, agarro el teléfono. Mis dedos flotan sobre la pantalla, una súplica necesitada formándose en mi cabeza.
Pero ¿qué le diría siquiera?
Mira, tenemos que hablar de ese beso.
No.
Ben, te necesito de verdad…
Y una mierda.
Las palabras brillan ahí, a medio formar, una confesión que jamás enviaré.
Porque si le escribo, ¿entonces qué?
Se presenta, ve la zona catastrófica de mi habitación, me observa rayarme hasta convertirme en el desastre ansioso que en realidad soy debajo de la cazadora de cuero y la presencia escénica, y entonces…
¿qué? ¿Decide que le va eso? ¿Decide que la chica desastrosa es justo lo que necesita cuando no puede hablar con chicas normales sin salir corriendo?
No.
Saldrá corriendo.
La Retirada Kellerman.
O, incluso si por algún milagro se queda más de cinco segundos, hará lo que hacen todos. Se dará cuenta de que la fantasía no coincide con la realidad. Y cuando lo haga, dolerá más que con cualquiera de los otros porque me permití tener esperanza.
Lanzo el teléfono sobre la cama, con fuerza, porque al caer la primera lágrima me doy cuenta de que estoy furiosa.
Con el profesor… conmigo misma… claro. Pero también, justo o no —bueno, no— con él.
Porque él y la idea de un nosotros no son un salvavidas.
Es una trampa que me destripará en el segundo en que baje la guardia.
Necesito cortar esto de raíz.
Ya.
Mi determinación se endurece, fría y afilada.
Necesito recordarle —y recordarme— lo que es esto.
Una transacción. Negocios. Él consigue su escudo social, yo consigo mi espantapájaros humano.
Limpio. Simple. Seguro. Así que cuando vuelvo a coger el teléfono, tecleo un mensaje corto que cerrará esta puerta de un portazo para siempre.
Cass: Mañana. O'Neil's. 10:00 p.m.
Frío.
Firme.
Logística.
Pulso enviar antes de poder pensármelo dos veces. El mensaje se envía con un suave silbido. Ya está. Hecho. La línea está trazada. Volvemos al acuerdo, a la transacción segura y sin emociones donde nadie sale herido porque nadie se acerca lo suficiente para hacer daño.
Porque ya estoy bastante dañada.