La Señal Rota (Universidad Pine Barren 6) Capítulo 7
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Capítulo 7

siete

CASS

Caminar hacia South Campus es como cruzar a territorio ocupado.

El aire aquí es distinto al del edificio de Música, que está escondido en el edificio más antiguo, en el rincón más alejado de North Campus, y generalmente poblado por una mezcla variopinta de bohemios, rockeros, pijos y niños bien. Es una mezcla rara, y aun entre esa gente, yo soy la marginada.

¿Pero aquí?

Huele a dinero, y los estudiantes con los que me cruzo parecen sacados de un folleto de admisiones: sudaderas impolutas de PBU, pelo que se ha lavado hoy y mochilas de marca que no se sostienen con cinta adhesiva e imperdibles.

Aquí soy la foto del «antes» en uno de esos montajes de cambio de imagen de películas universitarias, solo que nadie va a venir a arreglarme.

Un grupo de chicas de hermandad cerca de la fuente hacen eso de no mirarte del todo, pero absolutamente verte.

Sus ojos pasan por mis botas militares, mis medias de red rotas, la cazadora de cuero maltrecha que se sostiene por pura fuerza de voluntad y un montón de parches estratégicamente colocados.

Cuando una de ellas le susurra algo a su amiga y las dos se ríen, mantengo la barbilla en alto y el paso firme, la mandíbula apretada en lo que espero que parezca seguridad y no la rabia defensiva que en realidad es, porque llevo recibiendo esas miradas toda mi vida.

Desde la orientadora del instituto que intentó convencerme de no solicitar plaza en la universidad, insistiendo en que Camden Community College sería «más realista» para alguien con mis «antecedentes», hasta el funcionario de ayuda financiera que actuó como si mi beca fuera un error administrativo.

Pero me obligo a ignorar las miradas, porque hoy tengo un trabajo que hacer.

Se llama Ben Kellerman.

El tipo que me va a ayudar a conservar el bolo en el bar de Frank.

Porque si pierdo ese bolo, no nos podemos permitir ensayar. Si no podemos ensayar, Joel se largará a una banda de versiones que toca en bodas, Milo se encogerá de hombros y dirá que ya lo veía venir, y Pinebox se habrá acabado. Y si Pinebox se acaba, ¿qué coño hago yo aquí?

¿De qué sirvió salir de Camden con uñas y dientes, de pasar cuatro años fingiendo que encajo en seminarios de teoría musical donde todos los demás leen a primera vista una partitura de Brahms como si fuera una puta lista de la compra, si todo se derrumba porque unos imbéciles empezaron a repartir puñetazos?

La biblioteca de South Campus aparece delante, todo cristal y acero y esa clase de arrogancia arquitectónica que grita tenemos una dotación del tamaño del PIB de una nación pequeña. Empujo las puertas pesadas y de inmediato oigo el murmullo bajo e industrioso de gente que tiene su vida en orden.

Subo a las salas de estudio del segundo piso, que están metidas entre filas de cubículos y mesas largas donde los estudiantes se atrincheran con apuntes con código de colores y portátiles.

Es territorio extranjero para mí, completamente nuevo a pesar de que llevo años en Pine Barren, pero me han informado, de fuente fiable, de que aquí es donde lo encontraré.

Y así, sin más, lo encuentro.

Está plegado en un cubículo pequeño cerca del fondo, las piernas largas dobladas en un ángulo que parece incómodo, los hombros anchos encorvados sobre un libro de texto. Los rizos le caen sobre los ojos y está mordisqueando la punta de un lápiz, con el ceño fruncido de concentración.

Está completamente absorto en lo que sea que esté leyendo, ajeno al resto del mundo. No se parece en nada al desastre tartamudeante y en pánico que conocí en el bar. Aquí, en este rincón tranquilo de la biblioteca, parece competente y sereno, como si estuviera a gusto consigo mismo.

Mientras me acerco poco a poco, reuniendo valor para soltarle mi propuesta, mis ojos captan el título del libro de texto que tiene delante, y el nombre grabado en dorado en el lomo —Signal Processing and Linear Systems, 3rd Edition— me impacta como si estuviera leyendo un artefacto alienígena.

¿Ingeniería eléctrica?

La imagen que me había construido en la cabeza —machote grande, dulce e inofensivo que probablemente estudia algo fácil como comunicación o gestión deportiva— se hace añicos. Porque ingeniería eléctrica no es el tipo de carrera donde te presentas con resaca a exámenes de opción múltiple.

Son clases a las ocho de la mañana y laboratorios donde un error de cálculo hace que algo explote. Es una carrera donde la mitad de los de primero se dan de baja después del primer examen porque pensaban que ser buenos en matemáticas del instituto iba a ser suficiente.

—Un tipo que puede con eso no debería desmoronarse solo porque una chica le invite a una copa —me susurro—. ¿Cuál es tu problema, Kellerman?

Hora de averiguarlo…

Camino hacia él, y al principio no me nota.

Pero en el momento en que estoy lo bastante cerca para proyectar una sombra sobre su escritorio, su cabeza se levanta de golpe y sus ojos verdes se abren de forma cómica, casi de dibujos animados.

Veo cómo el pánico le inunda la cara como si alguien acabara de activar una alarma de incendios dentro de su cráneo.

Es la misma expresión que tenía en el bar.

Terror puro, sin filtrar.

—Ey —digo, en el mismo tono que usaría para acercarme a un perro asustadizo.

No dice nada. Solo me mira, paralizado, y veo el momento exacto en que su cerebro decide huir.

Sus piernas largas empiezan a desenredarse de debajo del escritorio, las manos aferradas al borde de la mesa como si estuviera a punto de lanzarse fuera de la silla y salir corriendo hacia la salida más cercana.

Ah, no. Ni se te ocurra.

Me muevo rápido, deslizándome frente a su única ruta de escape y apoyando el hombro contra la pared del cubículo, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Le estoy bloqueando el paso con mi cuerpo, lo cual es completamente absurdo considerando que me saca casi treinta centímetros y probablemente unos cuarenta y cinco kilos.

Podría levantarme y apartarme si quisiera. Pero se detiene. De verdad se detiene. No me aparta. No me dice que me mueva. Solo se queda ahí, a medio salir de la silla, mirándome con esos ojos grandes y ansiosos como si lo tuviera de rehén con nada más que mi presencia.

Dios, de verdad eres un golden retriever de metro noventa y tres que probablemente le pide perdón a los muebles cuando se choca con ellos.

—Siéntate —digo.

Y para mi absoluta sorpresa, obedece.

Se deja caer en la silla como si le hubiera tirado de la cuerda, las manos aferradas a los reposabrazos como si se preparara para un aterrizaje de emergencia.

Y me doy cuenta de que este chico es inofensivo.

No de una manera débil. No de una manera que me haga pensar menos de él. Sino de una manera que es… tierna.

Es metro noventa y tres de músculo, y me tiene terror.

Saco la silla frente a él y me siento.

—Tenemos que hablar, grandote —digo.

Traga saliva.

—¿Sobre… sobre el bar?

—Sí. —Me acomodo en la silla, cruzo las piernas e intento proyectar una calma que no siento del todo—. Y sobre una solución a un problema que tenemos los dos.

Solo me mira, con una expresión tan confundida que casi me siento mal por emboscarlo así.

—Yo no… —empieza, y se detiene—. ¿Qué problema?

Dejo que el silencio se estire lo justo para que se remueva en el asiento, y luego voy a la yugular.

—¿Tienes novia, Kellerman?

Parpadea, algo defensivo chispeando en sus ojos antes de que el pánico tome el control.

—¿Quién pregunta eso? —dice, con la voz tensa—. ¿Por qué?

Entonces el rubor empieza en el cuello y le sube hasta la línea del pelo en cuestión de segundos, y su boca se abre y se cierra como un pez boqueando.

—No. Yo…

—Tranquilo —digo, levantando una mano—. No te estoy pidiendo una cita. Te estoy proponiendo un acuerdo mutuamente beneficioso.

Le da vueltas a eso.

—¿Un… qué?

—Para salir.

—¿Eso existe?

—Ahora sí —digo—. Vi cómo te tratan tus compañeros, y me imagino que eso es solo una muestra de la mierda que te comes. Supongo que estás harto, pero a juzgar por cómo saliste corriendo cuando me ofrecí a invitarte a algo, las probabilidades de conseguir una chica y que te dejen en paz son escasas…

Su cara de alguna manera se pone más roja, pero asiente.

—Y yo también tengo un problema —continúo, sin darle tiempo a retirarse—. Un tipo se subió al escenario anoche y me agarró, y hubo una pelea enorme. El local tiene seguridad, pero el dueño dice que si no «controlo a mi público», se acabó, y no puedo perder ese bolo.

Los ojos de Ben se disparan hacia los míos, y por primera vez desde que me senté, parece genuinamente concentrado. Toda su postura cambia, los hombros se le cuadran, y hay algo en su expresión —algo afilado y protector— que me pilla completamente desprevenida.

—¿Te agarró? —dice, y hay un filo en su voz que no esperaba.

—Sí —digo, manteniendo un tono plano, factual—. Lo manejé. Pero a Frank le da igual. Solo quiere que el caos pare, y me lo está cargando a mí.

La mandíbula de Ben se tensa, y puedo verlo procesando todo lo que acabo de contarle detrás de esos ojos verdes.

No solo está escuchando. Está pensando. Analizando.

Es la misma expresión que tenía cuando miraba el libro de texto, como si estuviera repasando las posibles soluciones a un problema complejo.

—Así que esta es mi propuesta —digo, aprovechando mi ventaja—.

Tú necesitas que tus compañeros de equipo te dejen en paz, y yo necesito un elemento disuasorio visible, un «espantapájaros humano» que parezca lo bastante intimidante para que los imbéciles borrachos se lo piensen dos veces antes de intentar algo.

Solo me mira, con una expresión atrapada en algún punto entre la incredulidad y la comprensión incipiente.

—¿Quieres que sea tu… espantapájaros?

Me encojo de hombros.

—Supongo que podríamos llamarlo «novio falso» si quieres que suene menos agrícola… Frank no va a pagar seguridad extra, y yo no puedo permitirme un guardaespaldas. Tú eres gratis.