La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Epílogo — Cuarenta días después
98%

Epílogo — Cuarenta días después

EPÍLOGO

Cuarenta días después

Zona rural del suroeste. Antigua cuenca andaluza.

El cielo entra en su hora más larga del año, la que se queda anaranjada un buen rato antes de decidirse a oscurecer.

Sobre la línea baja del olivar, el aire suelta unos puntos dorados, las primeras luces que se asoman cuando la tarde se sostiene a sí misma.

Tú los conoces. Llevas treinta y nueve atardeceres mirándolos desde el mismo escalón.

Estás en el porche con el saco de lana echado sobre los hombros, el de punto holgado que tejió tu madre antes de quedarse sin manos, el que huele a alacena y a tomillo seco. El cuaderno está abierto sobre las rodillas. El bolígrafo, sostenido entre dos dedos, no se ha movido en diez minutos.

Escribir te ordena la cabeza cuando lo demás no la ordena. Eso lo aprendiste pronto. Pero hoy la cabeza no quiere orden, quiere otra cosa, y el bolígrafo lo sabe antes que tú.

Hace cuarenta días que Alejandro tenía que haber llegado y no llegó.

Hace treinta y tres que dejaste de prepararle las fresas.

Hace veinte que dejaste de cambiar las sábanas, porque las sábanas no se cambian para una persona que no viene.

Hace nueve que ni siquiera abres la ventana del cuarto.

El primer día solo pensaste trabajo, otra demora, otra boya que se cae .

Tampoco el segundo. El tercero te quedaste de pie frente a la ventana de la cocina más rato del que se queda alguien que solo mira. Después dejaste de contar.

El gato del vecino, gris y viejo, está echado en la baranda. Hoy llegó al mediodía y no se ha ido. Tú no lo has tocado, y él tampoco te ha pedido nada.

La cápsula de reparto llega cuando el cielo está más alto en su naranja.

La oyes antes de verla —el zumbido bajo del propulsor descendiendo sobre el sendero, asentándose a tres palmos del suelo sin levantar polvo.

La mensajera baja del compartimento trasero y te entrega el paquete sin mirarte a los ojos.

Apoyas el pulgar en el lector y oyes el chasquido leve de la confirmación.

La mensajera vuelve a subir; la cápsula se eleva y se aleja sobre el olivar antes de que apartes la mano del lector.

Te sientas otra vez en el escalón, apoyas la caja en el regazo y la abres con dos dedos.

Adentro hay una cadena, una placa chamuscada y un aro fino, sin adornos, con la soldadura visible en la cara interior. Soldadura casera. Y un papel pequeño, doblado en cuatro, con tres palabras escritas a mano en una caligrafía que no conoces.

él te quería.

Apoyas las manos en las rodillas. Miras el aro un rato largo.

El metal está frío bajo los dedos. Más frío de lo que debería bajo este sol.

Lo giras una vez, dos. Sientes la cresta pequeña por dentro, la soldadura que él dejó porque no le dio el tiempo para limarla.

No es un anillo bonito. Eso te duele más que si lo fuera.

El bolígrafo, en algún momento, se te resbala entre los dedos. Cae sobre la página del día, sobre el blanco. La punta deja un punto, solo un punto, una herida pequeña y redonda.

El cuaderno se inclina con el movimiento de tus rodillas y resbala despacio del regazo al suelo de madera.

Cae abierto y queda con una esquina sobre el charco que la lluvia de ayer dejó en una depresión del piso, donde la madera se hunde un milímetro y siempre se queda agua.

El papel absorbe el agua sin prisa. Lo ves.

No lo levantas. Por un momento piensas que está bien que se moje.

Algo te cae sobre el dorso de la mano. Una sola gota. La miras un segundo antes de entender que no es de la lluvia. No te llevas la mano a la cara. Dejas que la gota recorra su camino corto entre los nudillos hasta que se la lleva el aire del atardecer.

Después recoges el cuaderno. Lo secas con la manga del saco —la lana absorbe pronto, devuelve un poco de calor a tus dedos. La tinta del punto se ha corrido en una mancha gris muy pequeña, de bordes deshechos. No lo cierras todavía.

El gato se baja de la baranda sin un sonido. Pasa a tu lado, te toca el tobillo con el costado tibio y ronronea bajito, una sola vez, antes de seguir. Cruza el patio y desaparece por la valla del fondo, de vuelta al sitio de donde sale siempre.

El cielo se sostiene en su naranja un minuto más, y los puntos dorados se afirman uno a uno en el mismo lugar donde Alejandro decía que estaban las boyas de frontera cuando te las explicaba con el dedo y la voz de quien se avergüenza un poco de ponerse poeta.

El sol sigue bajando.

Tapas el bolígrafo. Cierras el cuaderno.

❧

Fin del Libro I