La Semilla de Hierro (Hierro y Vacío 1) Capítulo 16 — La que sí llegó a tiempo
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Capítulo 16 — La que sí llegó a tiempo

La que sí llegó a tiempo

La alerta cayó del catálogo Zynari: una luna sin nombre, una señal humanoide que se apagaba. Civil. Sin firma de combate. Las dos cosas que la nodriza cuatro había sido, una vez, cuando Nova tenía el dedo en el disparador.

—Voy a ir —dijo kaelvorn, y Nova ya estaba de pie.

Acoplaron en pocas horas. Del otro lado del casco quedaba un jirón de transmisión que el aparato rindió con medio segundo de retraso: …

once días sin raciones… las crías arden y se apagan…

. Bajó detrás de kaelvorn sin la cinta del Clan, sin casco, sin arma.

El aire lo respiraba un pulmón humano, viciado, con una nota ácida de filtro sin renovar.

Esta gente nunca había estado cerca de nada peligroso. Lo suyo era hambre.

Una mujer mayor le puso en las manos un recipiente sellado de pico estrecho y le señaló un pasillo.

—Los enfermos no llegan al muelle. De a sorbos. Si beben rápido lo devuelven.

Nova asintió. Era una tarea de manos, y las manos sabían.

El pasillo del fondo estaba parchado en lámina sobre lámina, la luz a media potencia.

En los primeros jergones estaban los que aún tragaban.

Una mujer le sostuvo el codo mientras bebía, con la fuerza medida de quien lleva días contando cada gesto.

Un viejo no abría los ojos; Nova le mojó los labios con dos dedos y esperó a que tragara.

El recipiente se le aligeraba en la mano.

En el último jergón, antes de que la luz dejara de llegar, había una cría sola.

La cresta apenas asomada bajo el pelo, envuelta en una manta que le quedaba grande.

Respiraba con un silbido fino. Cuando Nova se arrodilló al lado, abrió los ojos grandes de pupila partida y los fijó en ella sin miedo y sin esperanza, con la calma de quien ya no espera nada de quien llega.

Nova le acercó el pico al labio. La cría bebió un sorbo, dos, despacio.

Una mano pequeña salió de la manta y se cerró sobre el dorso de la de Nova.

No para sujetarse. Para tener algo. Los dedos eran fríos y livianos y no apretaban casi nada, y Nova se quedó así, sin retirar la mano, sosteniendo el peso mínimo de unos dedos en una luna sin nombre.

No disparaba. Sostenía. La diferencia le entró por las manos antes que por la cabeza.

La cría volvió a cerrar los ojos. Seguía respirando. Nova le dejó la mano donde estaba hasta que el silbido se hizo más parejo, y solo entonces la fue soltando, dedo por dedo, para no despertarla.

Cuando volvía por el muelle a llenar el recipiente, miró por fin el casco al que estaban anclados los módulos.

Eran dos. El de abajo era de ellos, una nave vieja desarmada, muerta a la deriva.

Lo otro estaba amarrado a un costado, sellado al flanco para ganar unas paredes más: un fragmento curvo, más oscuro, que no era de esta nave.

Lo reconoció antes de entender que lo estaba reconociendo.

La pared lisa de una cúpula cerrada, sin tronera ni boca de cañón.

Las raíces rígidas y articuladas de las que habían salido las baterías de fase.

El borde por donde el casco se había partido por el medio, en planos limpios, como un tajo de cuchillo.

Lo había visto a través del visor, con la palma sobre el disparador, mientras la nave dejaba de dispararle y una voz intentaba decir algo en un canal que no era de combate.

Era la nodriza cuatro. Un pedazo. Una nave-nodriza civil reconvertida, no un caza, no un arma: el casco que llevaba a esta gente.

Nova lo había abierto por el medio y los fragmentos se habían dispersado en órbita.

Los pocos que alcanzaron una cápsula se trajeron un trozo del casco que los había cargado, para amarrarlo al flanco y tener una pared más.

Muchos de los que bebían de su mano en el pasillo habían salido de ahí.

Los había tenido una vez en una pantalla, del lado limpio del vidrio, como una cifra. Once mil, había dicho la voz prestada de kryx antes de apagarse. Once mil también tenían sus llamas. Una de ellas respiraba con un silbido fino en el último jergón, a treinta pasos de donde Nova estaba parada.

La única que sabía qué intentaba decir aquella nave había muerto en aquella nave, y la pregunta seguía sin respuesta y seguiría. Pero ya no era lo único que le quedaba. Ahora había, además, una luna, un recipiente vacío en la mano, y gente que todavía bebía.

Nova se quedó con la mano en el marco frío de la escotilla, contando para no caerse. Cuatro. Cuatro. Seis. Después volvió adentro a llenar el recipiente otra vez, porque era lo único que las manos podían hacer con eso.

Llegó ayuda del Clan a las pocas horas. A la del último jergón se la llevaron estabilizada, todavía respirando; Nova no supo su nombre, porque nadie se lo dijo y ella no lo pidió.

Volvió a la Arboleda con los nudillos en carne viva, un raspón que no recordaba haberse hecho.

En el bolsillo del pecho seguían las tres cosas de siempre: la chapa del padre, la chapa de Kai, la cuenta con el nombre de Alma.

No había guardado nada nuevo ahí. Y, sin embargo, volvía con más de lo que se había llevado.