Capítulo 15 — La aritmética final #3
A las 23:00 hora terrana estándar, equipos de la Policía Militar del Pentarcado se acoplaron a la Hécate-7 con órdenes de arresto múltiples.
La primera unidad enviada a la cubierta uno no avanzó al primer llamado: pidió que le reconfirmaran por canal la orden de detener a un general en activo antes de moverse.
Tardaron doce minutos en repetírsela. Después subieron.
El equipo asignado a la cubierta uno, despacho del General Orion, golpeó la puerta dos veces, esperó respuesta, y al no recibirla forzó la apertura con código de emergencia.
El oficial de mando entró primero. Se detuvo en el umbral.
Se quitó la gorra sin pensarlo —un gesto militar que el manual de procedimientos no contempla— y la sostuvo contra el pecho durante los tres segundos que tardó en recomponerse.
Después dio la orden, en voz neutra, de sellar para inspección forense. La puerta volvió a cerrarse.
En la cubierta dos, a las 23:04, dos guardias entraron al despacho del teniente comandante Soria Castillo sin golpear.
Soria estaba de pie detrás del escritorio.
No había encendido la pantalla. Tenía las manos planas sobre la mesa fría, una a cada lado del cuerpo, en la posición exacta que Orion le había mandado tomar una hora antes: cerrar la puerta y esperar.
Cuando los guardias dijeron la fórmula del arresto, Soria asintió antes de que terminaran.
Levantó las dos manos a la altura del pecho, las palmas hacia fuera, despacio, para que no hubiera duda de lo que hacían.
No le temblaban. Las había mantenido quietas a propósito todo el rato.
—Sin resistencia —dijo—. Que conste sin resistencia.
El oficial al mando entró detrás de los guardias. Era joven. Tenía el apellido en el parche y la insignia del Pentarcado en el hombro, no la de la Séptima. Soria lo miró a la insignia, no a la cara.
—Pido un momento —dijo Soria—. Antes de que me saquen. Con usted. Treinta segundos.
El oficial midió la sala, la puerta, las manos abiertas del detenido. Hizo un gesto a los guardias y se lo concedió.
Soria bajó las manos hasta apoyar las yemas en el borde del escritorio. Por primera vez en la noche, algo en la mandíbula se le aflojó.
—Tengo una hija —dijo—. Mariana. Doce años. Colonia Providencia. Está en un programa de protección que firmó el General. Quiero que figure en el acta que lo primero que dije, antes que cualquier otra cosa, fue su nombre y dónde está. Para que después nadie pueda usarla para nada.
—Va a figurar —dijo el oficial.
—Lo segundo. —Soria respiró una vez, mal, por la boca—. Voy a declarar. Todo. Esta misma noche, en cuanto haya canal. No voy a esperar a un abogado de la Confederación. La Confederación nos soltó esta tarde. Lo segundo que quiero que conste es que declaro por voluntad.
El oficial no respondió; esperó.
—El General está muerto, ¿verdad? —dijo Soria.
Lo había sabido por el silencio de la cubierta uno, por la forma en que el oficial había entrado sin que nadie diera la novedad por canal—.
La doctrina era suya. Núcleo y borde. La pensó él, la firmó él, la ejecutó él.
Yo firmé lo que me puso delante. Eso también lo voy a decir, y no para taparme.
—Se enderezó. El cuerpo le respondió mejor que dos horas antes—.
Lo voy a decir porque alguien tiene que decir el nombre de quien lo hizo, y él ya no puede.
El oficial inclinó apenas la cabeza. Hizo el gesto. Los guardias se acercaron.
Soria salió de su propio despacho por su propio pie. No miró atrás.
A las 04:00 del día siguiente, había prestado declaración voluntaria ante el tribunal del Pentarcado por canal seguro.
La declaración era completa. Detallada. Incluía nombres, fechas, firmas que nada más Soria conocía, vínculos con Feren, cadenas de mando.
Atribuía en exclusiva al General Orion la formulación de la doctrina núcleo-borde, la decisión y la ejecución estratégica.
Soria, según su propia declaración, había cumplido órdenes.
Feren fue detenido a las 23:18 en su despacho médico, mientras intentaba destruir registros. Se atrincheró brevemente. No habló. Negó todo lo que pudo negar y guardó silencio sobre lo que no.
Carter, en una base lunar de mantenimiento, aceptó la detención sin resistencia a las 06:00 de la mañana siguiente.
Las firmas de personal suspendidas por orden del Pentarcado fueron revisadas en cuarenta y ocho horas. Goldstein y Juanes regresaron a sus puestos en la Séptima al cierre de la semana. Acosta no: su acta de defunción, firmada por Feren semanas atrás, no la revisaba ningún tribunal.
El tribunal del Pentarcado abriría sesión formal en cuatro meses. Para entonces, Nova ya no estaría disponible para testificar.
* * *
Esa noche, en la Arboleda Errante , Nova no supo nada de lo que pasaba en la Hécate. No iba a saberlo hasta mucho después.
Afuera, al otro lado de la coraza Zynari de la Arboleda Errante , los vraaz estaban en algún sitio. Seguían estando. Seguirían estando mañana, la semana próxima, el mes próximo, el año próximo.
Esta noche, Nova había nombrado a uno.