Capítulo 14 — Treinta y Dos Segundos #4
—Halcón-X, ingeniera Maren Jansen al mando: destruido por colisión a alta velocidad contra Cuervo uno a las 03:31:47.
Cuervo uno: pérdida total. Cuervo dos: daño menor en escudo, regresa a base por su medio.
Halcón dos, teniente Reyes al mando: ejecutó salto a las 03:31:52 con firma de drive irregular.
Los analistas estiman desestabilización del campo de salto por el escudo de fase doble activo en el momento de la ignición.
Probabilidad alta de fallo catastrófico de drive en tránsito.
Sin firma de salida en ningún sector monitorizado.
Soria pausó.
—Sin restos a esta hora. El salto no devolvió señal.
Cuando Soria terminó, Orion contempló la pantalla un segundo. Dos. Tres. Las dos firmas en el informe táctico, una marcada con el icono de colisión confirmada, la otra con el icono de salto-sin-retorno, equivalente en lo operativo a baja en combate.
La cara de Orion no cambió mientras escuchaba. La cara de Orion casi nunca cambiaba. La mandíbula se le apretó una sola vez.
Después dijo, sin inflexión:
—Asuntos cerrados.
Apagó la pantalla.
Nova, en la Arboleda, no lo supo. No iba a saberlo hasta mucho después. En ese momento, lo único que sabía era la cuenta tibia en el puño cerrado, la mesa baja con las tres piezas alineadas, la respiración que no le armaba el ritmo, y el hueco en la palma donde una cuarta cosa debería haber estado.
Me dio treinta y dos segundos.
La frase no la dijo en voz alta. La guardó junto con la respiración interrumpida en la consonante, junto con el olor químico del módulo siete, junto con el gesto de los dedos sobre la correa del arnés que no necesitaba ajuste.
La cuenta seguía tibia.
Nova la apretó más fuerte.
Afuera, las estrellas Zynari pasaban por la ventana de la Arboleda en una trayectoria de salto que Nova no entendía y que no le importaba entender esta noche.
* * *
kaelvorn volvió una vez más.
Esta vez no traía nada en las manos. Traía, doblada sobre el antebrazo derecho, una túnica baja de tela gris-azul Zynari, suave, del tipo que los Zynari ofrecían a quien dormía en la Arboleda. La dejó al borde de la mesa baja, cerca de la mano izquierda de Nova, sin tocarla.
— Te preparé un cuarto —tradujo el sistema, con la cadencia lenta de los Zynari—.
Para huéspedes. Está en el nivel ocho. Tiene una cama adaptada a anatomía humana, un baño, agua templada, luz que tú regulas.
No tienes que ir ahora. Puedes quedarte aquí toda la noche si lo prefieres.
Pero el cuarto está, por si decides moverte.
La puerta es automática; solo se abre si tú quieres.
Nova levantó la vista. Le buscó los ojos: no lo había hecho desde que había bajado del Halcón. Los dos pares de ojos verticales, escalonados, que los Zynari tenían, estaban algo más cerrados de lo habitual.
Nova abrió la boca. Las palabras le salieron casi en susurro, con dificultad, y no eran las que ella misma esperaba.
—No tenía adónde ir. —Pausa—. No es seguro estar entre los míos. Y tú me esperabas.
— No te esperaba con esto encima —tradujo el sistema, tras una pausa larga—. Te esperaba con preguntas. Tenía preparadas. Cuando te avisé sobre los vraaz no calculé que vendrías así. Pero estás.
Nova bajó la vista a la cuenta sin nombre.
— Quédate el tiempo que necesites. Aquí los días se cuentan distinto. No tenemos prisa. Mi pueblo tiene mucho que mostrarte y, si me dejas decirlo así, mucho que aprender de lo que tú sepas contarnos. Eso no tiene que ser hoy. Hoy no tiene que ser nada.
No dijo gracias. No tenía la palabra. La palabra estaba en algún sitio lejano, junto con las otras palabras que esa noche habían quedado fuera de alcance.
Asintió. Una vez. Mínimo.
kaelvorn inclinó la cresta. La cresta había empezado a recuperar un matiz dorado entre el azul grave, no mucho, apenas, pero algo. Salió. La puerta se cerró sola detrás.
* * *
Nova se quedó en la sala. Otra hora, quizá dos, sentada en el asiento curvo, con la cuenta apretada en el puño izquierdo y la palma derecha apoyada sobre la mesa al lado de las tres piezas.
La túnica gris-azul descansaba al borde, esperándola sin presión.
En algún momento Nova entendería que esa era otra de las cosas que los Zynari sabían hacer y los humanos no: dejar un objeto cerca de un cuerpo en duelo, sin decir nada, y que ese objeto fuera él mismo una manera de cuidar.
Pero esta noche todavía no entendía eso del todo. Esta noche apenas estaba reuniendo lo que hacía falta para ponerse de pie.
Se puso de pie.
Recogió las tres piezas. Las guardó en el bolsillo del pecho, vacío hasta ahora de cualquier cuarto objeto.
Tomó la túnica con la mano libre. Tomó la cuenta entre los dedos, sin separarla de la palma.
Salió de la sala. Caminó por el pasillo vivo de la Arboleda hasta el nivel ocho.
La puerta del cuarto preparado para ella estaba, en efecto, abierta.
Entró.
La luz era baja, regulable. La cama estaba hecha. Había una jarra con el mismo líquido naranja tibio de antes y un cuenco vacío. Nada más. Nadie esperándola adentro. Ningún diario, ningún espejo, ningún reflejo que le devolviera la cara que tenía en ese momento. Solo el silencio Zynari.
La puerta se cerró sola detrás de ella.
Se sentó en el borde de la cama. La túnica cayó al suelo, no la recogió. Las botas se quedaron puestas. Apoyó la espalda contra la pared. Subió las rodillas al pecho. Apretó la cuenta entre las dos palmas cerradas y permaneció así, mirando un punto cualquiera de la pared.
La noche iba a ser larga.
Era la primera.