Capítulo 14 — Treinta y Dos Segundos #3
Nova cerró la mano vacía. La cerró sobre la ausencia exacta de una cuarta pieza.
El puño estaba cerrado sobre aire. El puño pesaba menos que cuando llevaba una chapa.
Nova notó el no-peso como se nota una temperatura.
Y recién entonces, no antes, no en el salto ni en el silencio del canal, sino ahora, con el puño sobre nada, una cosa se movió en el pecho.
No las lágrimas, todavía no eran las lágrimas.
Una cosa más temprana, más muda, más adentro: Maren ya estaba ahí.
Llevaba años ahí, contra el esternón de Nova, sin chapa y sin firma; en cada cuatro cuatro seis, en cada miel holandesa, en cada gesto exacto que había construido el cuerpo de Nova de a poco.
La palma cerca del bolsillo había sido solo eso: una mano confirmando lo que ya estaba puesto.
Maren se había gastado entera en treinta y dos segundos.
Cerró los ojos.
Intentó respirar cuatro cuatro seis. No pudo.
La cuenta se le armó en la cabeza, uno, dos, tres, cuatro, y ahí se detuvo.
La siguiente respiración no llegó. Nova esperó.
La siguiente tampoco. Nova tomó aire como tomaría aire alguien que no sabe tomar aire, en una bocanada corta, irregular.
Lo soltó. Lo volvió a tomar. Lo soltó. No estaba respirando cuatro cuatro seis.
Estaba respirando mal. Estaba respirando porque tenía que.
Quiso usar entonces el protocolo que Maren le había enseñado, y se le escapó, porque no lo tenía.
No lo tenía porque no lo había respirado solo nunca.
Siempre lo había respirado con Maren en algún sitio, aunque Maren estuviera a tres cubiertas de distancia, aunque Maren estuviera durmiendo.
La respiración había sido siempre para Maren. Ahora no había para quién. Respiró mal.
Siguió respirando mal.
El pie izquierdo se le había dormido bajo el peso del otro. La nariz le moqueaba sin permiso. Una luz del techo Zynari parpadeó en una secuencia que Nova no entendió, recalibración o ritmo natural de la nave, y se calmó. El cuerpo de Nova seguía siendo un cuerpo aunque ella no se lo pidiera.
Después abrió los ojos. Las tres piezas seguían sobre la mesa baja, donde las había puesto. Las tocó con la yema del índice, una a una. Frías las chapas. Tibia la semilla. Existían.
* * *
kaelvorn volvió después de un rato.
No tocó la puerta. Se abrió la puerta y él entró.
Tenía la cresta todavía apagada en ese azul grave.
Llevaba en las dos manos largas algo menudo, pero no lo dejó todavía.
No se acercó a la mesa. Se sentó en el suelo, al lado del asiento curvo de Nova, con las piernas Zynari plegadas en una postura que en humanos hubiera sido imposible.
Miró al frente, no a Nova: los dos estaban sentados frente a la misma cosa, mirándola.
Estuvieron así un rato. Nova no contó. kaelvorn tampoco.
El traductor Zynari de la Arboleda, más preciso que el de bolsillo, recogió las primeras palabras que kaelvorn dijo, graves y bajas, y las pasó al castellano con la suavidad cuidadosa de quien ofrece algo sin saber del todo qué dolor está cubriendo.
— También yo perdí a alguien, hace mucho. La cresta sigue aprendiendo a no esperarla. No te voy a decir el nombre esta noche. No te toca cargar el mío. Pero quiero que sepas que el sitio en que estás sentada lo conozco.
Nova lo oyó. No respondió. No tenía con qué.
— Te traje una cosa. La dejo aquí, al lado de las tuyas.
kaelvorn se incorporó con la lentitud Zynari habitual. Depositó sobre la mesa, al lado de las tres piezas de Nova, un objeto.
Una cuenta de cristal.
Una cuenta de cristal Zynari. Pequeña, del tamaño de la falange superior del meñique de Nova, translúcida, con una coloración interna que cambiaba según cómo le daba la luz: a ratos azul pálido, a ratos blanco, a ratos con un matiz dorado muy leve.
La cuenta tenía un orificio pequeño en el centro, no muy distinto al orificio de una cuenta de collar humana.
— Es una cuenta de mi pueblo. Para los que perdimos. La dejo aquí. Si tienes a alguien que nombrar, ahora o después, la cuenta lo recibe. Si no, también está bien. Está aquí.
Nova contempló la cuenta.
No dijo nada.
kaelvorn no insistió. No preguntó. No nombró a nadie él tampoco: los Zynari no preguntaban por los muertos del otro, esperaban que el otro los pusiera sobre la mesa, si los iba a poner.
Siguió de pie al lado de la mesa, con la cresta apagada en azul grave, esperando con esa paciencia vertical que los Zynari tenían y que nada en la cultura humana alcanzaba a nombrar.
Nova estiró la mano. Tomó la cuenta. La apretó en el puño cerrado.
La cuenta era fría al principio. Después, con el calor de la palma, se fue templando.
Al minuto, estaba tibia. Al minuto y medio, tenía la misma temperatura que la semilla de hierro.
Nova las tocó con el pulgar, una junto a la otra.
Semilla y cuenta. Dos cosas tibias entre los dedos de Nova. No habló.
No iba a hablar esa noche. No iba a nombrar a nadie esa noche. La cuenta estaba en la palma, eso bastaba; el primer nombre todavía no estaba listo para salir. kaelvorn entendió sin preguntar. Los Zynari respetaban las pausas. Las semanas vendrían, y el nombre también.
kaelvorn se inclinó un poco. Salió. La puerta se cerró.
Nova quedó sola otra vez.
Apretó la cuenta en el puño. Afuera, la Arboleda Errante ya había saltado a coordenadas Zynari profundas, Nova lo había notado a medias, por una vibración en el asiento que su cuerpo de piloto reconocía en automático. La flota terrana quedaba detrás.
En la Hécate-7 , en el despacho de Orion, Soria entraba en ese instante con un informe en la tableta. Leía el informe en tono bajo. Orion lo escuchaba con la cara que no cambiaba nunca.