Capítulo 14 — Treinta y Dos Segundos #2
El rumor distante de un motor de interceptor obsoleto.
El sonido grave, mal mantenido, de un drive de Halcón-X empujado más allá de su parámetro nominal.
Y, al mismo tiempo, en la pantalla táctica, detrás de los dos rombos rojos de los Cuervos, una tercera firma, más pequeña y más vieja, apareció sin clasificar.
Nova bajó los ojos al panel. El tag automático estaba marcando, en letra tenue, Halcón-X / S-33295 .
Un sonido y un código que Nova reconoció a la vez.
En la academia había entrenado en simuladores con ese mismo perfil de audio, con ese mismo número de serie.
Maren estaba volando. Volaba detrás de los Cuervos, en algún punto del espacio, con las manos (las manos que hacían té con miel, que ajustaban correas innecesarias, que se manchaban de modo permanente de aceite) sobre una palanca que no había tocado en veinte años.
—Maren —dijo Nova, en el canal—. Maren, vuelve.
Maren no respondió.
Por el canal abierto, el drive del Halcón-X subió de tono. Maren había acelerado al máximo. Maren no estaba huyendo. Estaba cerrando.
El Halcón-X de Maren había cruzado el cono de aproximación del primer Cuervo, no en evasión, en trayectoria recta.
Maren había calculado el ángulo. La colisión iba a darse en cuatro segundos.
La colisión sacaba al Cuervo uno de juego.
El Cuervo dos, sin su flanco, tendría que reordenarse antes de tener disparo limpio.
Treinta y dos segundos era lo que Nova necesitaba para terminar la precarga y ejecutar el salto.
El Cuervo dos seguiría disparando, eso Maren no podía evitarlo, pero su línea ya no era limpia, y el escudo de fase doble, si Nova lo activaba a tiempo, aguantaría.
Nova activó escudo de fase doble. Tecla Ro. Dos pulsos. Confirmación con pulgar.
Los pulsos del Cuervo dos llegaron contra el escudo. Rebotaron. Otro pulso. Rebotó. El escudo aguantaba lo que tenía que aguantar.
En el instante en que el Halcón-X cerraba la última fracción contra el Cuervo uno, en el canal privado entró el último sonido. No una palabra. Un sonido. Una respiración. Cuatro. Cuatro. Se-
La i no llegó.
La respiración se interrumpió entre la e y la i . No en la vocal, que habría sonado a suspiro. En el hueco previo, donde el sonido todavía no es sonido. El sonido quedó atrapado adentro. La respiración quedó atrapada adentro.
El drive del Halcón dos terminó la precarga.
Nova ejecutó el salto.
* * *
El exterior de la cabina se volvió negro. No el del espacio. El negro profundo del salto, sin estrellas, sin puntos de referencia, sin nada. Durante los siguientes veintitrés minutos, Nova iba a estar fuera del mundo.
Veintitrés minutos en los que no iba a poder hacer nada.
Veintitrés minutos en los que el silencio del canal, cerrado por el drive, iba a sostener el último sonido de Maren atrapado entre dos sílabas, sin avanzar, sin terminar.
Nova no cerró el canal. El drive lo había cerrado por ella.
* * *
Nova salió del salto a las 03:54:52.
Los indicadores de drive cayeron a verde.
El exterior recuperó las estrellas, una constelación que Nova no reconoció, porque no era parte de ningún mapa humano estándar, pero que estaba en una de las cuatro coordenadas marcadas de la semilla.
A mil ochocientos kilómetros de distancia, un cuerpo luminoso de baja intensidad que Nova identificó, por el patrón: la silueta exterior de la Arboleda Errante . La Arboleda estaba en posición.
La Arboleda Errante abrió uno de sus acoples laterales en el instante preciso. Nova alineó el Halcón. Se dejó llevar. El acople la recogió con la lentitud de pétalo que Nova conocía, una lentitud que esta vez le pareció insoportable. El hangar Zynari se cerró detrás de ella.
Nova abrió el casco.
* * *
Adentro de la Arboleda, las luces de los pasillos vivos de los Zynari estaban en tono bajo.
kaelvorn esperaba al lado del acople. La cresta ósea, expuesta como siempre, estaba brillando con una intensidad que Nova no había visto antes, más azul que dorada, más apagada, más grave.
Los Zynari no lloraban con los ojos. Los Zynari cambiaban el color de la cresta.
Bajó del Halcón. No corrió. Caminó.
kaelvorn no dijo nada al principio. Vio el casco que Nova llevaba en la mano izquierda.
Vio la cara, y el silencio detrás. Algo grave había pasado, aunque kaelvorn no podía saber todavía qué era: a la Arboleda no había llegado ninguna señal del Halcón-X, nada más el código de salto del Halcón de Nova entrando solo en su acople.
Pero los Zynari leían los cuerpos antes que los hechos, y este cuerpo decía algo que kaelvorn ya había leído antes, en otros cuerpos, en cuerpos de su propio pueblo.
No preguntó. La tomó del brazo izquierdo con los dos dedos largos, no por respeto, por sostén, con la firmeza de quien entiende que un cuerpo recién salido de algo puede caerse si no lo agarran.
La condujo por un pasillo interior. Nova caminó.
Los pies se movieron. Las rodillas no se doblaron.
El cuerpo funcionó. Otra parte del cuerpo, en paralelo, no funcionó y no iba a funcionar.
kaelvorn la llevó a una sala estrecha.
La sala tenía una mesa baja de material Zynari, oscuro, pulido, con vetas iridiscentes, un asiento curvo adaptado a anatomía humana, que alguien, en algún momento, había preparado pensando que Nova podría necesitarlo, y un recipiente bajo con un líquido tibio, naranja pálido, que despedía un aroma vegetal seco, levemente amargo.
Era lo que los Zynari ofrecían a quien recién llegaba, en lugar de agua.
Nada más. Las paredes eran lisas. La luz era baja.
El aire olía a helecho y a algo de dulzor.
kaelvorn le indicó el asiento. Nova se sentó.
kaelvorn salió de la sala. Cerró la puerta detrás de sí. Nova quedó sola.
* * *
Nova no habló.
Durante un tiempo que no pudo medir, que más tarde, reconstruyendo, iba a calcular en unos veinte minutos, pero que mientras ocurría fue indistinguible de la eternidad, Nova se quedó sentada en el asiento curvo de la Arboleda Errante , con las manos apoyadas sobre la mesa baja, mirando al frente. A la pared lisa. A nada.
Después, con la lentitud de un protocolo que hacía en piloto automático y que por eso pudo hacerse, Nova abrió el cierre hermético del bolsillo del pecho. Sacó los objetos.
Los puso sobre la mesa baja.
Primero la chapa de su padre. Lisa, pulida, con la muesca en la esquina inferior izquierda.
Segundo la chapa de Kai Morales, K. Pequeña, delgada, con el nombre grabado en letra estándar de academia.
Tercero la semilla de hierro. Oscura, tibia, con la geometría dodecaédrica visible cuando la luz le daba de cierto modo.
Después, el cristal Kelso-4 y las dos copias de datos. Los dejó a un lado, en un grupo distinto. No iban ahí. Los guardó de nuevo en el bolsillo después de contarlos. Los datos eran útiles, iban a cumplir una función. En ese momento, no eran el objeto.
El objeto eran las tres primeras piezas.
Padre. Kai Morales. Semilla. Tres.
Nova las contó.
Después se acordó del gesto.
El gesto de Maren en el módulo siete, tres horas antes, cuando le había metido los dedos debajo de la correa del arnés y había pasado la palma muy cerca del bolsillo interior.
Sin tocarlo. Pero cerca. Más cerca de lo que un simple ajuste de correa requería.
Maren no hacía gestos vacíos. Maren no hacía nada vacío.
Nova metió la mano en el bolsillo interior del traje.
Lo había abierto un momento antes para sacar las tres piezas, al volumen de lo que sabía que estaba ahí; no había buscado lo que no esperaba.
Ahora sí. Pasó los dedos por la costura interna, por la esquina inferior, por el pliegue donde la tela se doblaba sobre sí misma, donde a veces un objeto pequeño podía deslizarse sin notarse.
Sacó el cristal Kelso-4. Sacó las dos copias de datos.
Las puso sobre la mesa. Volvió a meter la mano.
Buscó. Buscó más adentro. Buscó como quien sabe que algo tiene que estar ahí, porque si no estuviera, una cosa se rompía.
El bolsillo estaba vacío.
Vacío del todo. Vacío como debía estar antes de que Maren pasara la palma. Como había estado siempre.
Nova sacó la mano. La examinó. La palma izquierda abierta, donde una cuarta cosa debería haber estado. Una cuarta chapa, un cuarto objeto, una cuarta pieza para cargar. Algo del tamaño de un dedo. Algo del peso de una moneda. Algo. Cualquier cosa.
No la había.
Maren no había dejado chapa. Los ingenieros jefes de la Séptima no llevaban chapa de identificación al pecho, la llevaban en el cinturón, integrada al equipo de servicio.
La chapa de Maren, en este momento, estaba en algún punto del espacio a miles de kilómetros, fragmentada en partículas junto con el resto del Halcón-X, convirtiéndose en polvo junto con el cuerpo que la había llevado.
Y Maren tampoco le había metido nada en el bolsillo durante el gesto del arnés.
La palma había pasado cerca, no había tocado, no había dejado.
Nova no tenía nada de Maren. Ni una pieza de aleación, ni un cuaderno, ni una foto, ni una carta sellada con para leer después .
Ni el pequeño peso material que un cuerpo puede dejar a otro cuerpo cuando los dos saben que uno se va a quedar.
El gesto del arnés había sido solo eso. Una palma que pasaba cerca y se iba.
Maren se había llevado todo.
Incluso a sí misma.