Capítulo 14 — Treinta y Dos Segundos
Treinta y Dos Segundos
Maren estaba en el banco.
Los goggles tácticos sobre la frente, como siempre.
El uniforme de trabajo manchado de aceite en la zona de las muñecas.
Un jarro térmico a su derecha, vacío, seco, abandonado hacía dos horas.
Una tableta en la mano, donde corrían líneas de código de calibración a una velocidad que Nova no podía seguir.
Maren no levantó la cabeza cuando entró Nova. Siguió tecleando.
—Llegas a tiempo —dijo Maren.
—Siempre llego a tiempo.
—Casi siempre.
Nova entró. Cerró la puerta y se quedó de pie al lado del banco.
Llevaba el traje de vuelo encima del uniforme interior reglamentario.
Contra el pecho, el bolsillo interior del traje cargaba los tres objetos habituales más el cristal Kelso-4 y las dos copias de datos que Maren había extraído del filtro de humedad una hora atrás.
Era la primera vez desde la noche en que Maren lo escondió que el cristal Kelso-4 no estaba detrás del moho.
—Respira —dijo Maren, sin mirarla—. Estás reteniendo.
Nova respiró. Cuatro cuatro seis.
—Otra vez —dijo Maren.
Nova respiró otra vez.
Había un olor en el módulo siete que Nova no podía identificar. No había estado otras noches. Un olor leve, como a lubricante nuevo mezclado con algo más cálido. Nova lo archivó sin tratar de entenderlo. Iba a pasar el resto de su vida intentando recordarlo.
—Listo —dijo Maren—. Halcón dos calibrado. Coordenadas Zynari cargadas en el drive. Vector preprogramado a noventa mil kilómetros del perímetro: a esa distancia el drive te abre ventana de salto. La precarga arranca sola en cuanto llegues al punto. Tarda dos minutos. ¿Entendido?
—Entendido.
—El salto te pone a veintitrés minutos del último punto donde apareció el contacto Zynari. —Maren se quedó mirándola un momento—. ¿Crees que van a seguir ahí?
—No sé. Lo siento.
—Eso es lo único que tengo yo también. —Pausa—. Cuando salgas del salto, mantén el escudo de fase activo en máxima potencia. Nivel doble si la cabina te lo permite. ¿Recuerdas cómo se activa el doble?
—Tecla Ro. Dos pulsos. Confirma con pulgar.
—Bien. Si están, te van a recoger. Si no, viras y vuelves antes de que te alcancen. Anda ya.
Nova no se movió.
Maren terminó de teclear la última línea de código, guardó la configuración y dejó la tableta sobre el banco. Giró el torso y se puso frente a Nova.
Durante tres segundos, ninguna de las dos habló.
Maren levantó una mano. Alargó los dedos hasta la correa que cruzaba el hombro izquierdo del traje de vuelo de Nova, la correa del arnés de emergencia, la que en teoría afirmaba el pecho de Nova en caso de evacuación de cabina.
La correa estaba bien ajustada. No necesitaba ajuste.
Maren igual metió los dedos debajo, pasó la palma muy cerca del bolsillo interior, sin tocarlo, y la volvió a sacar.
Movió un milímetro la correa. La volvió a dejar en su sitio. Un gesto que apenas parecía vacío.
Nova alzó el brazo derecho. Le tocó a Maren el codo. Cuatro dedos sobre el hueso del codo, una presión breve, una presión que había aprendido de Maren hacía meses sin saber cuándo la iba a devolver. Maren asintió, mínimo.
Las dos manos bajaron al mismo tiempo. Maren giró el torso otra vez hacia el banco.
—Vete.
Nova se encaminó a la puerta.
—Reyes.
Nova se detuvo.
—Saltas en cuanto se abra la ventana. No te pares por nada. ¿Entendido?
—Entendido.
Salió.
* * *
A las 03:14 Nova despegó.
El Halcón dos salió del hangar principal de la Hécate-7 con el perfil de una patrulla rutinaria.
Los sensores de salida reportaron los parámetros esperados: vector 9-Sur, carga de combustible estándar, firma térmica normal, autorización registrada bajo código de reconocimiento regular.
La operadora de turno, una teniente de logística que Nova no conocía, le confirmó el paso por el canal automático.
Nova respondió con la fórmula estándar. Salió.
El hangar cerró las compuertas detrás de ella.
El espacio se abrió.
Nova avanzó en vector 9-Sur durante seis minutos.
Los motores a potencia de patrulla. El visor mostrando la estrella más cercana, una enana blanca catalogada en los mapas humanos como CT-7746-A, completamente irrelevante en lo operativo, y la curvatura de un campo de polvo lejano.
Adentro de la cabina, el aire tenía la temperatura estándar.
El asiento tenía la forma habitual. Las manos sobre la palanca sabían lo que tenían que saber.
Pero Nova no estaba allí.
La parte del cerebro que pilotaba estaba allí.
La otra parte, la que contaba respiraciones, sentía el bolsillo del pecho apretado contra la piel, sabía que el módulo siete quedaba detrás con una mujer sola de cuarenta y un años calibrando falsas señales de combate en pantallas que nadie iba a mirar a tiempo, esa parte no estaba en la cabina.
Esa parte estaba todavía en el módulo siete.
Nova avanzó hacia el punto de salto programado.
A los tres minutos del despegue, el canal abierto se encendió. La voz del operador de turno, joven, profesional:
— Halcón dos, Reyes. Hangar Hécate. Su vector reporta desviación de la patrulla de 9-Sur. Confirme corrección.
Nova no respondió.
Casi al instante, otra voz entró pisando la del operador, mucho más alta:
— Halcón dos, ¿quién carajos le autorizó cambiar de vector? Aquí Soria desde el puente. Confirme y regrese ahora.
El dedo de Nova no se acercó al canal de respuesta.
A los cuatro:
— Reyes, ¿me oye? ¡Reyes! Esto es orden directa. Regrese a base. ¡No me obligue a despachar interceptores!
Nova mantuvo motores. El punto de salto, a ocho minutos.
A los cinco:
— Reyes, hija de puta, sé que me escuchas. Sé que estás ahí y que no te da la puta gana de contestarme. Esto se eleva a corte marcial. ¡Cuervo uno y dos en pista! Reyes, te juro que—
La voz se cortó. Volvió quince segundos después, más controlada, más fría:
— Halcón dos. Cuervo uno y dos despachados. Reyes, lo que está haciendo se llama deserción. No es avería. No es pánico. Sabe lo que está haciendo. Yo también. Es la última. Vire y la cubro en lo que pueda. No vire y la entrego entera.
Nova alcanzó el punto. La precarga arrancó sola en cuanto el Halcón cruzó la marca de los noventa mil kilómetros. Cuatro minutos.
Las palabras de Soria le entraban con el retraso de las cosas que llegan desde detrás del vidrio. La parte de la cabeza que pilotaba sostenía vector. La otra parte contaba: dos minutos para terminar la precarga, tres para los Cuervos. La aritmética era estrecha pero no imposible.
* * *
En la Hécate-7 , en el módulo siete, Maren había estado mirando su pantalla desde que Nova despegó.
Oyó las llamadas de Soria. Vio a Nova no responder. Algo se movió en el hangar lateral, el que llevaba meses sin actividad. Cápsulas Cuervo. Maren las había visto antes.
Maren no esperó a verlos despegar.
Cerró el módulo y caminó hacia la puerta lateral, la que daba al pasillo de servicio. Caminaba rápido, no corría: una ingeniera jefa corriendo por un pasillo a las 03:20 era la imagen exacta que se quedaba grabada en cinta.
Llegó al hangar secundario de pruebas. El Halcón-X estaba donde había estado siempre. Catorce años de cuatro horas trimestrales de simulador con esa nave, sin saber para qué. El reflejo seguía ahí.
Subió. Encendió motores. La compuerta se abrió.
Despegó dos minutos después que los Cuervos. Llevaba veinte años sin volar en combate.
Las manos se acordaban.
* * *
A los quince minutos del despegue, los Cuervos entraron en la pantalla de Nova. Dos firmas pesadas, treinta mil kilómetros atrás, cerrando rápido. Modelos que Nova nunca había visto. Drive militar de mando directo, no del comandante de pilotos.
El drive de Nova marcaba precarga al sesenta por ciento. Un minuto y medio para el salto.
— Halcón dos. Última oportunidad. Regrese.
Nova no respondió.
A los dieciséis minutos, los Cuervos a quince mil kilómetros. Drive al ochenta.
A los dieciséis y medio, Cuervos a siete mil. El primero alineó vector de tiro. En el visor de Nova apareció el rombo amarillo del apuntador.
Y entonces, en el canal privado, entró otra firma. Más pequeña. Más vieja. No detrás de Nova: detrás de los Cuervos. Acelerando al máximo desde la Hécate.
— Sigue cargando. No te detengas. Voy a ganarte un par de minutos. Tú no pares.
—¿Maren?
— Treinta y dos segundos, chiquilla. Es lo que necesito. Suficiente para que termines la precarga. Suficiente para que vivas.
—Maren, vuelve a la nave. Vuelve a la—
— No oigo bien tu transmisión, Reyes. Última lectura: treinta y dos segundos. Cuatro cuatro seis. Te quiero. Sal del salto.
La frase entró en los oídos de Nova con un tono que Nova no había escuchado nunca en la voz de Maren.
No era el tono del cariño declarativo. No era el tono del chiquilla con arrepentimiento posterior.
Era un registro de ingeniera —el mismo registro exacto que Maren usaba cuando leía una cifra de un manual técnico, cuando confirmaba un parámetro, cuando verificaba que una medida era la que tenía que ser—.
Te quiero lo había dicho como quien dice nivel de oxígeno confirmado o rodamiento dentro de especificación : dato verificado, parte del mundo físico, no renegociable.
Las cuatro cuatro seis también las había dicho así.
Detrás de la voz de Maren, en el canal abierto, entró otra cosa.