Capítulo 12 — La Puerta Desde Dentro #3
Nova ejecutó. La formación se replegó en cuña inversa: Nova al frente, Kessler atrás, los demás en escalera.
El Tordo lanzó cinco cápsulas de salvamento por el lado contrario al anillo; la tripulación principal a bordo en cuestión de minutos, la nave abandonada como cuerpo a la deriva.
aethon no persiguió. Lanzó dos haces más mientras los Halcones se alejaban.
Uno alcanzó al Halcón de Kessler en el ala derecha, le abrió un costado del fuselaje pero no la cabina.
Kessler aguantó. Salió con daño. No se reportó hasta que el escuadrón estuvo fuera del rango de fuego.
aethon quedó atrás. Activo, los anillos en rotación y las luces pulsando, herido por dentro pero no apagado, orbitando el agujero negro pequeño que lo había escondido durante milenios y que iba a seguir escondiéndolo cuando esto terminara.
Los Halcones se reagruparon en formación de salto.
Las cinco cápsulas del Tordo fueron recogidas por el Tormenta-3 .
Blackwood, con el ala raspada por un fragmento de aethon pero la cabina intacta, llegó al punto de salto junto con los demás.
Caldeira no llegó. Su Halcón seis quedó atrás, a la deriva, junto al casco vacío del Tordo .
A Caldeira lo dejaron donde estaba; no había a quién sacar.
* * *
Nova no lloró durante el salto.
Durante los catorce minutos del salto de regreso, estuvo en su cabina con los ojos cerrados, las manos sobre la palanca, la respiración intentando armar una cuenta. Cuatro. Cuatro. Seis. Cuatro. Cuatro.
La cuarta nota no vino. Tampoco la que la sostenía.
Las cuatro notas que Kai Morales había dejado sin terminar el día de Prometeo, las cuatro notas que Nova había usado durante semanas como una columna interna, esas cuatro notas tampoco vinieron.
Nova intentó tararear. Dos. Tres. La cuarta atravesada.
Pero la cuarta atravesada esta vez no esperó.
Se cortó de un tajo de cable. Sin nota suspendida, sin promesa. Nada.
Nova abrió los ojos.
Una intermitencia leve cruzó el canal privado: Maren lo abría y lo cerraba, decidía no hablar y volvía a decidir. Al rato sí habló.
—Reyes.
—Aquí.
—Las palabras de aethon están en el registro de combate. Firma terrana, abierta desde dentro. Las puedo proteger durante setenta y dos horas antes de que las marquen como clasificadas. Después, las borran o las archivan a nivel siete. ¿Quieres que las copie?
—Sí. Y prepara una segunda copia para fuera de la flota.
Maren tardó un segundo en responder.
—¿Para quién?
—Todavía no lo sé. Pero la voy a saber.
Maren no insistió.
—Hecho —dijo Maren—. Ya lo estoy copiando. La copia primaria, en el cristal Kelso-4, junto al resto. La copia secundaria, en formato civil, junto a la otra. Las dos detrás del moho. ¿Te encuentras bien?
Nova contempló el negro frente a la cabina: el del salto, no el normal, una oscuridad más profunda que la del espacio.
—Caldeira tenía treinta y cinco años, Maren. Diez años de vuelo.
—Lo sé.
—aethon estaba preguntando.
—Sí.
—Estaba preguntando a alguien.
—Sí.
—Y la orden bajó por cadena. Dispararle antes de que terminara la frase.
Maren no respondió. El silencio se quedó en el canal. Nova lo dejó. Después de medio minuto, Maren habló de nuevo, esta vez muy bajo.
—Reyes. Cuando volvamos a la nave, no vengas a ingeniería esta noche.
Ni mañana. Mantente visible en zonas comunes.
Come en el comedor. Haz tu turno completo.
Que te vean. La auditoría estaba caliente.
Lo de hoy la va a poner al rojo. Vas a tener gente mirándote. No me visites hasta que yo te avise.
—Maren.
—Es así, Reyes. Lo sabes.
—Lo sé.
—Y otra cosa.
—Dime.
—Cuando esto se mueva, y se va a mover, no va a haber tiempo para discutir. Vas a tener que confiar en lo que yo te diga sin preguntar. ¿Sí?
Nova cerró los ojos.
—Sí.
—Bien.
El canal se cerró. Nova quedó sola en el negro del salto, con la respiración intentando armar una cuenta que ya no se armaba, con el bolsillo del pecho pesando tres objetos (semilla, chapa de su padre, chapa de Kai Morales) que ahora pesaban más: Caldeira, aethon, y una palabra sola que todavía no podía pronunciar y que tenía forma de nombre humano.
La Séptima salió del salto en el sector de regreso a las 17:42.
Nova entró el Halcón al hangar a las 17:51: el Halcón uno, no el suyo; Soria le había asignado punta de lanza en el último briefing y el cambio quedaría en bitácora hasta el cierre del informe.
Mañana volvería al Halcón dos, su nave habitual.
Bajó del Halcón, dejó el casco en el soporte del hangar y caminó al pasillo.
En el camarote se quitó el traje y se puso el uniforme de servicio.
En el pasillo de la cubierta dos, camino al comedor, Nova se cruzó con Kessler.
Él venía de sentido opuesto, con el uniforme de combate todavía puesto, la mandíbula tensa.
Los dos cruzaron al mismo tiempo, cada uno pisando el centro del pasillo, y al pasar uno al lado del otro Kessler hizo el saludo regular de oficial superior con una brevedad que parecía protocolar y que, Nova sintió después, no lo era.
Kessler le sostuvo la mirada un segundo más del protocolo.
Cuando Nova se dio la vuelta, Kessler dijo, en voz más baja de lo que hacía falta, en un canal privado que Kessler no debería haber tenido activo entre oficiales:
—Reyes. Si esto se desploma, tú vuelas primero. Órdenes o no. Nadie arriba va a saber qué urge.
Nova no respondió. No tenía que responder. Kessler volvió a su postura de líder de escuadrón antes de que el pasillo completara el siguiente metro. Pero lo había dicho. Y Nova lo registró.
Antes del comedor, en el tramo norte de la misma cubierta, Nova cruzó también con Peralta.
Peralta no hizo saludo. Bajó un poco la mirada, buscando algo en el suelo que no había, y Nova entendió que buscaba la mirada sin sostenerla.
Al pasar, sin detenerse, Peralta soltó por encima del hombro, casi sin mover los labios, una sola frase:
—Si me llaman, Reyes, no me busques.
No esperó respuesta. Siguió. Nova no le preguntó adónde iba. Era un pasillo con una sola dirección a esa hora, y la dirección era el puente del General.
Bajó al comedor. Comió. Era visible.