Capítulo 11 — La Auditoría #3
A los cuarenta minutos de decodificación lenta, en una capa más profunda, apareció algo distinto.
Un fragmento de audio. Maren lo extrajo y lo reprodujo en altavoz bajo.
Era un canto. Una sola voz Zynari, de un tono medio, sosteniendo una nota durante doce segundos y luego pasando a otra y luego a otra, sin acompañamiento, sin instrumento, apenas la voz desnuda en una secuencia melódica que no se parecía a nada humano y tampoco a la transmisión Zynari que kaelvorn les había enviado.
Era más antiguo y más pulido; era música que llevaba milenios.
Nova bajó los párpados para escucharlo.
Cuando el fragmento terminó, las dos se quedaron en silencio. El terminal seguía pitando. Maren no movió la mano. Después de un rato, sin decir nada, recuperó el control y guardó el fragmento en un archivo aparte.
—Sigamos —dijo Maren.
—Sigamos.
A los noventa minutos, más abajo, enterrada, Maren reconoció una huella que no debía estar: equipo militar humano, de años atrás, de los que había visto nombrar en informes de Marte. Se quedó un segundo con el destornillador quieto. La marcó y siguió: eso era de otro día.
Y una rareza que no supo dónde poner. El cristal, al leerlo, contestaba con pequeños tropiezos que la materia normal no tiene, como si parte de lo que guardaba no obedeciera del todo a las reglas. No tenía palabra para eso. Lo escribió tal cual y pasó de largo.
* * *
Encontraron lo demás dos horas después.
Maren llevaba un rato intentando acceder a una capa de datos que la semilla no abría con ninguna petición conocida.
Probó cuatro modos distintos sin resultado.
Cambió la frecuencia de lectura. Nada. Por intuición —no por método—, acercó la semilla físicamente al traductor Zynari de bolsillo que Nova había conservado del encuentro con kaelvorn.
La proximidad del traductor funcionó como llave criptográfica complementaria: firma Zynari reconocida por el tejido biomimético de la semilla. La capa se abrió.
Dentro, había un único archivo.
El archivo estaba etiquetado con un marcador que ni Maren ni Nova pudieron interpretar. Cuando Maren lo abrió, no había mapa, ni canto, ni datos crudos.
Había una firma electromagnética.
Una sola. En un formato técnico que Maren reconoció al instante, era el formato estándar de identificación de firmas que la Confederación Terrana usaba para catalogar naves militares activas. Un perfil de drive, un perfil de propulsión, una signatura de calor y un código de matrícula.
El código de matrícula era humano.
Maren se inclinó hacia el terminal. Acercó la cara hasta diez centímetros de la pantalla.
Releyó. La firma era de una nave militar terrana, clase Halcón pesado, identificador HSS Cuervo Silente (T-3349-A).
La firma había sido detectada por sensores Zynari en un sector de territorio neutral catalogado como Zona Tampón Beta-7, en una posición aproximada a tres mil seiscientos años luz de la frontera terrana más cercana.
La fecha de detección: hace once meses.
Maren se quedó mirando la pantalla cuarenta segundos.
—¿Qué? —dijo Nova.
Maren no respondió de inmediato. Guardó el dato en una memoria local del terminal, cerró la sesión con la semilla y desconectó.
La semilla se enfrió de inmediato, Maren la devolvió a Nova, y Nova la guardó en el bolsillo del pecho.
Después Maren se volvió hacia Nova. Cuando habló, la voz le salió más baja.
—Reyes.
—Dime.
—La nave que aparece en este registro Zynari, HSS Cuervo Silente , fue dada de baja hace dos años. Fallo catastrófico de drive, sin recuperación posible. El acta la firmó Carter, la firma técnica de superficie. La segunda firma, la de ingeniería, la di yo. Nadie firma una baja sin las dos.
Maren respiró.
—Me trajeron el reporte de Carter. Era 2385, yo aprobaba cuarenta bajas al mes y Carter había firmado primero. Firmé sin verificar.
Dejó la frase ahí. Nova no preguntó nada.
—Si esto es lo que parece —dijo Maren—, yo soy la otra firma de esa mentira. Sin saberlo. Pero soy la otra firma.
Nova esperó.
—Y la firma electromagnética que tenemos delante está activa. Once meses atrás. En territorio neutral. A tres mil seiscientos años luz de su última posición conocida. Una nave que firmé como destruida sigue volando. Vuela con quién no sabemos.
—Salvo que nunca la dieron de baja de verdad —dijo Nova—. Solo en el papel. Para volarla donde nadie mirara.
Maren no contestó. No hacía falta. Las dos miraban la misma firma encendida en la pantalla, once meses atrás, donde no había humanos.
Maren se enderezó. Cerró los ojos un instante. Cuando los volvió a abrir, miraba a Nova de frente.
—Once meses, Reyes. —Maren dejó caer la cifra y esperó a que Nova la sostuviera—. Activa, en territorio neutral. Donde no hay humanos.
Nova no respondió. La cuenta se hacía sola.
—Once meses es mucho tiempo para hablar con alguien que no es de los nuestros y no reportarlo.
Maren no continuó de inmediato.
—Y lo que kryx alcanzó a decir antes de morir — pacto, cumplimos, silencio , las tres palabras que Quiroga reconstruyó en este banco hace un par de semanas— tenía sujeto desde el principio y nosotras no lo sabíamos.
El sujeto era el Cuervo. Y la firma técnica de la baja, sobre la mía, la firmó un solo nombre por encima de Carter.
Maren no dijo el nombre.
—No lo voy a decir. Tú ya sabes.
Nova hizo el cálculo despacio, como una aproximación difícil.
Una nave que el papel daba por muerta, viva y lejos, durante años, donde no había humanos a quienes rendir cuentas.
Eso no lo monta un oficial torcido en una tarde: lo autoriza alguien con la firma muy arriba, tan arriba que la lista de quiénes podían darla cabía en una mano.
La certeza se le instaló primero en los hombros. No necesitó decirlo. Maren tampoco.
—Maren —dijo Nova.
—Sí.
—Tenemos que sacar esto de aquí.
—Lo sé.
* * *
Trabajaron otras dos horas más.
Maren generó una segunda copia de los datos extraídos. La generó en un formato distinto: no el formato militar terrano, no el formato Zynari, sino un formato civil estándar, el mismo formato que las estaciones comerciales del cinturón usaban para sus registros de carga.
Nova vio a Maren generar la copia. No hizo falta preguntar para qué.
Cuando la copia estuvo lista, un cristal pequeño, plano, del tamaño de una uña, en una funda blanca de plástico corriente como el que usaban los inventarios comerciales, Maren se levantó.
Caminó hasta el filtro de humedad del módulo siete.
Lo abrió. El filtro tenía adentro la capa habitual de moho verde claro que Maren, contra todo protocolo, no había limpiado en seis años, porque la capa de moho era ahora parte de la cosmología del módulo, una colonia minúscula y silenciosa que Maren consideraba útil por razones que no tenían que ver con la ingeniería.
Detrás del moho, ya escondido, el cristal Kelso-4.
Maren depositó al lado de Kelso-4 la copia civil de los datos.